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La Tostá

No mientan a los niños en Navidad

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
04 ene 2021 / 08:02 h - Actualizado: 04 ene 2021 / 08:03 h.
"La Tostá"
  • No mientan a los niños en Navidad

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Han pasado cincuenta y cinco años, pero lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Alguna vez he dicho que me gustaba la Navidad porque era un niño pobre y en estas fechas tenía lo que ni olía el resto del año: dulces, ropa nueva y juguetes. En verano, el del carro de los helados nunca se paraba en el número 5 de la calle Cuatro Vientos, en Palomares del Río, porque había una mujer, mi madre, que casi siempre le decía al heladero: “No hay para caprichos”. Uno de aquellos días la escuché llorar tras decirle eso al vendedor. Porque no era un helado, sino cinco, y su sueldo en un almacén de aceitunas de Coria, El Pollo, no daba para tanto. Lo mismo ocurría con el vendedor de sultanas o melojas. No se extrañen si les digo que a mi edad conservo todos los dientes y que jamás me he empastado ninguno. Pero cuando llegaba la Navidad era otra historia. ¡Ay, aquellos cortadillos, mantecados y mojones de perro de Carmen Pichardo! Era de los niños que creía en los Reyes Magos de Oriente. Y eso que un año vi cómo mi abuelo Manuel llenaba el lebrillo de ramiza la noche de Reyes antes de colocar los juguetes. Pero pensé que no era en realidad Popá Manué, sino Melchor metido en el cuerpo del abuelo. Al amanecer, entraba en el dormitorio y decía: “Anda que no han traío ná los Reyes este año. Han dejao una muñesca con la cabeza tan grande como la de una burra”. Era un abuelo fino. Eso sí, con la finura del campo. Y, en efecto, aquel año de 1965, los Reyes dejaron una muñeca para mi hermana Loli, una camioneta de madera para mi hermano Antonio y unas pistolas para mí con sus cartucheras y todo. Ese mismo día, con un frío que pelaba las orejas, atraqué la taberna de Mariquita Méndez y el Norra Chico, su esposo, me hizo correr hacia Cuatro Vientos con la velocidad de un rayo. La ropita nueva no se consideraba un regalo de Reyes, sino una necesidad. El día de Pascua estrenábamos siempre un pantalón o un abrigo que pagaba a dita, y bajábamos al pueblo muy temprano para que los convecinos vieran que aunque éramos muy pobres, doña Pepa tenía crédito con el ditero de Coria. Era el único día del año que ligaba algo, porque las niñas de Palomares se fijaban mucho en cómo vestíamos los niños en Navidad. Así que medio pelado al cero, con las orejas desabrochadas y estrenando ropita, caían rendidas. Por eso me gustaba la Navidad, porque pasaba de ser un niño pobre a ser igual que los de dinero, aunque en Palomares nunca hubo ricos. Y esos días, los de la Navidad, eran otras las miradas y otros los gestos. No había tanta diferencia entre los niños de Pepa y los que tenían padres o abuelos con huertas u olivares. Cuando pasaba la Navidad todo volvía a la normalidad, pero ya nadie podía quitarme la emoción de haber visto a Melchor disfrazado de mi abuelo dejando las pistolas en el lebrillo o a la niña por la que bebía los vientos mirarme el día de Pascua como si hubiera visto a Rodolfo Valentino en pastillita. Lo de los Reyes Magos es verdad: no mientan a los niños en Navidad.


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