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Solo quedan cuatro chozas en El Rocío

La vivienda tradicional prácticamente desapareció con las casas de ladrillo. La catalogación salvó estos testigos

30 oct 2017 / 07:42 h - Actualizado: 30 oct 2017 / 11:38 h.
  • Vista aérea de El Rocío en la que se aprecian las primeras construcciones de ladrillo. / El Correo
    Vista aérea de El Rocío en la que se aprecian las primeras construcciones de ladrillo. / El Correo
  • Rocío Márquez, autora del estudio, ante el chozo de la calle Sacrificio. Arriba, una de las chozas de la calle Sanlúcar. / R.M. y El Correo
    Rocío Márquez, autora del estudio, ante el chozo de la calle Sacrificio. Arriba, una de las chozas de la calle Sanlúcar. / R.M. y El Correo
  • Niñas de comunión ante las chozas. / R. Márquez
    Niñas de comunión ante las chozas. / R. Márquez
  • Choza de la plaza del Acebuchal. / El Correo
    Choza de la plaza del Acebuchal. / El Correo
  • Solo quedan cuatro chozas en El Rocío

A este ritmo habrá pocas chozas a los que dedicarles sevillanas en El Rocío. La construcción tradicional de todo el entorno del Parque Nacional de Doñana estaría en serio peligro de extinción si no fuera porque el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Almonte los protegió y ha impedido que se demolieran los últimos cuatro –el Plan Especial del Santuario y aldea del Rocío los cataloga entre los bienes y espacios protegidos–, los únicos testigos que dan fe de cómo era la aldea que acoge a miles de peregrinos cada año para la romería de Pentecostés hace apenas 50 años.

Una fotografía aérea de la aldea del 25 de enero de 1969 permite apreciar los límites de El Rocío de hace medio siglo, cuyas construcciones –el santuario y el resto, prácticamente todo, chozas– terminaban en la plaza de Doñana y la Boca del Lobo. Sin embargo, entre 1970 y 1975 se produjo el boom constructivo en la aldea y empezaron a levantarse las casas de ladrillo y cubiertas de tejas que iban reemplazando a la tradicional choza de muros de adobe y cubierta vegetal –también los había completamente vegetales, que se llamaban chozas de muletas–. «Una estructura de vigas de madera de sabinas o enebros sostenían el tejado vegetal. Cuando empezaron a proteger estos árboles se optó por los pinos y eucaliptos. Para las cubiertas, se utilizan ramas de juncos o castañuelas, especies propias de Doñana», detalla Rocío Márquez, aparejadora almonteña que dedicó su proyecto fin de carrera a esta construcción que conocía al dedillo.

El miedo a que los cohetes pudiera prender estas cubiertas vegetales y las necesidades de espacio y más comodidades animaron a los propietarios de las antiguas chozas a construir, en el mismo espacio, las nueva casas de ladrillo, la mayoría de dos plantas, con un porche en la fachada principal y cuadras en la trasera que también son características de esta aldea sin asfaltar en la que, por lo demás, se ha intentado preservar su esencia, su vinculación a la marisma y al parque de Doñana. Y es que estas construcciones primitivas –datan del siglo XVII y principios del XVIII como vivienda de los ganaderos– tenían una altura máxima de cinco metros –los primeros muros de adobe apenas tenían 1,5 metros de alto pero después fueron creciendo– por 10 de ancho de fachada y otros 10 de fondo, un espacio en el que vivía toda la familia y las habitaciones se delimitaban por muretes o simples cortinas. Cada choza tenía su puerta principal a la calle y una trasera que daba al corral, contiguo a la vivienda. El suelo era de barro y la cubierta, pese a sus ventajas –es un gran aislante térmico y evita que penetrara la lluvia–, requiere «mucho mantenimiento», de hecho, hay que cambiarla cada diez o 15 años porque «se crean hongos». «Antiguamente no se formaba porque eran transpirable y el humo del carbón o el cisco del brasero evitaba que se formaran hongos en la cubierta. Ahora la casa se calienta con otros elementos que no tienen esta propiedad», detalla Márquez. Una red de pescadores protegía estas cubiertas y evitaba que los pájaros anidaran en su interior. La transformación de las viviendas vino aparejada con la llegada de la red de saneamiento y abastecimiento en 1966 –hasta entonces se bebía agua de pozo– y la electricidad, que llegó a El Rocío en 1970 –anteriormente se usaban lámparas de carbón y velas–.

Pero de aquellas viviendas que los rocieros copiaron a los hombres que trabajaban en las marismas sólo quedan cuatro en la aldea –en el poblado de la Plancha, en la zona de Las Marismillas, se conservan más–: una en la calle Sacrificio, dos en la calle Sanlúcar y una en la plaza del Acebuchal, propiedad del restaurante El Toruño, que se puede reservar, y gracias a que el Ayuntamiento de Almonte aplicó sobre ellas el máximo nivel de protección, de modo que «no se le puede hacer ningún cambio exterior, más allá del mantenimiento que requiere; si bien, sí permite que el interior se pueda adaptar a las necesidades de la familia», detalla esta joven aparejadora. De hecho, una de las chozas de la calle Sanlúcar tiene una segunda vivienda adosada, cuya fachada no se ve desde la calle, con dos plantas. Y eso sí, «ahora se permite que pongan una cubierta de chapa metálica ondulada y, sobre ella, se colocan los juncos». Las sevillanas sólo podrán cantarle a estas cuatro chozas del Rocío.


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