lunes, 20 noviembre 2017
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Cabaret, tango y jazz ¿Quién da más?

El pasado día 29 de octubre, Ute Lemper se subió al escenario del Teatro Real de Madrid para demostrar que la música es algo asombroso, que los buenos temas no pueden pasar de moda, que un artista puede hacer suya una canción dejando intacta la esencia. Ute Lemper es un lujo que debería estar entre las posibles candidatas a visitar, pronto, algún teatro andaluz

04 nov 2017 / 08:16 h - Actualizado: 30 oct 2017 / 18:06 h.
  • Además de cantar, Ute Lemper se mueve con gracia sobre un escenario que llena desde el primer minuto de actuación. / Javier del Real
    Además de cantar, Ute Lemper se mueve con gracia sobre un escenario que llena desde el primer minuto de actuación. / Javier del Real
  • Ute Lemper es capaz de modular la voz de forma casi endiablada, casi imposible. / Javier del Real
    Ute Lemper es capaz de modular la voz de forma casi endiablada, casi imposible. / Javier del Real

El otoño se niega a llegar a Madrid. Las hojas de los árboles siguen verdes, el sol alumbra con el calor de un verano viejo aunque persistente, la ciudad se sigue moviendo al ritmo que imprime un final de estación que ya es eterno.

En el Teatro Real de Madrid todo está preparado para recibir a una de las cantantes que mejor ocupa un escenario actualmente. Ute Lemper canta, baila, domina varios idiomas. Nos acerca a un repertorio salpicado de nombres convertidos en mito hace ya muchos años. Nombres de compositores y de temas que ponen en movimiento los píes de forma instantánea. Propone un viaje en el tiempo y por distintas ciudades del mundo en el que la música se hace protagonista. Frederick Hollaender, George Moustaki, Kurt Weill, Astor Piazzolla, Jacques Brel... Falling Love, Tango Ballade, Ne me quitte pas, Lola, Die Moritat von Mackie Messer... En fin, tango, cabaret y jazz, todo de alto voltaje.

Acompañan a la señora Lemper un grupo de músicos excepcionales. Vana Gierig, al piano, mima a la cantante, la envuelve con cuidado, sin dejar nada al azar. Víctor Villena, con el bandoneón, deja clara la razón por la que acompaña a la cantante. Si está bien durante todo el concierto, cuando el tango invade el espacio, Villena deja bien claro que está a una altura muy difícil de alcanzar. Pero que muy clarito. Improvisando logra los momentos más atractivos, emotivos y acogedores. Romain Lecuyer, con su contrabajo, imprime un carácter necesario en todos los temas. Es el músico que menos se luce durante el concierto, pero es capaz de demostrar una calidad más que notable. El violín de Cyril Fischtel aporta una calidez acústica que va llenando la platea de sonidos que terminan reposando y no parecen desaparecer; logra ir acumulando sensaciones que terminan arropando al público que, sin rechistar, se deja llevar.

Ute Lemper se entrega absolutamente. Desde la primera nota del concierto. Canta, baila, explica al público qué es lo que pretende hacer con su espectáculo, incluso baja al territorio de la broma para lograr contactar. Se muestra seria, canalla, descarada, apasionada y, sin grandes aspavientos, nos lleva al territorio del amor más desesperado o desgraciado. Dependiendo del tema que interprete, es capaz de ser creíble sin que despierte dudas entre los espectadores. Al contrario, una de las fortalezas de su puesta en escena es la credibilidad. Porque apuesta por una interpretación que vaya más allá de cantar una canción con cierta gracia, porque apuesta por contar el mundo a su público, por intentar explicar a cada uno de los asistentes eso que les sucedió en una ocasión y que no han sabido superar de ninguna de las maneras posibles.

Ute Lemper, además, salpica de scat muchos de los temas que interpreta. Ya saben ustedes que el scat es eso que hacía, por ejemplo, Louis Armstrong cuando utilizaba sílabas sin demasiado sentido para continuar un tema, cuando imitaba algún instrumento con la voz. Pues bien, Ute Lemper no deja de hacerlo siempre que tiene ocasión. Les puedo asegurar que en alguna de sus improvisaciones parece que, realmente, alguien está tocando una trompeta sobre el escenario. La improvisación le gusta y se maneja más que bien en territorios que le llevan a lugares comprometidos de los que escapa con total facilidad.

La señora Lemper nos lleva desde los cabarets de Berlín hasta Buenos Aires (en el tema de Astor Piazzolla Yo soy María canta una pequeña parte del tema en español y su dicción es inversamente proporcional a la que gasta en inglés, francés y alemán; una anécdota sin demasiada importancia y que se perdona sin esfuerzo, pero hace sonreír), pasamos por París y por Nueva York. Y los saltos, perfectamente medidos, agradan y gustan.

Ute Lemper, seguramente, tendrá un caché importante, pero no estaría mal que alguien intentase acercar a esta mujer a los teatros andaluces. Es una pena que no sea así porque es una cantante capaz de modular la voz de forma portentosa, de llenar un escenario por completo, de conectar con el público con una facilidad pasmosa y de hacer recordar en la platea que los temas de siempre son, también, para siempre.

Al acabar el concierto, tras una ovación de las auténticas, en la calle sigue instalado el aviso del otoño que está perdido en alguna parte. Los pájaros confundidos siguen revoloteando sin saber si deben huir o quedarse ya para siempre. Y los sonidos que envolvían tampoco caen. Siguen tan verdes como esas hojas de los árboles engalanados tan a destiempo.


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