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La profecía

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21 sep 2020 / 11:08 h - Actualizado: 21 sep 2020 / 11:11 h.
"Excelencia Literaria"
  • La profecía

Por Emilia Carrasco

Ganadora de la VIII edición de Excelencia literaria.

Hemos guardado la ciudad desde nuestro nacimiento. Sí, desde la altura hemos vigilado para que el Bien prevalezca sobre el Mal, y hemos visto a miles de personas que alzaban la vista y nos saludaban con devoción y temor.

No nos crearon por casualidad; el Salvador iluminó la mente del maestro constructor. Por eso encargó a los escultores que comenzaran a tallarnos en piedra blanca. Íbamos a ser nombrados guardianes de la catedral. Al menos, así nos lo contó Padre, que fue el protector más antiguo en los muros exteriores de Notre Dame.

A mí me cincelaron sobre 1832 gracias a Victor Hugo, el escritor. A día de hoy sigo sin conocer hasta dónde llegó su fama. En todo caso, lo considero una especie de padre, pues gracias a él el pueblo reconoció nuestra existencia e importancia, y puso su atención a este edificio que corona la ciudad.

No tenemos nombre, pero París nos conoce de una en una. Padre llevaba aquí desde hacía más de un milenio, y las historias que contaba, macabras y esperanzadoras por igual, nos mantenían al borde del precipicio.

Padre recordaba que, durante el curso de la Historia, solo ha habido una ocasión en la que abandonamos nuestro puesto. Sucedió antes de mi nacimiento, casi en la mitad del siglo XV. Una campesina, aparentemente inofensiva, había ganado la fama y el amor del pueblo después de haber guerreado junto a nuestro rey, Carlos VII. Los ingleses, hijos de la nación enemiga, la capturaron y quemaron en la hoguera como si se tratara de una bruja. El dolor penetró por las grietas de nuestros muros de piedra, para quedarse.

Padre, con su propio ejército, vengó a la valiente guerrera. Voló sobre París para alertar a los ciudadanos que quisieran escucharle. Las calles ardían mientras la ciudad sucumbía al pánico y a la tristeza por el sacrificio de Juana, aunque la mártir fue vengada y quedó demostrado el poder de las gárgolas.

Nuestros problemas empezaron meses atrás. Un día gris escuchamos a ciertos hombres trajeados que debatían sobre la restauración para preservar el edificio. Mencionaron la palabra turistas varias veces, como si fuesen el motivo de nuestra permanencia, y no la gloria debida a Dios.

Padre adivinó sus intenciones y se quedó preocupado: no podíamos dejar Notre Dame abandonada, pues aquellas personas pretendían llevarnos a un taller lúgubre y oscuro para limpiar los sedimentos que nos cubrían. Y lo hicieron. Como una profecía maldita, operarios armados con extraños utensilios nos movieron de nuestro lugar. Tras un viaje en la más profunda oscuridad, despertamos en una sala blanca y limpia. Ya no estábamos en casa. La Dama se había quedado sola.

Cuando llegó la notica del incendio a nuestros oídos, sentimos que nuestra misión había fracasado. Padre jamás se recuperó de aquel fuego; sé que hubiese preferido abandonar su molde de piedra antes que ver la iglesia ennegrecida por las llamas, a medio destruir.

Cuando una mujer de bata blanca informó a nuestros restauradores de los daños de la catedral, unas lágrimas de sangre nos recorrieron el rostro. Podíamos oler el humo y la desesperación, pero no solo nosotros: las multitudes se reunían para rezar. Quizás no supieran que estaban protegiendo Notre Dame en nuestra ausencia.

Por arrastrarnos fuera de nuestra casa se había cumplido la profecía: sin las gárgolas la catedral está condenada.


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