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Cy Twombly, un clásico irreductible

La semana pasada antes de Nochebuena, me di una vueltecita por Bilbao para ir a ver la exposición de Cy Twombly en el Guggenheim, una retrospectiva que me pareció sencillamente magnífica. Está bien montada, bien organizada y bien distribuida. Las cuestiones museográficas se solapan para facilitar el entendimiento...

el 15 sep 2009 / 20:25 h.

La semana pasada antes de Nochebuena, me di una vueltecita por Bilbao para ir a ver la exposición de Cy Twombly en el Guggenheim, una retrospectiva que me pareció sencillamente magnífica. Está bien montada, bien organizada y bien distribuida. Las cuestiones museográficas se solapan para facilitar el entendimiento de sus cuadros y esculturas, trabajos de una delicadeza frágil e indescriptible donde las posibilidades de una obra son tensadas hasta el límite que delimita la perfección de un detalle exacto (un color sutil, una mancha acompasada, una línea vibrante) o un garabato. Todo o nada en cada mano y casi en cada gesto.

Twombly es uno de esos artistas de culto que idolatran los pintores serios que saben lo que hacen. Hasta el propio Schnabel le ha puesto su nombre a uno de sus hijos para demostrar la admiración que le profesa. Como creador es inclasificable, no se adscribe a ninguna escuela ni tendencia. Como persona es particular porque ni le gusta ni le interesa prodigarse más allá de un puñado de amigos y familiares. Además siendo americano, vive en Roma desde hace medio siglo, una ciudad a la que llegó con apenas treinta años y en la que sigue todavía.

Su arte se sustenta en un conocimiento profundo de la cultura clásica, saber que le sirve para desarrollar piezas complejas llenas de referencias históricas o mitológicas. Sus pinturas son como palimpsestos construidos a base de criptogramas. Sus esculturas formas aparentemente quebradizas de un sutil equilibrio. En su etapa de madurez es irreprochable, gustoso, dominador. Pero quizás algunos de sus últimos cuadros adolecen de falta de frescura (un ejemplo podría ser la serie Lepanto que exhibió en el Prado hace unos meses). Envarbascado en una senectud complaciente, confiado, deja su mano ir esperando respuestas que antaño emergían y ahora no se manifiestan con tantos matices. Aun así, esta pérdida de tacto carece de importancia, son flaquezas de la edad que se disculpan por la grandeza de su prolongada y ejemplar carrera.

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