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Pegar a los profesores es pegar a los niños

Dos maestras del colegio Manuel Gómez de Coria del Río han sido agredidas por la madre de una alumna

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18 oct 2021 / 05:59 h - Actualizado: 17 oct 2021 / 23:23 h.
"Opinión","Educación"
  • Pegar a los profesores es pegar a los niños

Un colegio no es un edificio, más o menos bonito o cochambroso, al que se llevan niños como si fueran reses para que unos pastores que saben leer y escribir les cuiden unas horas. No, un colegio es, sobre todo, una comunidad compuesta por el equipo directivo, el claustro de profesores, los cocineros y limpiadoras, todos los colaboradores y los padres. Sí, los padres. Esos tiempos en los que los padres no pisaban el colegio, ni eran informados, ni se ocupaban demasiado, ya pasaron. El colegio es el lugar en el que los niños reciben conocimientos técnicos y, sobre todo, valores, herramientas con las que enfrentarse al mundo, la base teórica y práctica para ser libres, cultos, demócratas y sujetos que aporten a la sociedad. El colegio es fundamental y un primer templo en el que la palabra y la razón se imponen sobre cualquier otra cosa.

El pasado viernes parece ser que la madre de una alumna del colegio Manuel Gómez de Coria del Río entró en las instalaciones del centro educativo y propinó golpes e insultó a dos profesoras. Y eso no puede ser. Da igual la razón por la que lo hizo, da igual cualquier excusa que se pudiera esgrimir en favor de esa madre. No se puede tolerar una agresión y menos aún en un colegio. Nada puede justificar la violencia.

Esta señora debería pensar en el mensaje que ha lanzado a su hija al entrar pegando e insultando a sus profesoras. Esta señora debería pensar en la situación en la que deja a su hija frente al resto de la comunidad educativa. Y todos deberíamos pensar en la sociedad que estamos construyendo. No es la primera vez que pasa algo así y no es la primera vez que la cosa se resuelve sin pena ni gloria, sin que se puedan tomar medidas drásticas. Miramos de reojo y el asunto es serio.

Los niños están creciendo bajo el manto de una híper protección parental, en muchos casos, mal entendida e ineficaz; los niños aprenden matemáticas al mismo tiempo que tienen acceso a la pornografía en Internet o a la violencia máxima de los videojuegos; los niños comienzan a no distinguir entre ficción y realidad (ya comienzan a producirse situaciones que emulan escenas de series en las que los personajes mueren o son salvajemente agredidos). Hay padres que pegan e insultan a los profesores de sus hijos y, al mismo tiempo, se muestran incapaces de controlar la información disparatada que les llega a los niños. Cada bofetada a un profesor es un guantazo a los niños.

Una educación excelente nunca puede producirse si los profesores se ven limitados por la falta de libertad que provocan las amenazas. Enseñar a un niño que el camino para conseguir algo es la violencia se torna en el germen de una sociedad enferma e irrecuperable durante generaciones.

Hay que protestar para evitar que se repita algo así. Y es necesario pensar en la importancia de la educación, en lo imprescindible que resulta que el principio de autoridad en las aulas y entre los padres respecto al profesorado siga siendo casi sagrado. De otro modo, estamos apañados.


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