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Dejar a la pareja para ser feliz

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19 nov 2022 / 10:39 h - Actualizado: 19 nov 2022 / 11:09 h.
"Tribuna"
  • Dejar a la pareja para ser feliz

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Está muy bien eso de los retos personales, lo de la felicidad personal, eso de hacer solo lo que quieres sin atender a normas rígidas y anticuadas o es otro que habla de la importancia de uno mismo frente al grupo. Eso está muy bien aunque, sobre todo, lo está en el plano teórico. Y es que, sin duda, pertenecemos a un grupo y somos lo que somos gracias a esa sociedad en la que estamos integrados, esa sociedad más o menos injusta o más o menos amable. Porque, sin duda, nuestros objetivos solo se pueden conseguir si estamos dentro del grupo y convivimos con normalidad con el resto de personas que lo componen. Salvo que queramos ser anacoretas o algo así, dependemos en gran medida de los demás. Vaya, que si no hubiera madres no habría hijos.

Ayer, durante una cena con amigos, se planteó un asunto muy recurrente en este tipo de reuniones: qué hacer respecto a tu pareja para poder ser feliz. Como casi siempre, me quedé solo defendiendo una postura. Mientras el resto decía que lo importante es ser feliz y si la pareja lo impide lo mejor es dar el finiquito al estorbo y aquí paz y después gloria, yo sostenía que esa era la opción fácil, la opción menos comprometida con lo que somos y con lo que hemos venido a hacer a este mundo. Y es que dejar a la pareja para ser feliz significa que dejas al otro en la estacada, que te importan muy poco sus miedos, que no quieres saber nada de sus miserias y que prefieres triunfar solo.

Dejar a la pareja es renunciar a la oportunidad de ser tan feliz como se pueda junto a él o ella. ¿Acaso no comprometerse es garantía de felicidad? ¿Acaso hacer lo que te sale de las narices es garantía de un futuro próspero y maravilloso? ¿Dejar una pareja garantiza que vas a encontrar otra mejor? Por cierto ¿y si el problema es el que sale pitando? ¿Por qué achacamos siempre no ser feliz a la pareja? Los occidentales buscamos siempre más allá de nosotros mismos y olvidamos, mirar en nuestro interior.

Un ejemplo. Hay quien dice que quiere ser padre o madre y que no lo es porque la pareja dice que ni hablar, que de eso nada. Y, por supuesto, el conflicto se plantea de inmediato. Y yo me pregunto si ese que dice que quiere ser padre sabe lo que dice. Tal vez se ha fijado en las películas de Disney o en alguna serie de dibujos animados japonesa, porque si hay algo difícil en este mundo y, muchas, veces poco agradecido, es ser padre. Tengo cuatro hijos y creo saber lo que digo. Tener un hijo no es lo mismo que tener una mascota en casa y, por supuesto, no se parece en nada a las experiencias de los demás. Ser padre es una experiencia tan gratificante como compleja, tan bonita como fatigosa. Además, si tu pareja tiene una edad elevada y no ve claro lo de tener hijos; o si, sencillamente, no le gustan los niños; la pregunta es ¿no lo sabías hace cuatro o cinco años cuando empezaste a salir con ella? ¿No te había quedado clara cuál era su postura desde el principio? Ahora que ella ve más un peligro que otra cosa en su embarazo (porque la edad no perdona) ¿es justo venir con la monserga de ser padre entre las manos?

Una pareja es un pacto. Desde el primer segundo. Y el pacto consiste en aceptar las reglas del juego que imponen las dos partes. Si no estás dispuesto a asumirlas como propias lo mejor es no empezar. Porque puedes hacer daño al otro, puedes destrozar la vida a una persona. Y, personalmente, solo pido una cosa a los que tengo cerca: que se lo piensen, y que tengan en cuenta al otro y no lo personal y solo eso porque es lo mismo que hacerse pequeño e irrelevante.


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