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El secreto: «Firmeza con amabilidad»

Aprender a educar. Especializadas en ayudar a padres con hijos conflictivos, Cristina Oltra y Mar Resa abogan por un replanteamiento del papel de los progenitores

29 sep 2017 / 07:37 h - Actualizado: 29 sep 2017 / 15:18 h.
"Educación","Menores","El reto de aprender a educar"
  • Mar Resa y Cristina Oltra, de Aprender a educar, en la hemeroteca de El Correo de Andalucía. / C. Prieto
    Mar Resa y Cristina Oltra, de Aprender a educar, en la hemeroteca de El Correo de Andalucía. / C. Prieto

Hermano mayor, el programa de televisión que muestra el trabajo de profesionales con niños y, sobre todo, adolescentes problemáticos ha sacado a la luz las dificultades de muchos padres para educar a sus hijos y necesitan una ayuda externa. La psicóloga Cristina Oltra y la técnico superior en integración social Mar Resa han seguido los pasos de los televisivos Pedro García Aguado y Francisco Castaño en Aprender a educar (aprenderaeducar.org), un método de trabajo que facilita herramientas a los padres para evitar el fracaso escolar y social, que les ha dado resultados positivos en el 98 por ciento de los casos, «si siguen todas las indicaciones que les damos», puntualiza Oltra.

Aprender a educar pretende ser ese manual que los padres echan en falta a la hora de formar a sus hijos: «Tendemos a repetir el patrón familiar que hemos recibido, pero nosotros animamos a hacer una reeducación de los padres, que cada uno mire si hay que modificar cosas y, en caso de que sea necesario, pedir ayuda externa», de hecho, subraya Mar Resa, ahora hay más ayuda para estos casos, «más conciencia social». Y es que en poco tiempo, entre 20 y 30 años, «hemos pasado de un modelo autoritario, del aquí mando yo, a uno más flexible». Ante un extremo y otro, Oltra apuesta por el término medio, que, en este caso se traduce por «firmeza con amabilidad». Es decir, se trata de trasladar a los hijos un mensaje coherente, con seriedad y serenidad. «Una opción es enseñar haciendo buenas preguntas».

Aunque estas especialistas marcan «una clara diferencia entre el maltrato a un menor y un cachete», están convencidas de que éste se puede evitar, entre otras cosas porque, en su opinión, «muestra una debilidad» del que lo da: «De nada sirve la violencia, ni en mayor ni en menor medida».

Pero ¿cómo actuar cuando el violento es el hijo? «Siempre hay un motivo», por esto en Aprender a Educar buscan el origen trabajando con el menor y con los padres, y en muchos casos es que «hay un padre o una madre ausente». «Como padres debemos trabajar en nuestra propia vida. Si educamos desde el enfado, el cansancio o la mala relación con nuestra pareja, ese será el patrón que repitan nuestros hijos, porque ese es el modelo que está percibiendo. Lo que no van a repetir es lo que no han visto», anima Resa, que no duda en afirmar que «intentamos decir que el problema son los chicos en la sociedad, queremos etiquetarlos, darles pastillas para que se porten bien, pero muchas veces el problema son los padres. Los responsables somos los padres».

Resa y Oltra invitan a los padres a una reflexión sobre la labor educadora que realizan: «¿Está bien esto que hago?». A veces, por ejemplo, «evitamos que los niños experimenten las malas consecuencias de sus actos por protección –siempre que no supere el límite de su seguridad–, pero, aunque se hace con buena intención, acabamos generamos inseguridad», así que Resa anima a «mantener una pauta de coherencia entre lo que somos y cómo actuamos». Y el ejemplo es sencillo: «Si decimos que no se puede cruzar la calle con el semáforo en rojo, no lo hagamos nunca, pese a que tengamos prisa y lleguemos tarde al colegio, porque el resultado es siempre un hijo inseguro que no tiene claros los límites ni las normas».

Por esto, esta educadora, que colabora además con la Asociación Shine de Málaga, incide en que «un no a tiempo es el mayor acto de amor que podemos hacer por nuestros hijos».

En sus consultas reciben a padres, de todos los estratos sociales, con niños de 3 a 5 años que cogen una rabieta en cualquier parte; con hijos adolescentes, de 12 a 15 años, o casos de jóvenes de 23 a 25 años que viven en casa y «tienen sus propias normas», «consumen drogas», «en una habitación que han convertido en su apartamento, con todas las novedades tecnológicas... ¡Y los padres se extrañan de que no quiera salir a comer con ellos!». El problema es anterior. Para evitar confusiones, Oltra aclara: «Los deberes u obligaciones no se recompensan, si no que se refuerzan». «Desde pequeños hay que establecer unas normas, aunque sea una pequeña responsabilidad en función de la edad, para que cuando llegue el momento, las asuma», concluye Mar Resa. Y pese a las nuevas corrientes, avisan: «Un padre es un padre, porque si el padre se convierte en colega, el hijo se queda huérfano».


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