Cofradías

Las siete maravillas de la Madrugá

Si Heródoto hubiese conocido la noche más hermosa de Sevilla probablemente habría cambiado el listado de tesoros con los que asombró al mundo. Esta es la crónica de la jornada más mediatizada de nuestra Semana Santa

07 abr 2023 / 08:23 h - Actualizado: 07 abr 2023 / 10:55 h.
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  • Prelados y feligreses acompañan hoy a la Virgen de la Esperanza de Triana en su salida de la capilla de los Marineros para la procesión. EFE/Jose Manuel Vidal
    Prelados y feligreses acompañan hoy a la Virgen de la Esperanza de Triana en su salida de la capilla de los Marineros para la procesión. EFE/Jose Manuel Vidal

Decía el filósofo Platón que «El amor es la alegría de lo bueno, la maravilla de los sabios, el asombro de los dioses», y no le faltaba razón. Basta con desplazarse a Sevilla y vivir su noche más hermosa para comprobar que el amor tiene rostro, piel y pulso cardiaco, y su capacidad de asombro trasciende imperios y épocas. Así lo sintió el coleccionista de arte y escritor francés Charles Davillier, cuando descubrió la imagen de Jesús Nazareno que sería inmortalizada por uno de los mejores grabadores de la historia, Gustave Doré. Primera de las maravillas de un viaje onírico por el corazón de nuestra ciudad que es imposible describir en unas pocas líneas. Décadas más tarde, el añorado Nicolás Salas recogería en las páginas de El Correo de Andalucía la importancia de la Hermandad del Silencio en la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción; hito que la pasada Madrugada pudo rememorarse merced al cirio votivo portado por un hermano del Silencio. A su paso por una Campana colmada de público, los nazarenos de la Madre y Maestra parecían recitar bajo sus negros antifaces la coplilla de Miguel Cid que, a inicios del siglo XVII, comenzó a abonar el terreno para la feliz promulgación de 1854: «Todo el mundo en general, / a voces Reina escogida, / digan, que sois concebida / sin pecado original». Etérea en su renovado templo de Artemisa, la dolorosa de Sebastián Santos recorrió la calle Sierpes entre volutas de incienso tras un Cristo cuya mejor noticia es que se mantiene incólume al paso del tiempo.

Las siete maravillas de la Madrugá

De menor tamaño que el Zeus alumbrado por Fidias para su templo de Olimpia, pero con muchísima más unción y verdad, el Señor «de los espacios infinitos» detuvo los relojes a su paso por el Arenal, este año bendecido con una mayor presencia del cortejo por sus esquinas. Nada puede comparase a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder en su paso gubiado por Ruiz Gijón y salpicado de fe desde San Lorenzo a la Gavidia. Haría falta una biblioteca para acoger las peticiones que recibe en su camarín desde que Juan de Mesa lo brindase a Sevilla allá por el seiscientos. Este 2023, el Señor se mostró espectacular con la túnica de los cardos, lo mismo que la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, cuyo rostro fue ennoblecido por diferentes manos a lo largo de tres centurias —las últimas las de Ortega Bru, a finales de los setenta—. Hasta 2500 nazarenos puso en la calle la corporación de la Madrugá cuya Cuaresma un tanto agitada (por eso de los horarios) ha mutado en una Semana Santa plácida tras los acercamientos entre hermanos mayores.

Como el Faro de Alejandría, la reina de los macarenos comenzó su estación brillando por el cancel del atrio a los sones del Carmen de Salteras —el repertorio de esta banda merece un hueco al lado de las grandes composiciones musicales de la historia—. Dorada como un sol de primavera, la tercera maravilla de la Madrugá idolatrada por Joselito, Juanita y Juan Manuel, se homenajeó a sí misma al encuentro con el azulejo del Arco, que este año celebra su centenario, antes de su incursión en la Resolana, donde fue recibida por un gentío tan numeroso como reverente. Antes, la Roma de Tiberio se había hecho presente merced a una centuria cuyos plumeros blancos eran observados desde el cielo por Manuel Luque Sevillano, Antonio Ángel Franco ‘El Melli’ o José López ‘El Pelao’, legendarios capitanes de los Armaos cuyo acento aún resuena en la cofradía. A los sones de marchas clásicas y escoltado por sus nazarenos —este año la cofradía puso en la calle 3800—, Jesús volvió a ser sentenciado por Pilato ante la humilde mirada del etíope que Castillo Lastrucci ideó para su misterio. ¡Qué Esperanza más gozosa y que luz más macarena!

Ni el Mausoleo de Halicarnaso encarnó mejor el tránsito de la vida a la muerte que el Cristo del Calvario al sortear el umbral de su parroquia de la Magdalena. Pasadas las cuatro, los nazarenos de ruán iban en busca de una carrera oficial que comenzaba a vivir el ecuador de su jornada más anhelada, aquella evocada por Abel Moreno en su mítica marcha ‘La Madrugá’ cuyo pulso latía por todos los rincones de la vieja Híspalis. Cortando la respiración de los espectadores de la plaza de San Francisco, el crucificado de Ocampo parecía levitar entre los palcos, haciendo vívidos esos versos de San Juan de la Cruz que rezan: «En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía». Opúsculo de espiritualidad que halló su complemento en la Virgen de la Presentación perfumada de incienso en busca de la Catedral.

Las siete maravillas de la Madrugá

Y si Heródoto se dejó deslumbrar por los jardines colgantes de Babilonia, el doctor José María Rubio no tuvo más que desempolvar los versos de su pregón de 1991 para convencernos de la quinta maravilla de la noche, aquella que atesora la margen derecha del Guadalquivir: «Dicen que no tiene nombre / el corazón. Es mentira / porque Triana se llama / el corazón de Sevilla». Un vergel de factura angelical que en el arrabal lleva el nombre de Pureza, la misma que irradia desde su peana de plata la emperatriz de los mares. Ilusoria en su transitar por un Altozano donde no cabía un alfiler, la dolorosa de perfil castizo no pudo estar mejor arropada desde su salida al filo de las tres y media. Nada menos que 2650 nazarenos de capas blancas como la nieve que, siguiendo la estela dejada por su cruz de guía, caminaron junto a Ella y su Hijo con el corazón en un puño —sorprendente el misterio con una mezcla de flores rojas y moradas, y el palio con orquídeas, alhelíes y fibra de palmera—. Noche de Esperanza para el recuerdo... y de alegría para el alma.

En la Rodas de los Gitanos, el Coloso lleva el nombre de Nuestro Padre Jesús de la Salud, y en lugar de recibir a los navíos llegados desde los confines del Mediterráneo, acoge a los necesitados de su Misericordia. Hercúlea fue la fuerza de unos costaleros al llegar a una Campana que, merced a la constancia, hoy se rinde a los pies del Nazareno. Gloriosa fue su presentación en el palquillo a los sones de la Agrupación fundada al calor de la Hermandad; lo mismo que la llegada de la Madre de las Angustias Coronada, epítome del sufrimiento del pueblo gitano al que la amanecida eleva al punto más alto de la escala social. Desde el ex convento del Valle a Javier Lasso de la Vega la cofradía fue un derroche de canela y clavo, lo mismo que por la Cuesta del Rosario o la calle Francos, pobladas de espectadores para rezarle a los Titulares ‘Entre la noche y el día’.

Con el sol de Viernes Santo elevado cual Pirámide de Guiza, la séptima maravilla de la Madrugá fue la propia ciudad de Sevilla, pertinaz ante los desafíos del nuevo siglo y soberbia en su labor de anfitriona —este año la ocupación turística roza el 95%—. Nada como recorrerla en el epílogo de su noche más glosada, desde la Macarena a Triana, pasando por el Santuario del Señor de la Salud, y descubrir que la historia de Occidente no podría entenderse sin su aportación social, cultural, y sobre todo religiosa.


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