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Los negacionistas y el poder: Bosé, Assange o Clapton

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20 jun 2021 / 08:29 h - Actualizado: 20 jun 2021 / 09:11 h.
"Vacunas","Coronavirus"
  • Eric Clapton.
    Eric Clapton.

Eric Clapton fue considerado durante un largo periodo como un Dios. De hecho, incluso sus admiradores se referían a él con la expresión “Eric is God.”

El músico británico se opuso tajantemente a la vacunación, y finalmente, acosado por amigos y familiares, se inoculó una de ellas, concretamente la Astrazeneca, que ya es paradoja y hasta anticipatorio que enlace el nombre del filósofo romano tutor de Nerón con el Dios griego del anochecer. Por cierto, para cuándo una optativa en primaria sobre etimología....

Pocos días después, fueron tan terribles los efectos de la vacuna, que llegó a afirmar que “nunca debería haberme acercado a una aguja”, lo que le ha condenado al ostracismo.

Son días difíciles para los herejes; las autoridades no tardarán mucho en exigirte un certificado de vacunación para viajar; entrar en los conciertos y hasta en el Supermercado del barrio.

Antes de cualquier relación, habrá que demostrar el magnetismo en el brazo y aun se patentarán sellos o pins que acrediten la sumisión a una creencia, no avalada científicamente. Porque, no lo olviden, no ha habido tiempo para legitimar los efectos de las patentes, aunque sí los de rebaño, que viene el Verano y los hosteleros han de seguir facturando.

Después serán los centros de trabajo; más tarde hasta circular a la luz del día, como aquellas investigaciones sobre delitos sexuales o de sangre, que privilegiaban el sometimiento voluntario a las pruebas de ADN., en las que quienes se negaban, pasaban a la condición de sospechosos.

Hace más de diez años la Fundación Rockefeller –los ricos eluden fiscalidad bajo la apariencia de fines filantrópicos- ya anticipó una pandemia. Y lo más sorprendente es que predijo que incluso los vacunados exhibirían socialmente las fotografías acreditativas de tan inolvidable momento de sus vidas. En Andalucía, Juanma piensa seguir exigiendo la mascarilla y me temo que con el total aplauso de la masa.

Mientras esto ocurre, en Madrid, los jueces del Supremo enarbolan la independencia judicial. Tiene gracia que su máximo valedor sea Lesmes. La violencia no tiene solo una significación disolutiva, sino que en ocasiones es el único remedo en los procesos sociales o contra las violaciones de derechos humanos.

Y es que aquí se reprime por fogoso hasta el rap, que no es más que el verso suelto y no precísamente alejandrino.

Mientras se hacen chistes sobre Miguel Bosé, o Eric Clapton es ignorado hasta por la comercial de su operadora de móviles, Assange se pudre en la cárcel. Quién se acuerda de él y de la revelación de los muertos civiles en Irak en operaciones encubiertas, o hasta la denuncia de que el smart TV con que Vd. ve la Eurocopa, graba sus conversaciones, siquiera para que mañana consuma comprando Alexia.

Frente a esto, dónde están los jueces activistas. Al poder le disgusta la verdad, tanto como la difusión del millón de dólares cobrado por Hillary Clinton de Goldman Sachs, en las mismas conferencias que Aznar o Felipe.

El poder ha de sentir nuestra ira. Cada vez que alguien cercano camina en una ambulancia hacia una mascarilla de oxígeno, nos recuerda nuestro miedo antropológico a la muerte. Pero el sistema teme a la palabra; como el político a la abstención. Prosigan con su particular forma de desobediencia civil, como Bosé, Assange o Snowden.

La política no es más que un juego de miedos. Ellos temen por la decadencia de su poder, pero nuestro deber moral es el desprecio a cualquier verdad absoluta, siquiera pensando en el mundo que dejaremos a nuestros hijos.


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