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Lecturas para el verano: «La Corista» de Chéjov

Antón Chéjov es uno de los mejores autores de la historia. Sus relatos breves y sus obras de teatro son impecables. ‘La corista’ es uno de esos relatos y esta es una lectura que indaga en las intenciones del narrador

29 jun 2019 / 17:18 h - Actualizado: 29 jun 2019 / 17:47 h.
  • Lecturas para el verano: «La Corista» de Chéjov

En literatura, ningún narrador es fiable. Ninguno. Por su ingenuidad, por su deseo de acercar el ascua a la sardina que mejor le va para cumplir con su objetivo, por su ignorancia o por la razón que sea, el narrador no es nunca fiable. Y si llega a serlo es porque el lector le otorga ese privilegio. Incluso ese narrador que conocemos como «objetivo» arrastra el mismo problema. Elige lo que quiere que veamos, elimina lo que cree inútil para lograr su meta, focaliza la acción de una manera u otra.

Aclararemos, por si alguien anda despistado, que el narrador es un artificio literario y nunca es lo mismo que el autor. Pone en contacto (para eso se crea la figura) a autor y lector. Por tanto, autor no es lo mismo que narrador.

La fiabilidad del narrador es un problema para el autor y lo es, también, para el lector. Problema que se resuelve con oficio y creatividad por parte del primero y con práctica e intuición por parte del lector.

Podemos encontrar cientos de cuentos y novelas excelentes en las que la elección del narrador es pieza fundamental para que los consideremos eso, excelentes. Elegir el punto de vista correcto debería ocurrir siempre que un autor toma la pluma para escribir una primera página (desgraciadamente no es así) y debería ocurrir que un lector se parase a pensar sobre algunos aspectos de la narración que si pasa por alto le llevarán a hacer lecturas erróneas. Uno de esos aspectos, el fundamental, es el narrador o punto de vista (sí, es lo mismo. Narrador y punto de vista son la misma cosa).

Para profundizar sobre este asunto recurriremos a Chéjov. Maestro de maestros. De sus aguas bebieron Salinger y Carver, por poner un ejemplo. En concreto, hemos elegido su relato «La corista» puesto que nos parece especialmente interesante. Convendría leer el cuento antes de seguir leyendo. Así, cada cual sabría en qué posición se encuentra frente a la lectura del relato antes y después de terminar este comentario. Paren y lean el cuento de Chéjov. Merece la pena.

Una buena narración es la que plantea desde el primer párrafo las reglas del juego. En el relato de Chéjov nos encontramos con el siguiente material: Una mujer que antes fue joven, hermosa y tenía buena voz (¡bonita forma de decir que ya no es así!); su amante, seguramente, borracho y por ello malhumorado; un escenario agobiante, decadente; y, ya lo hemos apuntado, un narrador presentando a los personajes desde los costados. No quiere ir de frente, utiliza mecanismos (desde la primera frase) que enmascaran su intención.

A continuación anota una intervención directa de Pasha refiriéndose a ella como ‘la corista’. Hubiera servido decir ‘dijo ella’, pero no, dice ‘la corista’. Hace tiempo decir que una mujer era corista era casi un insulto puesto que el término estaba muy próximo al de ramera. En el momento en que Chéjov escribió este relato, desde luego, era así.

Siguiente párrafo:» Kolpakov no sentía reparo alguno en que le viesen las amigas de Pasha o el cartero, pero, por si acaso, cogió su ropa y se retiró a la habitación vecina». Si no tenía problemas ¿por qué se va, por qué se esconde?

Lecturas para el verano: «La Corista» de Chéjov
Gladys Cooper (1888-1971) actriz inglesa. / El Correo

Cambia el escenario. Ya no podemos olvidar que el hombre escucha en la habitación de al lado. Salinger, utilizando otros materiales narrativos, haría lo mismo (esta vez desde el principio) en su relato «Linda boquita, verdes tus ojos...»

De la mujer que llega sabemos que es pálida (rasgo muy bien valorado en la sociedad de ese momento), conocemos sus pálidos labios, más adelante sus dedos blancos y finos.

Ya lo tenemos. El narrador, con una habilidad relativa, nos presenta a un personaje desde sus defectos y a otros desde lo mejor que tienen. Si el lector no ha estado atento será presa fácil y creerá estar asistiendo a una escena que no es lo que parece. Esto mismo se repetirá durante el cuento como una constante. Podría pensar alguien que se trata de mostrar el encuentro entre una gran dama y una horrenda corista que arrancó de los brazos de esa mujer a un marido medio inocente, arrastrado por las circunstancias.

Por no extendernos mucho más, vayamos directamente al desenlace del relato.

«Pasha, asustada, lanzó un grito y agitó las manos. Se daba cuenta de que aquella señora pálida y hermosa, que se expresaba con tan nobles frases, como en el teatro, en efecto, era capaz de ponerse de rodillas ante ella: y eso por orgullo, movida por sus nobles sentimientos, para elevarse a sí misma y humillar a la corista». Aquí nos encontramos con la clave del todo el relato. Vemos claramente la intención del narrador al describir los hechos y la actitud de las dos mujeres. Como en el teatro. El lector que ha realizado una lectura minuciosa no se sorprende al leer esto porque, desde el principio, algo no cuadra. Uno se esconde cuando no tiene porqué, todo lo que sucede es artificial, el narrador gasta un descaro descomunal.

A continuación: «La señora, entre las lágrimas, miró las joyas que le entregaban...» ¿No parece que valora el botín?

Y para rematar: «La señora suspiró, envolvió con manos temblorosas las joyas en un pañuelo, y sin decir una sola palabra, sin inclinar siquiera la cabeza, salió a la calle». A esto se le llamó siempre huir. Tal y como hace Kolpakov poco después.

Sí, timaron a la pobre corista. Y ella lo sabe. Por eso rompe a llorar. Sabe que es muy vulnerable como cuando sufrió la agresión del mercader.

Si hubiéramos caído en las garras del narrador todo esto no lo podríamos haber percibido. Creeríamos leer la historia de una infidelidad en la que los malos son condenados y los buenos elevados a una especie de altar. Algo así.

Un apunte más. Los diálogos del relato son fantásticos. Hagan una prueba. Lean el diálogo sin la acotación del narrador. Sólo lo que los personajes dicen. Nada más. Se sorprenderán porque sin esas acotaciones aparece otra dimensión de lo narrado. El secreto más esencial del diálogo: siempre va por delante de la acción.


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