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Observatorio taurino

Tauromaquia, estupideces y bienestar animal

La proyectada Ley de Protección y Derechos de los animales es la enésima gota que colma el vaso de los extremismos del babélico gobierno presidido por el señor Sánchez

25 oct 2021 / 11:31 h - Actualizado: 25 oct 2021 / 11:34 h.
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El conglomerado de rebotados que gobierna este país hace tiempo que doblegó nuestra capacidad de asombro. Ya saben: más allá de la batería de imbecilidades que se sacan de la chistera con una frecuencia inaudita hay que fijar una máxima que se cumple con ejemplar sincronía. No se trata de gobernar para todos sino en contra de muchos. Es así, no hay que darle más vueltas. Cuando la gobernabilidad depende de extremistas y exaltados que sólo quieren rebañar su trozo del pastel no hay más remedio que hacer más y más concesiones en una serie de terrenos –cultura o educación si quieren un ejemplo- para seguir huyendo hacia delante. Pero el asunto empieza a ponerse muy peligroso. Están regalando gasolina a un puñado de pirómanos a los que, en el fondo, les da exactamente igual ocho que ochenta.

Y perdonen la parrafada, que sirve de introito para abordar la enésima majada de nuestros insufribles barandas. Ahí tienen el anteproyecto de Ley de Protección y Derechos de los animales que ha presentado el gobierno hace escasas fechas. El asunto patina de raíz, otorgando derechos a seres vivos que no tienen obligaciones. A partir de ahí todo es discutible porque, en el fondo, se trata de un auténtico ataque a una forma ancestral de relacionarse con la naturaleza. Se persigue la muerte de una forma de vivir. El nuevo comunismo busca en ciertas causas –feminismo, ecologismo salvaje, identidad de género, animalismo, veganismo- formas nuevas de seguir vendiendo su mercancía ajada, de hacer una fracasada revolución que sólo es promesa de miseria. Y Sánchez ha comprado el lote completo para seguir chapoteando en los charcos del poder al precio que sea. No hay más. Algunos, por lo visto, llaman a eso progreso. Que nos borren.

Efectos colaterales

En el terreno estricto del espectáculo taurino se está abriendo una puerta para cercenar su desarrollo. Podríamos llamarlo doctrina ‘Baleares’. En las islas se intentó –fracasando en los tribunales- regular el espectáculo de una forma tan restrictiva que en la práctica se estaba asfixiando su desarrollo por pura inoperatividad. Algo parecido podría ocurrir con esta ley de bienestar animal que, visto lo visto y oído lo oído, debería tener escaso recorrido judicial. Pero ahí está el intento: “quedará prohibido el uso de los animales en espectáculos o actividades que puedan ocasionarles sufrimiento”, señala el texto. ¿Dónde está el umbral de ese sufrimiento? ¿Qué pasaría con los picadores? ¿Qué ocurriría con los cabestros que facilitan el manejo del ganado en el campo y en las plazas? ¿Qué sería de las monturas de las romerías? ¿De las mulas o bueyes que tiran de carretas y simpecados? ¿Puede ‘trabajar’ un perro en una ganadería brava? ¿Le molestarán al chucho las detonaciones de los cartuchos en una cacería? ¿Es lícito criar rehalas para monterías? Podrían ir añadiendo todas las preguntas que ustedes quieran para desenmascarar ese texto aberrante.

Reacciones

Las reacciones del mundo rural, con el poderoso lobby de la caza a la cabeza no se han hecho esperar. La Fundación del Toro de Lidia también ha salido a la palestra, por boca de su portavoz Chapu Apaolaza, condenando el nuevo texto normativo al señalar el núcleo del problema: “el ecologismo mal entendido como animalismo no defiende los intereses de la ecología, sino que lo que pretende es no es sólo terminar con el toro sino nuestra forma de vida”. Desde la Unión de Criadores de Toros de Lidia se ha incidido en la misma idea: “Estamos ante una ley propia del discurso del mascotismo radical que nada tiene que ver con la conservación de nuestro campo y del cuidado de los animales que practicamos a diario los ganaderos” han señalado fuentes de la Unión. Todo eso está muy bien pero hay que acudir a los tribunales, reaccionar con firmeza, dejar de tragar con esta lluvia fina que ya ha calado demasiado. No se trata de ser taurino, cazador ni romero; la cuestión es otra y va más allá de nuestras devociones o aficiones: se apunta directamente a la línea de flotación de una forma de ser y entender la vida. Quieren controlar lo que comemos, lo que transmitimos a nuestros hijos, la tele que vemos y hasta los libros que leemos. Y en medio de todo esto, el toro, con el riquísimo universo humano, económico, social, histórico, cultural, ecológico, etnográfico, paisajístico, festivo... que le rodea sólo es una excusa para alcanzar esa eterna revolución pendiente, que alcanza hasta el control de nuestras mentes, de toda nuestra conducta. Esa batalla no tiene fin. De nosotros depende ganarla.


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