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Actualizado: 19 nov 2023 / 11:52 h.
  • Pedro Salinas.
    Pedro Salinas.

Pedro Salinas Serrano nació un 27 de noviembre –el mismo día en que iba a morir Gloria Fuertes casi un siglo después- de 1891. Es, pues, el poeta mayor de toda la Generación del 27, porque todos sus compañeros nacieron ya frisando el siglo XX, en torno al año del Desastre. Fue pionero en todo, y no en vano le publicó sus primeros poemas Ramón Gómez de la Serna en su revista Prometeo en 1911, aunque él los calificara luego de “espeluznantes”. En 1913 fue nombrado secretario de la sección de Literatura del Ateneo de Madrid; en 1914 era lector de español en La Sorbona; al año siguiente se casó con Margarita Bonmatí, siete años mayor que él, su mujer de toda la vida; y en 1917, cuando ningún poeta del 27 había publicado todavía nada y faltaba exactamente una década para el invento de la Generación, él consiguió una cátedra en la Universidad de Sevilla. Tenía solo 26 años y por sus aulas empezaron a pasar poetas que aún no sabían que lo eran, de la talla de Luis Cernuda o Joaquín Romero Murube, entre otros muchos.

Un par de años estuvo, gracias a una excedencia, de lector en la Universidad de Cambridge, y en el curso 1923-1924 regresó con su primer poemario bajo el brazo. Se titulaba Presagios, y el mismo título encerraba ya más de lo que expresaban sus versos. Su hija Soledad tenía cinco añitos cuando vino al mundo su hijo Jaime, en 1925, en aquellos felices años veinte en que él se dedicó especialmente a las clases y al estudio antes de volcarse definitivamente en la creación poética. Desde que lo hizo, empezó a ser considerado “el poeta del amor del 27”, y muchos años después de morir en Boston en 1951 todavía consideraba la crítica que toda aquella capacidad de conceptualizar el amor se debía a su logro de haber delineado en sus versos los contornos de un amor absolutamente platónico, sobre una mujer de aire que procedía, tal vez, de las elucubraciones juanramonianas y de una tradición poética que Salinas conocía a la perfección. Los estudiosos sostenían todo esto por un libro que había iniciado un ciclo amoroso a lo largo de toda la década de los años 30. El libro, publicado en 1933, se tituló con un verso de Garcilaso de la Vega, La voz a ti debida, y fue el primero de la trilogía que conformaron también Razón de amor (1936) y Largo lamento (1938)...

Pedro Salinas, el poeta que le debió su voz a una mujer
Pedro Salinas y su mujer, Margarita Bonmatí.

Aquel libro –de 70 poemas sin títulos; 2.462 versos- tenía un aura especial desde su comienzo, desde esa voz reflexiva que reconocía deberse a la mujer a la que le hablaba... La misma voz a ti debida que ya había reconocido Garcilaso 400 años atrás en su Égloga tercera: “Y aun no se me figura que me toca / aqueste oficio solamente en vida, / mas con la lengua muerta y fría en la boca / pienso mover la voz a ti debida...”. Cuatro siglos después, Salinas arrancaba su poemario con una lengua, la castellana, que había evolucionado hasta superar todo barroquismo y hasta todo el romanticismo que hubiera podido quedar en otros contemporáneos suyos... “Tú vives siempre en tus actos. / Con la punta de tus dedos / pulsas el mundo, le arrancas / auroras, triunfos, colores, / alegrías: es tu música. / La vida es lo que tú tocas”. Demasiado pronombre personal para pasar desapercibido. Demasiada segunda persona ligada a la primera del yo poético, demasiada confesión, demasiado sentido epistolar sin abandonar el lírico para que aquella mujer no fuera de carne y hueso. Sin embargo, la crítica –con el hispanista austríaco Leo Spitzer a la cabeza- se empeñó durante décadas en considerar que detrás de aquel “Tú” del poemario no había ninguna mujer real –ni siquiera la suya-, sino tal vez todas las mujeres, que era como decir ninguna, una idea platónica de mujer... Hasta que en 1979, poco antes de morir ella, surgió la voz de una mujer real que debía una explicación a la sospecha de toda la vida de algún amigo íntimo de Salinas como por ejemplo Jorge Guillén, que había mantenido desde el principio que “la índole espiritual tan evidente de toda la obra” de su compañero “no implica ningún ensimismamiento, ni siquiera dentro del ámbito clausurado que traza a veces el amor”. Guillén, que lo conocía mejor que nadie, había insistido en que “Salinas está siempre en relaciones de amor o de amistad con las cosas y las gentes, siempre dispuesto a descubrir en ellas su valor, su trascendencia, su sentido, y este sentido vital se entiende y se siente solo bien asentado y encajado en una materia concreta”. Y había materia concreta; había mujer real. Tan real, que todo el poemario de La voz a ti debida tenía un correlato de más de 300 cartas escritas de su puño y letra, como una especie de borrador prosaico del poemario, como un manual de instrucciones para los lectores de luego, como un solucionario tangible de todo aquel platonismo tan carnal...

Pedro Salinas, el poeta que le debió su voz a una mujer
Epistolario de Pedro Salinas a Katherine Withmote.

La sorpresa de Katherine R. Withmore

En el verano de 1932, Salinas dictaba un curso en la Universidad Internacional de Santander que él mismo se estaba encargando de ayudar a fundar. Entre el alumnado, se hallaba una chica norteamericana, ya profesora de Literatura, llamada Katherine. Él explicaba y las miradas de ambos se cruzaron de un modo particular. “Yo no necesito tiempo / para saber cómo eres: / conocerse es el relámpago”, escribiría él más tarde, en el corazón de aquel poemario que había empezado a surgir en su interior sin que él mismo lo sospechara. “¿Quién te va a ti a conocer / en lo que callas, o en esas / palabras con que lo callas? (...) Te conocí en la tormenta. / Te conocí, repentina, / en ese desgarramiento / brutal de tiniebla y luz, / donde se revela el fondo / que escapa al día y la noche. / Te vi, me has visto, y ahora, / desnuda ya del equívoco, / de la historia, del pasado, / tú, amazona en la centella, / palpitante de recién / llegada sin esperarte, / eres tan antigua mía, / te conozco tan de tiempo, / que en tu amor cierro los ojos, / y camino sin errar, / a ciegas, sin pedir nada...”. El ritmo de aquellos versos de arte menor pero profundísimos se había desencadenado ya en su interior. Estaba terminando agosto de 1932 y aquella historia de amor inesperada no solo le complicó la vida al poeta, casado y con dos hijos, sino que habría de alargarse, vía epistolar, durante 15 años... Lo reveló Katherine R. Withmore casi tres décadas después de haber muerto Salinas y cuando le faltaban solo tres para hacerlo ella, que se fue de este mundo en 1982... Sacó del baúl de sus recuerdos más de 300 cartas escritas por Pedro y dio permiso para que se publicaran, con la doble condición de que solo se hiciese veinte años después y que solo se publicaran las de Salinas, no las de ella. En total habría como mil cartas de ida y vuelta. Pero solo con las que el poeta le envió a ella –a veces dos al día- bastó para comprender cuál era el origen de La voz a ti debida. Había muchas cartas en las que el contenido coincidía casi literalmente con los versos del poemario. Había alguna carta que contenía fragmentos del poemario. En fin, que estaba claro que La voz a ti debida no era un poemario inspirado en un amor platónico, sino en una mujer de carne y hueso con la que Salinas había tenido un romance veraniego y que habían alargado durante años vía cartas... Un amor real que se había ido convirtiendo en platónico a fuerza de distancia, de convertir los besos de veras en versos igualmente auténticos. El conjunto de las cartas, concretamente 354, más 144 poemas y un texto mecanografiado de nueve páginas en el que Katherine Withmore evoca la relación con el poeta, fue donado por ella a la Hougthon Library, de la Universidad de Harvard, en 1979. Cumpliendo su voluntad, el legado pudo empezar a consultarse desde el 1 de julio de 1999. En el año 2002, Enric Bou publicó en la editorial Tusquets todo el tesoro: Cartas a Katherine Withmore. El epistolario secreto del gran poeta del amor.

Antirromanticismo

Ese proceso que va en Salinas del amor real al amor platónico gracias al verso, a la escritura que obliga al yo poético a repensar en todo lo amado, convierte su poesía en un nuevo prisma desde el que observar el amor, que nada tiene que ver con el resentimiento propio del Romanticismo. Bécquer había sido un poeta postromántico, pero en él quedan huellas profundísimas de esa amargura que produce el amor cuando se va, y de ahí sus angustiadas preguntas retóricas, sus golondrinas que no volverán... Hasta Cernuda se escarba en su propio corazón para mirarse a sí mismo donde habitara el olvido... La poesía de Salinas constituye un nuevo paradigma poético del amor, perfectamente capaz de ser eterno en el instante del beso, por ejemplo, sin necesidad de más tragedias a posteriori. La nueva poesía de Salinas obra el milagro del amor confluyente. “Ayer te besé en los labios. / Te besé en los labios. Densos, / rojos. Fue un beso tan corto / que duró más que un relámpago, / que un milagro, más. / El tiempo / después de dártelo / no lo quise para nada / ya, para nada / lo había querido antes. / Se empezó, se acabó en él. / Hoy estoy besando un beso; / estoy solo con mis labios. / Los pongo / no en tu boca, no, ya no / -¿adónde se me ha escapado?-. / Los pongo / en el beso que te di / ayer, en las bocas juntas / del beso que se besaron”, escribirá el poeta rememorando la vida de veras en el poema que también se vivifica. “Y dura este beso más / que el silencio, que la luz. / Porque ya no es una carne / ni una boca lo que beso, / que se escapa, que me huye. / No. / Te estoy besando más lejos”.

El poemario es al principio una celebración del amor, como ocurre brevemente en las conocidas Rimas de Bécquer. “Qué alegría, vivir / sintiéndose vivido. / Rendirse / a la gran certidumbre, oscuramente, / de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, / me está viviendo”, escribirá Salinas, pensando efectivamente en ese ser que lo vive a él y en el milagro de que él también la viva a ella, desde tan lejos. Porque Katherine amagó un verano más con aquella relación intermitente, pero se marchó definitivamente cuando se dio cuenta de que Margarita, la esposa de Pedro, había descubierto la relación e intentó suicidarse. Katherine se casó en 1939 con el profesor Brewer Withmore, de quien tomó el apellido. Su marido habría de fallecer en un accidente de automóvil cuatro años después... Y las cartas –ya solo cartas- entre Pedro y Katherine continuaron hasta 1947... Los dos se vieron en 1951, solo unos meses antes de que el poeta falleciera... “...Que cuando los espejos, los espías / -azogues, almas cortas-, aseguran / que estoy aquí, yo, inmóvil, con los ojos cerrados y los labios, / negándome al amor / de la luz, de la flor y de los nombres, / la verdad transvisible es que camino / sin mis pasos, con otros, / allá lejos, y allí, / estoy besando flores, luces, hablo. / Que hay otro ser por el que miro el mundo / porque me está queriendo con sus ojos. / Que hay otra voz con la que digo cosas / no sospechadas por mi gran silencio; / y es que también me quiere con su voz. / La vida -¡qué transporte ya!-, ignorancia / de lo que son mis actos, que ella hace, / en que ella vive, doble, suya y mía. / Y cuando ella me hable / de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, / recordaré / estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo”. La fuerza multiplicadora del amor hace que el poeta se sienta vivir el doble y, además, vivir intensamente, más allá de toda muerte... “Y todo enajenado podrá el cuerpo / descansar, quieto, muerto ya. Morirse / en alta confianza / de que este vivir mío no era sólo / mi vivir: era el nuestro. Y que me vive / otro ser por detrás de la no muerte”.

El poeta, una vez que la historia de amor se apaga en este mundo y sigue en el de su poesía, es incluso capaz de hablarle al dolor como único testigo de la verdad de su historia. Y en eso, también, se diferencia radicalmente de los recalcitrantes románticos que creyeron imprescindible morir por amor para que el amor no muriera. “No quiero que te vayas, / dolor, última forma / de amar. Me estoy sintiendo / vivir cuando me dueles / no en ti, ni aquí, más lejos: / en la tierra, en el año / de donde vienes tú, / en el amor con ella / y todo lo que fue”. El argumentario del poeta parece imbatible: “Si tú no me quedaras, / dolor, irrefutable, / yo me lo creería; / pero que me quedas tú. / Tu verdad me asegura / que nada fue mentira. / Y mientras yo te sienta, / tú me serás, dolor, / la prueba de otra vida / en que no me dolías. / La gran prueba, a lo lejos, / de que existió, que existe, / de que me quiso, sí, / de que aún la estoy queriendo”.

Sombras que se tocan

A Salinas lo sorprende la Guerra Civil en Santander, y se fue a Francia. Desde allí marcharía a Estados Unidos para ocupar un cargo de profesor visitante que había logrado ya en 1935 en el Wellesley College. Dos años después trabajó para la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y en el verano de 1943 se trasladó a la Universidad de Puerto Rico, adonde había de aterrizar el propio Juan Ramón Jiménez... Le dio tiempo a publicar no solo más poemarios, como El contemplado (1946) o Todo más claro (1949), sino también muchísimo teatro –menos conocido-, y suyas son obras dramáticas como El parecido (1942), Ella y sus fuentes (1943), La cabeza de la medusa (1945), Judit y el tirano (1945) o El chantajista (1948). El Salinas maduro se vuelca mucho con el ensayo –impagable El defensor-, tal vez porque él mismo consideraba que todo lo que tenía que decir en poesía ya lo había escrito y vivido. De aquel amor que se evapora con Katherine le quedará no solamente una trilogía poética, sino unas sombras pidiendo realidades, “ellas, las sombras que los dos forjamos / en este inmenso lecho de distancias”. El poeta le pedirá a ella que tienda sus manos, su cuerpo hacia él una última vez, aunque solo sea para que esas sombras que han quedado entre ambos puedan descansar... “Se calmará su enorme ansia errante, / mientras las estrechamos / ávidamente entre los cuerpos nuestros / donde encuentren su pasto y su reposo. / Se dormirán al fin en nuestro sueño / abrazado, abrazadas. Y así luego, / al separarnos, al nutrirnos sólo / de sombras, entre lejos, / ellas / tendrán recuerdos ya, tendrán pasado / de carne y hueso, / el tiempo que vivieron en nosotros”. El final de este poema, que es el final de La voz a ti debida, es uno de los remates poéticos más maravillosos que el lector o lectora podrá recordar: “Y su afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde al amor inventa su infinito”.