martes, 02 junio 2020
20:37
, última actualización
Viéndolas venir

El hombro

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Álvaro Romero @aromerobernal1
27 mar 2020 / 20:36 h - Actualizado: 27 mar 2020 / 20:39 h.
"Viéndolas venir","Coronavirus"
  • Sanitarios. / Europa Press
    Sanitarios. / Europa Press

En estos días aciagos que estamos viviendo, tanta gente de bien se cansa de la gente enfurruñada, amargada y odiosa que se dedica exclusivamente a malmeter y crear o difundir bulos a todo tren, cada cual peor, seguramente porque el estado de alarma le parece insuficientemente alarmista. El caso es que, al margen de esa gente que no merece más que esas cuatro líneas, se subraya a sí misma otra cantidad ingente de buena gente que no mira a nadie por encima del hombro, sino que arrima el hombro para que esta carga colectiva que llevamos todos sea menos pesada.

Y esa gente que nos hace el mundo más amable, más mullido y cálido, más esperanzador, es precisamente la gente que estos días no para, para que los demás paremos: el personal sanitario que está dando su vida y al que le agradecemos insuficientemente cada tarde ese sacrificio histórico con un aplauso que cada día dicen que empieza antes –normal, lógico, porque seguimos muy deuda con ellos. Pero también otro mucho personal por el que no aplaudimos y que estos días se hace absolutamente imprescindible: los agricultores, que siguen sacando lo mejor de sus tierras para los demás; los camioneros, que se desviven de un lado para otro para que nada falte aquí ni allá; el personal de los supermercados y las tiendas de barrio, que responsablemente están aguantando el tirón para suministrar de lo más básico a cada casa; las limpiadoras, en manos de cuya eficiencia están ahora muchos de nuestros seres queridos más vulnerables; los policías, cuyo papelón no está pagado porque sigue habiendo más inconscientes de los que imaginamos; los bomberos, que tampoco dan abasto en su propia entrega; los voluntarios de la Protección Civil y otros voluntarios, entregados en cuerpo y alma en el aire que todos respiramos; los maestros, que siguen enseñando a distancia y con una responsabilidad y modernización que ningún decreto que no hubiera salido de sus propios corazones vocacionales hubiera conseguido; el personal de las gasolineras, tan al pie de su cañón; los basureros, en una labor abnegada pero fundamental y valiente en estas noches inolvidables; y tantos y tantos anónimos que dan de lo que tienen, se ofrecen, en dinero, en productos, en tiempo. Y, por supuesto, los niños, que encarnan en sus propias carnes la esperanza de un mundo que, después de esto, no debería volver a ser igual... Sí, sí, ya sé lo que está usted pensando... Pero no tengo en la mente a ese tipo de gente, sino a los que protagonizan esta columna, y también a estos niños encerrados que no olvidarán jamás este encierro motivado, en primerísimo lugar, por la solidaridad con los demás.

Tengo en la mente, más que nunca, esa frase lapidaria de Martin Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”. La tengo en la mente porque, afortunadamente, en este caos sobrevenido en medio de todo el mundo, tanta solidaridad global está haciendo todo el ruido que la ética precisa, y el silencio hoy es de los otros.


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