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La Tostá

Douglas era como de la familia

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
06 feb 2020 / 08:50 h - Actualizado: 06 feb 2020 / 12:32 h.
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  • Imagen de 1954 de Kirk Douglas, con su esposa Anne Buydens. / EFE
    Imagen de 1954 de Kirk Douglas, con su esposa Anne Buydens. / EFE

Cuando nací, en 1958 –hace una eternidad–, Kirk llevaba ya hechas un montón de películas, desde 1946. Dos años antes había hecho El loco del pelo rojo, de Vicente Minnelli, sobre la vida del gran pintor Vincent van Gogh, para mí su mejor papel. O al menos fue donde me pareció un actorazo. Anoche veía una película tumbado en el sofá cuando supe que había muerto. Curiosamente, y a pesar de llevar toda la vida adorándolo, apenas me afectó la noticia porque era de esas que no te las crees y menos si las lees en Facebook, como fue el caso. Diez minutos después lloraba su muerte como un chiquillo al que se le había perdido su cachorro. Es que Douglas fue muy grande, uno de esos actores impresionantes, aunque su calidad haya sido discutida y jamás le dieran un Óscar por alguna de sus grandes interpretaciones, como la ya citada o la que le brindó a Kubrick en Espartaco, en 1960. El único Óscar se lo dieron en 1996, un honorífico por toda su carrera.

Issur Daniellovitch Demsky, que este fue verdadero nombre, era como de mi familia. De niño, viviendo en Palomares del Río, pensaba a veces que algún día subiría la cuesta con un canasto de morcillas y chorizos del pueblo, Arahal, como cuando iba a vernos mi tío Antonio, uno de los hermanos de mi padre. Fue viendo el final de Espartaco, cuando sentí que era de mi sangre y la necesidad de ayudarle a bajar de la cruz para que pudiera abrazar a su hijo y a su esposa, la inigualable Jean Simmons. La mirada de Kirk viendo cómo se alejaban de él en un carro creo que marcó un poco mi infancia y que me hizo más sensible hacia las injusticias. Anoche vi esa escena, una de las más duras de la historia del cine, y luego no podía dormir. Era un dolor insoportable en el pecho. Adoraba a aquel tiarrón duro como una roca y, aunque tenía 103 años, confieso que fue una noche dura porque no se muere un actor como Kirk Douglas todos los días del año.

Siempre me interesó su vida, sobre todo su infancia en Amsterdam de Nueva York, porque fue también un niño que se tuvo que poner a trabajar muy pronto, en edad de colegio, para ayudar en casa, donde eran nueve personas, sus padres, sus seis hermanas y él. Una infancia dura que siempre llevó posada en la cara, como un pájaro triste. Tenía algo en la mirada que te llevaba al Nueva York de los años veinte. Una mirada dura, a veces, y tierna otras. Capaz de helarte la sangre o de acariciarte el alma. Un actor de los que no es fácil que se repita, capaz de lograr que te creyeras sus interpretaciones como si te fuera la vida en ello. Sin duda, el último grande de verdad.


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