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Cofradías

La túnica

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24 mar 2023 / 05:19 h - Actualizado: 23 mar 2023 / 20:21 h.
"Cofradías","Cuaresma 2023"
  • La túnica

Llega puntual. Ni tarde ni temprano, sino a tiempo. Se saca como el mayor de los tesoros, desde aquel rincón de la casa que tenemos reservado para ella. Sale a la luz con el olor del primer azahar, con las dos cifras en el calendario de la cuenta atrás, con las marchas en la radio de algún programa de Semana Santa, con el rayo de sol que calienta y que anhelamos para una tarde de Domingo de Ramos. Tiene un olor especial; una mezcla de cera, incienso, nostalgia e ilusión, que ni la mejor tintorería puede quitar. Año tras año, las casas se inundan con su presencia y nos la volvemos a poner con el mayor de los orgullos, sabedores de nuestro compromiso. Solo el tiempo, con sus achaques, puede privarnos de ella, aunque paciente en su rincón esperará su hora, nuestra última hora.

Se repasan, se preparan, se planchan y se le pegan los escudos y botones. Sí, aquí se pegan, aunque se trate de coserlos. Las madres y las abuelas, camareras particulares de cada uno de nosotros, cuidan para que no falte un detalle. Los niños son los que más trabajo dan; hay que sacarles el dobladillo, las mangas que no estén muy cortas, pensar si el escudo sigue siendo el chico o ya se pasa al de adulto. Nos preguntamos si ya podrá con el cirio o hay que seguir pidiendo la varita. Los ojos en su sitio para que pueda ver bien, y el antifaz que le cubra los hombros, que cortito queda muy feo. Las sotanas y capas respingonas, que luego con el paso de las horas todo se asienta y los bajos arrastran. Si no le está bien, hay que probarle la del primo, que el año pasado le estaba justa y ya no se la puede poner, por lo que habrá que comprarle un capirote nuevo. Y el niño va de la mano que lo guía, y al ver el capirote enorme que cuelga de la puerta de la tienda, fantasea con que pertenece a un gigante que vive dentro de esa cueva llena de cartones y rejillas. La abuela mientras tanto espera en casa a ver si a su niño le han hecho bien el capirote, y al probárselo, no sabemos quién de los dos tiene los ojos más brillantes de ilusión. Y sigue con esa retahíla constante, con la que lleva toda su vida... el cíngulo bien apretado que se va aflojando y los guantes ten cuidado con ellos, no los vayas a perder antes de salir. Pasados los años, nos la seguimos probando, recordando toda esta letanía de pautas que no hemos aprendido, sino heredado, y que ahora somos nosotros los que, con la salmodia adecuada, vamos desgranando a nuestros pequeños.

Nos miramos, y sentimos la responsabilidad de llevarla puesta. Nos identifica como cristianos, católicos, cofrades de una Hermandad y devotos de una imagen. Es como el uniforme de un ejército cuyas únicas lanzas son los capirotes que apuntan al cielo, donde se dirigen las oraciones musitadas bajo el anonimato del antifaz. Uniforme que nos une como las cuentas de un rosario, cada una en su sitio, pero todas iguales, con el mismo sentido.

Los años se suceden, y en el orden de la Cofradía vamos acercándonos al paso. Bendita metáfora de la vida, que a medida que pasa el tiempo estamos más cerca de encontrarnos con Dios. Cuando somos niños y jóvenes, queremos que los tramos corran rápido para ir más cerca, y a medida que crecemos, vemos el final del cortejo sabiendo que no hay marcha atrás. Cada vez que salimos pensamos: un año más...o un año menos. De lo que estamos seguros es que, cuando llegue la hora del encuentro definitivo, alguien sacará de aquel rincón de nuestra casa la que en ese mismo instante se convertirá en nuestra mortaja.

Huele a torrijas y a café cargado. Los pies metidos en el barreño de agua caliente con sal para que descansen, y el pellizco en el estómago que no me deja tranquilo. Ya llega el momento. Pienso en los besos que, a modo de partida con tintes de proeza, he dado en mi vida vestido de nazareno, mientras resuenan en mi memoria una y otra vez, los consejos que me daban a modo de peticiones: ten cuidado, reza por todos. Y con una oración callada, empiezo a vestirme con lo que es algo más que un hábito penitencial: mi túnica de nazareno.