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Los últimos de Filipinas, al rescate de la Feria

Sevilla va abandonando el Real mientras los pueblos y los guiris lo visten de ‘sport’

26 abr 2015 / 00:00 h - Actualizado: 26 abr 2015 / 14:50 h.
"Feria de Abril","Feria de Abril 2015"
  • Un grupo de orientales toma fotografías desde un carruaje. / José Luis Montero
    Un grupo de orientales toma fotografías desde un carruaje. / José Luis Montero
  • El lote completo: vestidas de flamenca, ante la portada, en coche de caballos..., y con foto. / José Luis Montero
    El lote completo: vestidas de flamenca, ante la portada, en coche de caballos..., y con foto. / José Luis Montero
  • El paseo de caballos por el Real estuvo ayer menos animado que los días previos. / Inma Flores
    El paseo de caballos por el Real estuvo ayer menos animado que los días previos. / Inma Flores
  • En la Feria hay árboles donde crecen las flamencas. / José Luis Montero
    En la Feria hay árboles donde crecen las flamencas. / José Luis Montero
  • Ambiente en la Feria este sábado. / José Luis Montero
    Ambiente en la Feria este sábado. / José Luis Montero
  • Ambiente en la Feria este sábado. / José Luis Montero
    Ambiente en la Feria este sábado. / José Luis Montero

Esto se acaba. A escasas horas de que una tormenta de luz y pólvora apague esta medianoche la portada, las rumbas y las ganas de fiesta en el Real, queda toda una jornada por delante para disfrutar y el recuerdo del día de ayer, uno de esos sábados de Feria de manual, con afluencia media de público, sobre todo forastero. El sevillano oriundo va cediendo posiciones.

Con el paseo de caballos a medio gas, y poco coche baqueteando el adoquinado, el ambiente se vivió ayer dentro de las casetas. Las cocinas no paraban, constatando que el miedo a la crisis se está quedando atrás. En las barras, los días van pesando y el Aquarius empieza a ganarle la batalla al rebujito. Sobre el albero, estampas sólo justificables por el fin de semana. Gente en chandal, estilismos imposibles, muchos botines, trajes de gitana que pasaron por alto que el talle alto dejó de llevarse a finales de los 90... En sus últimas horas, la Feria se permite adquirir cierto aire chabacano, fruto sobre todo de la lógica afluencia guiri.

Pero los visitantes extranjeros no sólo aportan ese toque sport a la fiesta. A veces, también son una oportunidad para reencontrarse con el pasado. Es el caso Rogelio y Alicia, que a la hora del almuerzo cruzaban bajo la portada en busca de un coche de caballos.

Que sus nombres no les confundan. Esta pareja no proviene de Coripe ni de Las Pajanosas. Se apellidan Bondoc y acaban de llegar desde Manila (Filipinas). De los tres siglos de pasado hispánico de este archipiélago, que fue español hasta 1898, la población conserva los nombres castellanos, la religión católica y un patrimonio histórico y literario que no todos pueden degustar, puesto que ya casi nadie allí habla la lengua de Cervantes. Los americanos la eliminaron cuando arrebataron a España estas islas, sustituyéndola por el inglés.

Pese a la lejanía geográfica y lingüística que un siglo después distancia a ambos países, la Feria de Abril vuelve a conectar en parte a ambas culturas. Rogelio y Alicia se muestran impresionados por el aire oriental de los farolillos, el mobiliario de las casetas e incluso la concepción de esta celebración, que no les es desconocida. «En Filipinas cada provincia tiene su santo, su patrón. Cuando llega la onomástica, en los pueblos se celebra la Fiesta –conserva la palabra española–, dos días en los que cada casa cocina platos típicos como el lechón y se abren las puertas a los vecinos y visitantes para invitarles, como aquí en las casetas, aunque allí es gratis y puede entrar todo el mundo», comenta esta abogada filipina, dejando ver que la fama de evento excesivamente elitista que pesa sobre la Feria sobrepasa ya las fronteras andaluzas y alcanza al Pacífico.

La influencia filipina en las tradiciones hispalenses es mayor de lo que parece a simple vista. No en vano, una de las prendas más cotizadas para estas fechas lleva por nombre la capital del país asiático. «Nunca he escuchado nada sobre el mantón del que me habla. ¿Es de Manila de verdad? En mi país poca gente sabrá que es tan importante aquí o que lleva el nombre de nuestra capital», afirma desconcertada Alice mientras mira de cerca una de estas bellas telas.

No va muy desencaminada. Los mantones de Manila no nacieron en Manila, sino en China. A finales del XVI, el comercio oriental vivió su edad dorada, gracias a la ruta Sevilla-Manila, con parada en México. Ya en el XVIII la línea se hizo directa a través del cabo de Buena Esperanza. Este tráfico mercantil llevó los mantones desde Manila –de ahí el nombre–, a través de Sevilla, a ciudades americanas y europeas, dejándose influenciar antes por el barroquismo y colorido andaluz, que introdujo los grandes estampados florales, hasta convertir este adorno en un símbolo de la identidad hispana.

«Son preciosos, pero allí no se llevan. Ahora están muy de moda las pashmina, pero no se parece en nada a esto. Es sorprendente, aunque está claro que en 330 años de historia española tiene que haber muchas coincidencias», señala Alice, que ya se marcha a alquilar un coche de caballos para pasear por el Real. A 90 euros la vuelta.

Y mientras esta familia se marcha, siguen llegando visitantes de fuera, aunque no ya del lejano oriente. Prestando un poco de atención se puede contrastar que sigue vigente aquella teoría de que el sábado y el domingo suelen acudir a la Feria la gente de los pueblos. En el pasado, esta afirmación tenía su lógica, ya que efectivamente las distancias entre la provincia y la capital no se sorteaban con tanta presteza como ahora y los vecinos de las localidades aledañas acudían a Sevilla en el tramo final de su semana grande para hacer negocio o disfrutar de la juerga. Han pasado los años y aunque algunos pueblos queden ya más cerca de Los Remedios que Sevilla Este, siguen reservándose para los fines de semana, dos jornadas que conservan acento aljarafeño, de la Sierra Norte, la Vega y hasta de la Campiña. Tampoco falta algún que otro madrileño despistado, que sigue arribando pese a que la crisis ya desterró aquella estampa de trenes AVE colapsados por finos turistas con la idea de bajar al Sur a vestirse de faralaes a bailar flamenco. Completan el reparto sobre el albero los internacionales –avalancha de franceses este año– y algún que otro inquietante personaje de indescifrable procedencia. –¿Cuándo se puso de moda lo de disfrazarse para la Feria?–. En resumen, una mezcolanza que imprime otro estilo a la fiesta.

«El fin de semana se pierden un poco las esencias, sobre todo si vas por las calles. Hay menos coches de caballo, la gente es un poco más rara y va vestida de una manera menos arreglada, pero si tienes tu ambiente o tu caseta, vives la Feria como cualquier otro día, con la ventaja de que no tienes que trabajar. Si hiciera bueno todavía me planteaba irme a la playa, pero con estas nubes, yo me quedo hasta los fuegos», confesaba Miguel, un joven que ha optado por resguardarse bajo los farolillos de las cuatro gotas que cayeron por la tarde.

Antonio Orozco y Ángeles González también son sevillanos. «La tendencia de no venir los últimos días se está extendiendo, pero nosotros somos muy feriantes, y este año la empezamos tarde, así que nos queda para rato. Es otro ritmo, pero se disfruta».

El sol cae sobre Los Remedios y el alumbrado se prepara para su última noche larga, pues hoy a las doce todo habrá acabado y volverá la cruel y resacosa realidad. Hasta entonces, ríndale un homenaje a la historia y conviértase, cual soldado del 98, en uno de esos últimos de Filipinas de la Feria de 2015.


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