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«Dios nos pille confesados»

26 abr 2019 / 19:22 h - Actualizado: 27 abr 2019 / 09:53 h.
  • «Sor Paz asistía a los oficios con una actitud que honraba el nombre con que la Madre Superiora decidió bautizarla el día que tomó los hábitos». / Imagen cortesía de @deVillamediana
    «Sor Paz asistía a los oficios con una actitud que honraba el nombre con que la Madre Superiora decidió bautizarla el día que tomó los hábitos». / Imagen cortesía de @deVillamediana

Sor Paz de Todos los Santos ingresó treinta años atrás en el convento. Había desarrollado una afición insana por la repostería fina, la misma que sus hermanas en Cristo elaboraban a diario para surtir las pastelerías más renombradas de la ciudad. Las yemas eran una delicia, pero sus preferidos eran los buñuelos y las rosquillas que con tanto ímpetu vendía a diario en el torno.

Sor Paz asistía a los oficios con una actitud que honraba el nombre con que la Madre Superiora decidió bautizarla el día que tomó los hábitos. Es más, su vida en el convento era un remanso de esa paz que había pasado a definirla. Sin embargo, su vida interior era muy distinta. Sor Tormento (que era como se llamaba a sí misma en la intimidad) llevaba, desde el día que traspasó el umbral de su encierro, imaginando cómo hubiera sido su existencia si su madre no hubiera actuado aquel día como lo hizo.

En su imaginación sor Paz volvía a ser Alicia, esa Alicia que con veinte años se enamoró hasta las trancas del hijo del jardinero. Tan apuesto, tan viril, que la muchacha sobreprotegida que era no pudo evitar sentirse atraída por aquel prohibido manjar. Porque Ángel estaba para caer rendida a sus pies. Más tarde tendría tiempo de sobra en el convento para meditar sobre aquella broma que le gastaba el destino, que fuera precisamente un ángel tentador quien trajera la desdicha a su vida. Su madre, cuando se enteró de aquel romance que llegó a destiempo, puso su afán en destruir la relación.

Unos rumores de otra novia, mezclados con algunos «no te conviene y te está engañando», fueron la semilla del despecho que terminó de germinar cuando su ángel partió de viaje sin avisar pocos días antes de que fueran publicadas las amonestaciones de su enlace en la puerta de la parroquia del pueblo. Su madre puso ahí la puntilla que remató su ilusión de un futuro junto al hombre que amaba: «Ha ido a reunirse con la otra».

Alicia ingresó en el convento más por despecho que por convicción y, a partir de entonces, dedicó su vida a la oración y a revivir en su mente capítulos del futuro que podrían haber tenido juntos.

Así, sor Paz dejó vagar su imaginación mientras rezaba maitines y, mientras sus hermanas entonaban cánticos de alabanza, ella imaginaba un amanecer en brazos de su ángel particular. En laudes desayunaban junto a sus hijos antes de ir a trabajar y, a la hora sexta, después del Ángelus, se mandaban un mensaje de móvil quedando para comer. Mientras sonaba un miserere a la hora nona, almorzaba con su amor pensando en lo que pasaría una vez llegaran las completas y los niños estuvieran acostados.

En todo momento Ángel era el mozalbete de tez morena y ojos almendrados que la espiaba por la ventana de la salita cuando iba a ayudar a su padre a podar el seto. Y, siempre que vivía la vida de sus sueños, sor Paz era Alicia, plena de vida y esperanzas.

Cuando Ángel recibió la carta del notario no lo podía creer. Parecía la venganza final de la vieja bruja. Treinta años viviendo en la mentira de que Alicia no le quería y se había ido con otro. Treinta años de alcohol para superar el abandono y fomentar sueños etílicos en los que Alicia y él eran felices y criaban a sus hijos. En su mente ella seguía siendo la hermosa muchacha de ojos vivaces que les llevaba agua a él y a su padre mientras podaban el seto.

Parecía que la bruja se había arrepentido en el lecho de muerte y había escrito sendas cartas que llegaban con muchos años de retraso. No hay nada como la amenaza del inminente viaje a Las Calderas de Pedro Botero para que un alma atormentada por la culpa intente redimirse.

Así que, sobrio por una vez, enfiló el camino que le llevaba a las puertas del convento. Jamás hubiera pensado encontrarla en un lugar como aquel, su Alicia era un alma libre, no podía imaginarla sobreviviendo en un claustro.

Sor Paz recibió con asombro el mensaje de que tenía una visita. No hacía más que una semana que le había llegado la carta de su madre. Su progenitora había fallecido confesando la red de mentiras que había tejido para separarla de Ángel. La Alicia que aún vivía en ella se había resignado a llorar en silencio la injusticia que ambos habían recibido, hasta que la hermana portera fue a buscarla al obrador. Cubierta de harina y perfumada en canela y azúcar avanzó al encuentro de su ángel, porque sor Paz tenía la convicción de que era él que había ido a buscarla.

Cuando Ángel estrechó la mano a aquella monja rechoncheta cubierta de harina le costó reconocer a la chica de sus sueños. Aún podía vislumbrar sus alegres ojillos enterrados en aquellos mofletes engrosados a base de yemas y buñuelos. No se parecía en nada a la chica que había amado y, sus manos, que antes revoloteaban dibujando cualquier conversación, ahora permanecían entrelazadas entorno al negro hábito que envolvía su figura.

Sor Paz aguantó la carcajada que amenazaba con dejarla en evidencia en aquellos momentos. Los mofletes que enmarcaban el cincelado mentón de su soñado ángel lucían surcados por cauces de vino tinto en sus capilares, de modo que los otrora pómulos arrogantes de su Adonis eran coloretes de enano de jardín. Y la melena esponjosa con la que soñaba en la soledad de su celda lucía convertida en cuatro canas locas que luchaban por permanecer.

—¿Qué tal, Alicia?

—Pues bien, ahora soy sor Paz.

—Me alegro. Venía a darte el pésame por tu madre.

—Muchas gracias, muy amable por tu parte.

—Que sigas bien.

—Igualmente.

Ángel se subió al coche invocando a la Alicia que conoció para que le diera fuerzas.

Sor Paz, de vuelta a su celda después de rezar el Ángelus, advirtió al ángel de sus sueños:

—Te voy a decir una cosa, querido, como te dejes de esa manera, me meto a monja.


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