jueves, 20 febrero 2020
21:58
, última actualización

Agujas

29 may 2019 / 13:02 h - Actualizado: 29 may 2019 / 13:05 h.
"Excelencia Literaria"
  • Agujas

Por José María Hernández-Villalobos, 18 años, ganador de la XIV edición de Excelencia literaria.

Aunque todo trabajo bien hecho acaba por agotarnos y aunque no hay oficio con el que no terminemos derramando sudor, puedo afirmar con total seguridad que el mío es el más sufrido de todos. Eso sí, el cansancio que acarrea no reside en el esfuerzo físico, que también, sino en la pura desesperación.

Durante veinticuatro horas estoy al servicio de mis clientes. No puedo dormir aunque ellos lo hagan a pierna suelta. No conozco ninguna otra labor que exija tanta intensidad y constancia.

Me cuesta saber que por mucho que les grite, no me van a escuchar; que por mucho que me mueva, no van a mirarme. Pero todos los días, sin descanso, no dejo ni un segundo de recordarles a mis clientes la verdad, a pesar de que me ignoren.

Ellos únicamente acuden a mí cuando están estresados, cuando les angustia la falta de tiempo. Entonces creen que me necesitan. Y eso es precisamente lo que frustra: imaginad a un amigo que solo recurriera a vosotros cuando lo considerase necesario, a pesar de que tuvierais algo importante que contarle.

Mucha gente podría echarme en cara que mi trabajo es simple, que no debería hacer de él un drama, que lo mío solo consiste en dar la hora. Dar la hora... ¡Es mucho más que eso! Pero me subestiman al considerarme un indiferente mecanismo de metal.

Qué mundo de locos: hay personas que pierden el tiempo y de seguido se agobian porque les falta ese mismo tiempo. No encuentran un término medio, aquel que, si usaran la lógica, interpretarían como una isla en la que descansar en las aguas de la existencia. Olvidan que la vida se mide en tiempo. Olvidan que mientras haya tiempo, dispondrán de vida.

El peso que siento en mis brazos me tienta a que deje de girar. Ese peso lo generan aquellos que sacrifican su felicidad al prescindir de la paciencia, aquellos que no usan el tiempo con sosiego. A la vez, me duele que existan esos otros que actúan como si la vida fuese eterna, y archivan sus proyectos en un futuro indefinido, olvidándose de que estoy a su lado, agitando mis agujas.

Si mi testimonio llega a manos de alguien, sea quien sea, le pido que no se olvide de que, aunque no me tenga en cuenta, yo sigo pedaleando en su muñeca. Espero que así convierta cada día en un reto y disfrute de las horas de conversación, de los minutos que se hacen recuerdo, de los segundos que se transforman en un suspiro satisfecho. Porque la vida es el tiempo que nos queda, y quien no es capaz de apreciarlo, no aprecia la vida.


  • 1