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El ocaso de una mujer

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31 may 2020 / 12:29 h - Actualizado: 31 may 2020 / 12:32 h.
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  • El ocaso de una mujer

Hace algunos años, más de quince si no me falla la memoria, atendimos un reducido grupo de psiquiatras a una mujer, de nombre Cristina, que acudió a consulta derivada por su médico de cabecera quien, en el escueto informe, señalaba que la señora estaba muy desesperada. De 56 años de edad, la paciente presentaba, durante la exploración psicopatológica, una sintomatología florida, caracterizada por las siguientes manifestaciones clínicas: tristeza, falta de autoestima, angustia, ansiedad, insomnio precoz, abulia y anhedonia.

De clase media alta, ella estaba casada y se había dedicado a su profesión de abogada, que abandonó tras el parto de su primer hijo, siendo su marido, un empresario que había triunfado en un negocio privado. Tenían dos hijos varones, uno estudiante de cuarto de Medicina y el menor, alumno de Ciencias Empresariales. Formaban una familia feliz y la vida de la paciente transcurría sin sobresaltos, hasta que perdió, hacía unos dos meses y medio, a una hermana suya, mayor que ella cuatro años, aquejada de un cáncer de mama fulminante que la llevó a la muerte. Tenían las dos una relación excelente y el estado de ánimo de la señora empezó a declinar a raíz de este malogrado hecho. Tardó semanas en confesarse a su médico de cabecera y este, ipso facto, estimó oportuno remitir el caso.

Sin antecedentes psiquiátricos personales, ni familiares, diagnosticada de trastorno adaptativo, las entrevistas eran frecuentes y fue necesario prescribir un tratamiento farmacológico, acompañado de una psicoterapia de apoyo. La paciente, una mujer elegante, acudía de manera puntual a las revisiones programadas, impecablemente vestida, pero durante los tres primeros meses con el rostro mustio. Iba siempre acompañada de su marido, un hombre educado, atento y comedido quien, un día, aprovechó una necesidad fisiológica de su mujer para colarse en el despacho, y manifestarnos su preocupación por el estado de salud de ella y su profundo deseo de que su esposa mejorara. Tratamos de sosegarle e infundirle la necesaria esperanza y le hicimos ver la conveniencia de que ella disfrutara de un buen apoyo familiar, algo que ya tenía, y que estos factores contribuirían indudablemente a su recuperación. Se quedó evidentemente satisfecho de nuestra explicación.

El progreso fue un poco lento y a los cinco meses empezamos a espaciar las visitas de revisión que pasaron a un ritmo de cada tres semanas; la evolución era favorable, creciente, y Cristina había vuelto a sonreír. Cuando cumplió ocho meses de tratamiento decidimos ir reduciendo paulatinamente la medicación y al noveno devolverla a su médico de cabecera. El alta psiquiátrica coincidió casi en el tiempo con la psicológica. Su marido y sus hijos, nos agradecieron efusivamente y nos sentimos plenamente satisfechos y orgullosos de nuestra dedicación y del resultado obtenido. Teníamos a una mujer que estaba en el fondo de un pozo, pero que había recobrado sus fuerzas, con sus esperanzas, sus deseos y sus ilusiones, aliados a las ganas de poder volver a mantener una relación sexual satisfactoria con su marido; una vida sosegada, agradable, lejos de las preocupaciones, de la inquietud y del desvelo padecidos durante meses.

Tres años después, nos enteramos accidentalmente de que Cristina acababa de poner fin a su existencia, al parecer, mediante una masiva ingesta medicamentosa. La tristeza que nos invadió era enorme, puesto que ella fue parte de nuestra vida durante tres trimestres. Pese al tiempo transcurrido desde el alta hasta su trágico final, nos sentimos muy abatidos, muy afectados. Era una desolación y lloramos de pena algunos. Y nos preguntamos con chocante ingenuidad, olvidándonos momentáneamente de ser profesionales de la salud mental ¿por qué se suicidan algunas personas? ¿Qué ocurrió durante este intervalo para que nuestra paciente protagonizara un hecho de tales características? Es una pregunta que tiene una enorme complejidad y que nos hace reflexionar sobre la fragilidad de la mente humana. La gente se quita la vida por razones de índole distinta y lo frustrante y lamentable es el hecho de comprobar que, en varios de los casos, resulta difícil o imposible prever el intento y mucho menos la consumación del acto, puesto que las pistas no son claras, son enormemente borrosas, e incluso aparentemente inexistentes.

Para terminar, diré que la historia relatada con este triste final es verdadera, pero el nombre de la mujer, las profesiones de ella y de su marido son completamente ficticios, como lo es también la ocupación universitaria de sus hijos.


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