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Excelencia Literaria

Nuestro verdadero destino

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20 oct 2020 / 15:40 h - Actualizado: 20 oct 2020 / 15:41 h.
"Excelencia Literaria"
  • Nuestro verdadero destino

Por Javier Merino, ganador de la X edición de Excelencia literaria

El pasado verano no vino, precisamente, cargado de maletas, aviones e historias para contar. La pandemia del coronavirus nos ha infundido el temor a viajar, también a mi familia. Por eso han sido unas vacaciones de campo y reflexión.

Cuando decidí emprender una de las rutas del Camino de Santiago, mi padre y mi hermano lo tuvieron claro: había llegado el momento. Además, no es el Camino terreno desconocido para mí, pues lo he completado en ocasiones anteriores. Pero supe que iba a ser distinto: en familia, sin apenas peregrinos ni albergues. Escogimos el camino portugués para no repetir el francés una vez más (y van cuatro). Desde la primera etapa supe que era un acierto.

Llegamos a Galicia como el protagonista de la película “Bienvenidos al Norte”, que entró en un túnel con el sol quemándole la nuca y salió con la lluvia amenazando con romper el parabrisas de su coche. Acostumbrados al calor del Sur, el clima húmedo fue una bendición. Dejamos nuestras pertenencias en un hotel de Tui (a ciento diez kilómetros de Santiago de Compostela) y cruzamos el puente que conecta España con Portugal para visitar el pueblo-fortaleza de Valença do Minho.

A la mañana siguiente comenzamos la peregrinación macuto a la espalda. Nos esperaban cinco jornadas (en mi recuerdo la etapa reina, treinta y siete kilómetros entre O Porriño y Pontevedra). Caminar una veintena de kilómetros diarios no parece muy atractivo, como no lo es la aparición de las dolorosas ampollas ni la fatiga que se va acumulando. Sin embargo, algo especial sucede en el Camino, pues el cerebro ignora las llamadas del cansancio muscular.

Galicia está cuajada de pueblos y aldeas maravillosas, de gente acogedora y de una gastronomía exquisita. Desde el bullicio de Madrid, me vienen a la memoria los senderos verdes custodiados por árboles espléndidos, el “¡buen camino!” con el que se saludan los peregrinos, la satisfacción al llegar al hotel tras la dura etapa, la visita al lugar durante la tarde, las raciones de pulpo para cenar...

Cinco días después llegamos a Santiago. La visita a la catedral –con el Covid no está permitido el abrazo ritual– fue para nosotros, una vez más, otra meta de nuestro verdadero destino.


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