martes, 20 octubre 2020
17:32
, última actualización

San Jacinto: casa de cofradías

La dorada provisionalidad de la cofradía de la Estrella y el nuevo espíritu pastoral del templo dominico podrían cambiar el mapa devocional de Triana en un futuro próximo

03 ene 2020 / 16:06 h - Actualizado: 03 ene 2020 / 16:13 h.
"Cofradías","La Estrella"
  • Imagen de la última salida de la Estrella de San Jacinto.
    Imagen de la última salida de la Estrella de San Jacinto.

Hay que retroceder a la mañana del Viernes Santo de 1910. En Triana se vivía una fiesta grande: un paisaje humano de sombreros anchos, recio tabaco negro, aguardiente de Cazalla, buñuelos, vapores amarrados a los muelles... Los exiguos tramos de la hermandad de la Esperanza, con los antifaces levantados, ya estaban en el compás del viejo templo de San Jacinto y la cruz de guía se recortaba en el dintel. Pero nadie salió a abrir las puertas de la iglesia. A pesar de las reiteradas llamadas del hermano mayor de la época, Manuel Rodríguez Alonso, los padres dominicos se resistieron a franquear la entrada de la cofradía. Sólo la amenaza de una algarada del gentío les hizo desistir de un absurdo gesto que, sin saberlo, se iba a convertir en premonitorio.

Un siglo y diez años después han cambiado mucho las cosas en esa casa de los frailes de Santo Domingo que acoge a las imágenes titulares de la cofradía de la Estrella desde el pasado 1 de mayo mientras duren las obras de ampliación y adaptación de la capilla, que deberían estar concluidas para la próxima cuaresma. El Señor de las Penas y la bellísima dolorosa de la Estrella no habían vuelto a pisar la que fue su casa desde el 11 de abril de 1976, aquel Domingo de Ramos en el que la cofradía entró por primera vez en un local que se ideó como Casa de Hermandad y se acabó convirtiendo en capilla.

Pero hace sólo una década –y hasta un lustro- habría sido impensable un gesto parecido de hermandad y hospitalidad entre la parroquia y el colectivo más relevante de su feligresía. No hay que olvidar que la propia hermandad de la Estrella había pedido celebrar en San Jacinto los cultos conmemorativos del 450 aniversario de la fundación de la cofradía en 2010. Los dominicos y la comunidad parroquial negaron esa efímera vuelta a su antiguo templo, una negativa que ya tenía el precedente, cuatro años antes, de evitar cualquier tipo de gesto al paso del Señor de las Penas en la procesión extraordinaria del 350 aniversario de su ejecución. La Esperanza de Triana, por su parte, también llegó a solicitar en 2008 llevar hasta el templo dominico la función conmemorativa del IV centenario de la fundación de la primitiva cofradía de las Tres Caídas. La lista es más larga: Las Aguas ya había pedido en 2001 trasladar allí su paso de Cristo para conmemorar el 250 aniversario de la Hermandad. En todas las ocasiones recibieron el no por respuesta. Hasta ahora...

San Jacinto: casa de cofradías
Altar de cultos de la Estrella en San Jacinto.

Un poco de historia

La génesis del monasterio de San Jacinto, de la Orden de Predicadores, tiene mucho que ver con el nacimiento del planeta cofrade hispalense. En el lugar que hoy se alza el templo dominico se levantaba una ermita en la que se encontraba establecida la antigua hermandad de La Candelaria compartiendo el espacio con la de Jesús de las Penas -más tarde fusionada con la de la Estrella al trasladarse al convento La Victoria- y una desaparecida cofradía de negros.

Los frailes dominicos acordaron con los cofrades de la Candelaria la cesión del terreno a cambio de respetar los cultos de la hermandad, de entronizar a la imagen de la Virgen en el altar mayor y de titular el templo con esa advocación mariana que, sobre el papel, se mantiene en el título oficial de la casa dominica, que es de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto. Los avatares de la historia quisieron que esa hermandad de la Candelaria se fusionara con la cofradía de Las Aguas en 1805, recibiendo como suyos unos derechos que los vaivenes de la historia no ha sabido o podido respetar.

La orden de predicadores había vuelto a su antiguo templo trianero -el primitivo convento había sido convertido en colegio después de servir como cuartel- sólo un año antes de ese extraño lance de la Semana Santa de 1910 que dejó a la cofradía de la Esperanza esperando en su puerta. Los religiosos lo habían tenido que abandonar a la fuerza a raíz de la exclaustración que siguió a la desamortización eclesiástica del fatídico 1835, año en el que ya residían en la iglesia de San Jacinto la hermandad del Rocío de Triana -fundada dos décadas antes- y la cofradía de las Aguas, erigida en 1750 en el mismo templo.

En 1835 también se produjo el aterrizaje en San Jacinto de las imágenes de la Virgen de la Estrella y Nuestro Padre Jesús de las Penas, prácticamente sin culto y con su hermandad completamente postrada desde que la invasión francesa firmara la sentencia de muerte del antiguo convento de la Victoria -junto a la actual plaza de Cuba- que había sido su sede canónica desde sus orígenes fundacionales, a mediados del siglo XVI. Allí languidecería hasta su definitiva rehabilitación en 1891, curiosamente el mismo año en el que toma nuevos impulsos la cofradía de Las Aguas, que también se encontraba postrada y sumida en una aguda crisis.

El desembarco de la Esperanza de Triana se produciría algunas décadas después de la Estrella, a raíz del cierre e incautación de su histórica sede de la calle Larga -la capilla de los Marineros de la calle Pureza- que siguió a la Gloriosa, la revolución de 1868 que tampoco quiso dejar títere con cabeza en lo patrimonial en nombre de un pretendido progreso. Pero, a pesar del exilio, los hermanos de la Esperanza hicieron suya la iglesia de San Jacinto en la que permanecerían durante casi un siglo. Allí la encontraron los dominicos a su llegada en 1910, iniciando una convivencia llena de tiras y aflojas que, como hemos visto, no pudo tener peor estreno.

La vida interna de la corporación no fue ajena a aquel portazo de los frailes ya que la cofradía dejó de salir a la calle todo un lustro, de 1911 a 1915, mientras crecía en la hermandad el anhelo de recuperar la vieja capilla de los Marineros, sucesivamente convertida en templo anglicano, almacén de corchos, teatro y hasta carbonería. Y aunque la iglesia conventual de San Jacinto aún era el epicentro cofrade del arrabal trianero, nadie podía imaginar que acabaría siendo un extraño templo -hablamos de Sevilla y Triana- sin cofradías.

El Concilio y las cofradías

Hay un dato fundamental que no se puede separar del giro que acabarían experimentando los acontecimientos en la segunda mitad del siglo XX. Un año antes de que San Jacinto asumiera sus actuales funciones parroquiales había concluido el Concilio Vaticano II. Se iniciaba así un vendaval eclesial sin demasiado control ni gobierno que iba a azotar y discutir de manera especial al mundo de las cofradías englobándolo desde entonces en ese desapegado cajón de sastre al que algunos -sin disimular un déspota intelectualismo- llaman religiosidad popular.

Las nuevas corrientes prendieron con fuerza en algunos sectores de las viejas órdenes y los predicadores de Santo Domingo no fueron ajenos a ese terremoto que cuestionaba el culto a las imágenes y la vigencia de las hermandades en pleno siglo XX, tal y como confirmaba el anterior y controvertido párroco de San Jacinto, el padre Jesús Duque –fallecido el pasado mes de mayo- en unas comentadísimas declaraciones realizadas a la periodista Laura Contreras después de la Semana Santa de 2012. El dominico afirmaba que “a finales de los 70 se produjo el conflicto cuando comenzamos a ser consecuentes con la nueva orientación de la Iglesia” a la vez que discutía la raíz religiosa de las cofradías y su culto a las imágenes enfatizando que “nuestro culto es la Eucaristía”.

Fray Jesús, al que no se le podía discutir una absoluta franqueza, tampoco se tapó al escandalizarse -de forma algo demagógica- por la “fortuna que se gastan en poner un paso en la calle, cuando hay personas que no tienen cubiertas las necesidades básicas”. Llegados a este punto, cabía formular una nueva pregunta para llegar a una certeza: ¿No son compatibles ambas formas de vivir la Fe en la Iglesia del siglo XXI? En San Jacinto, como veremos, ya es posible; desde hace muy poco tiempo...

San Jacinto: casa de cofradías
Fray Jesús Duque.

Merece la pena escuchar otras voces para ubicar el asunto. El catedrático e investigador José Sánchez Herrero ya se encargó de analizar ese caldo de cultivo posconciliar afirmando que “la jerarquía eclesiástica hispana o buena parte de ella pensó y deseó que desaparecieran las hermandades y cofradías”. El catedrático precisaba que eso “no ocurrió en Sevilla ni en aquellos lugares donde la Semana Santa y sus cofradías estaban ya incrustadas en el pueblo. A pesar de la apatía, mala cara y, en ciertos casos, oposición clara de la jerarquía eclesiástica o del clero, las hermandades y cofradías de Semana Santa pervivieron porque lo quiso el pueblo”.

Las cofradías comienzan a marcharse

Las desavenencias y divergencias de criterio con los dominicos llegaron a un punto de inflexión en la bisagra entre los años 60 y 70. Pero las salidas de las corporaciones erigidas en el templo habían comenzado algunas décadas antes: la primera en hacer las maletas, en 1942, fue la de Las Aguas que se marchó con lo puesto al otro lado del Guadalquivir, a la lejana iglesia de Santiago, después de que un incendio –del que circularon todo tipo de rumores- calcinara el retablo y las primitivas imágenes titulares.

La hermandad de la Esperanza fue la siguiente en coger los bártulos para recuperar una sede –la capilla de los Marineros- que no había conocido ningún hermano vivo. La compra de la que había sido su casa, en magníficas condiciones para la hermandad, se verificaría en 1939 pero la marcha definitiva no se produciría hasta el Viernes Santo de 1962, casi un siglo después de la precipitada égida que siguió a la incautación de la junta revolucionaria del recoleto templo de la antigua calle Larga.

La tercera en marcharse de San Jacinto fue, precisamente, la de la Estrella. Tres datos se entrecruzan en la salida de la cofradía del Domingo de Ramos confirmando que los planes de la corporación distaban mucho de coincidir con el rumbo que acabaron tomando los acontecimientos. La hermandad había adquirido en 1962 el inmueble que hoy sirve de capilla para adaptarlo a casa de hermandad. Sólo cuatro años más tarde, la iglesia de San Jacinto es elevada a parroquia y la hermandad solicita -y logra- de Palacio convertirse en la Sacramental de la nueva collación trianera. Está claro que en 1966, estrenándose como Sacramental de San Jacinto, la hermandad de la Estrella seguía dibujando su acción y su futuro ligado a la iglesia conventual, reconvertida en una parroquia que iba abrazar con entusiasmo esos vientos eclesiales que, como veremos, empezaban a soplar desde Roma.

En medio de aquel panorama posconciliar, la proyectada casa de hermandad de la Estrella se convertiría en la capilla que hoy conocemos. La autorización del cardenal Bueno Monreal para convertirla en oratorio llegó en junio de 1973 aunque el estreno de la nueva sede canónica no se verificó hasta el Domingo de Ramos de 1976: la cofradía salió por última de vez de San Jacinto y entró en su flamante capilla sin que un sector de la hermandad haya dejado de mirar al compás conventual como sede natural de su vida corporativa. ¿El futuro podría estar en su propia historia? Aún es pronto para contestar a esa pregunta...

Sólo quedaba una hermandad en San Jacinto pero su marcha, con distintos condicionantes, sólo era cuestión de tiempo. Hablamos de la Hermandad del Rocío de Triana que sólo seis años después que la Estrella, el 25 de septiembre de 1982, abandonó su histórica sede -en la que había permanecido establecida 165 años- y trasladó su Simpecado a la capilla que había levantado en la calle Evangelista. San Jacinto se había quedado sin cofradías. Desde la salida del glorioso Simpecado de los trianeros, ningún paso o cruz de guía había vuelto a recortarse bajo las ramas de un ficus ligado a la historia de la Semana Santa, en la puerta de un convento que nació de un acuerdo con una vieja hermandad que cedió su solar a la Orden de Predicadores. Hasta ahora...

San Jacinto: casa de cofradías
Hermandad del Rocío de Triana saliendo de San Jacinto

Un punto de inflexión

Ya se sabe que Dios escribe derecho con renglones torcidos. En la Semana Santa de 2012 se produjo un punto de no retorno. La lluvia complicó la organización de la cofradía en la tarde del Domingo de Ramos y la Junta de Distrito de Triana llegó a mediar con los dominicos para que algunos tramos de la cofradía pudieran resguardarse de la lluvia en la parroquia. No hubo ninguna petición formal por parte de la hermandad; tampoco se produjo ningún conflicto directo con la hermandad pero la negativa del célebre y difunto fray Jesús, avalada por las distintas comunidades y grupos de la parroquia, no ofrecía dudas: “si no me hubieran apoyado, yo automáticamente lo dejo todo y me voy a otro sitio”, comentó a Laura Contreras.

¿Era Fray Jesús el problema? La sucesión del fraile al frente de la parroquia también supuso un cambio radical en la orientación pastoral. La comunidad abrió las puertas a sus hermandades; se empezaba a caminar juntos, a recuperar un diálogo perdido. El célebre religioso fue relevado sucesivamente por otros dos frailes dominicos –fray José Rafael Reyes y fray Javier Rodríguez, que es el actual párroco- ajenos a aquella marea posconciliar que ya no era la vanguardia eclesial que habían pintado a una generación entera de sacerdotes. La parroquia y la comunidad eran otras; también la hermandad y sus necesidades en el medio de hoy. La exclusión de unos y otros habían terminado.

Pero hubo un hecho de carácter simbólico que terminó de sellar ese nuevo tiempo. Fue el paso del Simpecado de Triana en su traslado hasta Santa Ana –el 26 de abril de 2018- para sus cultos anuales antes de la romería de Pentecostés. Nadie esperaba que los frailes salieran al compás a recibir aquella insignia rociera con evidente y sincero afecto. Un año largo después, el primero de mayo de 2019, se producía el histórico traslado de las imágenes del Señor de las Penas y la Virgen de la Estrella y, prácticamente sin solución de continuidad, el pasado 5 de junio se celebraba la misa de los romeros trianeros que partieron de la que había sido su sede canónica hasta 1982 para encontrarse con la Reina de las Marismas. San Jacinto es más y es mejor con sus hermandades y el rico universo humano y devocional que las rodean. A estas alturas a nadie se le escapa que empieza un nuevo tiempo. Dicen que las obras de la capilla de la Estrella estarán concluidas antes de Semana Santa. Ya hay quien reza para no sea así.


Consultorio financiero en El Correo de Andalucía Marcaje al Empresario en El Correo de Andalucía Edictos en El Correo de Andalucía
Todos los vídeos de Semana Santa 2016