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Los medios y los días

La anciana y el Gordo de la lotería

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23 dic 2020 / 04:00 h - Actualizado: 23 dic 2020 / 04:00 h.
"Historia","Lotería de Navidad","Paro","Radio","Historia","República","Los medios y los días"
  • Foto: EFE
    Foto: EFE

Con esto de la lotería de Navidad tengo una batallita del abuelo Cebolleta. Recuerdo a una señora ya mayor, una humilde anciana a la que visité a finales de los años 70 en mi calidad de periodista que buscaba por la calle Feria a personas a las que les había tocado el Gordo de Navidad. He mirado en Internet para recordar todo aquello y gracias a una información que Javier Macías ha publicado en Abc he recordado los detalles. En 1978 cayó el gordo en Sevilla. Según cuenta Macías, “un vendedor ambulante, Manuel Estoup, que se colocaba con silla y mesa plegable en el mercado de la calle Feria, había comprado allí ocho de los décimos. Siete los vendió en pequeñas participaciones entre las amas de casa que frecuentaban el mercado de abastos y, el octavo, se lo llevó completo una señora. Un barrio modesto, que vivía entre las apreturas del paro y las trampas de una casa o un nuevo coche y que vio aliviada su situación económica. En la calle Feria no había aún teles a color, que eran un lujo tecnológico que no podían permitirse todavía sus vecinos. La radio y la pequeña pantalla en blanco y negro fueron el heraldo de la suerte”.

Bueno. pues en aquellos entonces yo era redactor en la Delegación de Andalucía de Mundo Obrero Diario, una cabecera histórica del Partido Comunista de España que apareció por tiempos de la República, incluso un poco ates, en 1930, y aún se edita aunque no diariamente. En la democracia tuvo una época (1978-1980) en que se publicaba cada jornada con redacción central en Madrid y una delegación en Andalucía en la que estábamos tres redactores y un fotoperiodista. La delegación se ubicaba en la sede del PCE, primero, y PCA después, calle Teodosio, 60. Allí mantuve la única conversación personal de mi vida con Santiago Carrillo, que no fue muy agradable que digamos porque don Santiago andaba con el asunto del eurocomunismo y a mí aquello no me gustaba. El tiempo me dio la razón pero eso es otra historia.

Los periodistas de Mundo Obrero teníamos una zona especial de la sede sólo para nosotros, desde donde seguíamos la actualidad, cuando nos enteramos de que había caído el Gordo no sólo en Sevilla sino que a dos pasos de la calle Teodosio, en la zona del mercado de la calle Feria, teníamos varios ganadores. Y allí que me mandaron a ver si pescaba algo. Me metí en toda aquella algarabía de gente feliz con sus premios pero en lugar de quedarme en el jolgorio pregunté si había alguien más en concreto que hubiera sido agraciado y me respondieron que en una humilde casita, que me señalaron, muy cerca del propio mercado o pegado a él, había una señora a la que le había tocado. Fui, era un hogar en planta baja, muy humilde, estaba la puerta entreabierta. Entré y vi a una anciana sentada en una silla, al cobijo de su camilla y el calor del brasero. Todo estaba casi en penumbra, le pregunté si en efecto había tenido suerte y me dijo tranquilamente que sí, estaba sentada tan normal, sin signos externos de alegría. Y sola.

Me senté también al sosiego de la camilla y empecé a hacerle preguntas. Cuando llegué a la pregunta típica y tópica “qué piensa hacer usted con el dinero” (ni me acuerdo cuánto le había correspondido), me contestó: “Pues quiero tener en propiedad la tumba donde descansa mi marido para que cuando yo me muera me pongan allí con él y lo demás para mis hijos, que paguen sus trampas y compren lo que quieran”.

Al margen de que me sorprendiera la respuesta me llenó de pesadumbre. Aquella mujer ya no esperaba nada de la vida -me lo dijo-, su aspiración era que, “cuando Dios quisiera” -puntualizó-, pudiera estar con su compañero de siempre.

Ya no quise saber más, me fui a la delegación del periódico, contento porque a una persona humilde le hubiera tocado un premio en metálico y a la vez triste al ver su situación vital y anímica. Todos los años por estas fechas me acuerdo de aquella anciana, vestida de negro, sentada en una estancia triste y casi en penumbra. Sé que la mujer, en general, ha cambiado mucho en su vitalidad y mentalidad, pero me parece que, en esencia, hemos avanzado muy poco desde aquel año de 1978, cuando cayó el Gordo en Sevilla y votamos la constitución, hasta este 2020 de las narices.


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