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Leyendas lobunas

17 may 2019 / 17:00 h - Actualizado: 17 may 2019 / 17:57 h.
  • Amanda Seyfried en la película que adaptaba el clásico infantil. / El Correo
    Amanda Seyfried en la película que adaptaba el clásico infantil. / El Correo

Miguel Wolf había soñado de pequeño con ser Miguel Stroggof, pero sólo había llegado en la vida a trasunto de Hyde mal etiquetado. Del héroe de Verne le había quedado el afán de conquista de lugares exóticos, sin embargo su vida había caído en la rutina desde que descubrió que en un museo de la ciudad más cercana hubo una vez una estatua con Rómulo y Remo siendo amamantados por su ex esposa, una adinerada aristócrata que posó para el artista y rompió el maleficio según el cual alguien de su clase tenía prohibido trabajar. A partir de aquí y viendo Miguel cómo ella era más autosuficiente que él, y dado que consideraba sus artimañas sentimentales, como viciadas por el tiempo, rompieron su relación, entrando Miguel en una suerte de marasmo o depresión que le hizo sentirse fuera del mercado. Recordaba entonces cuando su ya fallecida madre le decía lo que tenía que hacer en estos casos:

- Recuerda, hijo, la humildad por encima de todo. Y si la vida te da una bofetada, ya sabes, pon la otra mejilla.

Miguel reflexionaba esta frase de su pobre madre muerta y se preguntaba de qué le había servido actuar así. Sin otro entretenimiento en su cabeza que la pura venganza, paseaba ensimismado por el bosque buscando setas con las que alimentarse. Era un bosque recóndito y solitario, pues si tuviese que ganarse la vida compitiendo, probablemente hace mucho que hubiese perecido. Como en su vida no existía amenaza, pasaba primero de estarse cuatro horas mirando el género, a dos, una... así hasta que llegaba a pasar diez minutos, pues sabía donde estaban las más ricas, hasta ese punto conservaba su instinto.

Dado que se aburría, había días que se levantaba tarde y otros en los que dedicaba poco tiempo más a esta faena para estar así debidamente avituallado. Como empezó a pasar más tiempo en casa, descubrió el placer de la lectura, gracias a un ejemplar que durante años había sido elogiado por su padre, su nombre: «El buen salvaje» de un tal Jacques Rousseau. Los pensamientos del autor le hacían recorrer algunos capítulos amargos de su vida, por lo que lo tuvo que dejar; no obstante, de ello aprendió, pues en la contraportada del libro aparecía una referencia a un tal Hobbes, que probablemente le interesaría este segundo autor pues había escrito algo así como que «El lobo es un lobo para el lobo».

Miguel estuvo varios días pensando donde encontrar a Hobbes y cuando ya se había olvidado de él, un día apareció en su vida, sabía que era él porque llevaba una camiseta en que lo ponía. La forma de conocerlo le sorprendió, pues fue un día en que aquel bosque recóndito, que sólo era habitado por Miguel, empezó a ser frecuentado por otros animales y por una chiquilla rubia que cada día que pasaba por allí iba vestida de la misma forma provocativa y a la vez amenazante. La niña era muy guapa y todo el mundo se la quedaba mirando. Lucía además una bufanda roja color sangre y solía decir a sus amiguitos que deseaba conocer gente con la que pasarlo bien. Además, cuando un día Hobbes intentó ligársela, ella le dio calabazas, ya que decía que prefería a los lobos tímidos.

Miguel vivía paralizado por su deseo y a la vez, en su vida ocurrieron algunos imprevistos; su abuela debía ser cuidada por alguien, era una loba querida por él y debido a que era pobre, no sabía leer. A cambio de vivir en su casa, la pobre abuela enferma le ofrecía sustento, sólo le pedía que le contase un cuento cada noche. Miguel tuvo que quedarse al cargo de la ancianita, descuidando sus amistades con Hobbes, los animalitos y la niña, pero en cambio cultivando la lectura de cuentos infantiles que a la señora le hacían especial ilusión.

Murió por fin la abuelita y Miguel volvió a su vida normal. Había pasado tanto tiempo entre cuentos infantiles que sentía no poder recuperar al adulto que llevaba dentro, al menos no tan fácilmente, de lo contaminado que estaba.

Hobbes en cambio estaba cada vez más integrado, era sociable y estaba más familiarizado con la ley de la selva. Al verle tras tanto tiempo, le dijo:

- La niña con la bufanda color sangre preguntó por ti.

- Ah, ¿sí?

- Sí, dijo que se había enterado que te gustaba leer y te quería hacer un regalo.

Entonces el lobo la buscó por el bosque sin posibilidad alguna de poder encontrarla. Cuando al día siguiente, Miguel reencontró a Hobbes y tras dejarle seis libros de autoayuda sobre seducción a seres de otro sexo, le preguntó:

- ¿Viste a la niña?

- Yo creo que me engañaste, pensador.

- Que no, que no, que me dijo que el regalo venía en una caja y todo.

Bueno. Entonces Miguel miró en las páginas amarillas (no había Google Maps por aquella época), tras buscar la dirección exacta de la abuelita, por si acaso la niña no se hubiese todavía mudado con sus padres, se le apareció por el camino una seta con un formidable aspecto que no dudó en coger para el almuerzo. Encontró a la niña mareada a pocos metros, gritando:

- Estas setas están envenenadas, horror.

- ¿Y qué hago?.

- Llama a un médico, o mejor, llévame a mi casa, es Tribulete,13.

- ¿No era 15?

- Esa era la casa de la abuelita, ya me he independizado. Tal vez quieras pasar, tengo unos hongos que pienso poner en una tarta. En Ámsterdam, se estilan mucho este tipo de tartas.

- Pero, ¿no tendrán veneno, verdad?.

- Qué va. Sólo alegran un poco el espíritu.


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