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Motivación: el pilar para escapar del tabaco

Diez años después de la entrada en vigor de la Ley antitabaco de 2006, y con el 30% de la población andaluza mayor de 16 años aún fumadora a diario, el pulso sigue... y sigue apuntando a donde siempre: motivación

07 mar 2016 / 10:49 h - Actualizado: 07 mar 2016 / 11:32 h.
  • Begoña y Juan (de espaldas), Alfonso y Encarnación tratan de dejar el tabaco con los consejos de la doctora María José Borrego. / José Luis Montero
    Begoña y Juan (de espaldas), Alfonso y Encarnación tratan de dejar el tabaco con los consejos de la doctora María José Borrego. / José Luis Montero
  • Uno de los pacientes se somete a la coximetría para medir su nivel de monóxido de carbono. / José Luis Montero
    Uno de los pacientes se somete a la coximetría para medir su nivel de monóxido de carbono. / José Luis Montero

La prevalencia de personas que fuman a diario en Andalucía se reduce muy lentamente pese a las nuevas normativas: aún el 30,9% de la población, pues el leve descenso en los hombres (36,8%) se compensa con la subida en las mujeres (25,2%). Más restricciones, nuevos métodos, pero al final la única receta infalible para escapar de esta adicción sigue siendo uno mismo, estar convencido y decidido a soltar lastre. En otras palabras, la motivación. «Es el pilar de todo el proceso. Yo suelo reflejarlo en un triángulo en el que la motivación está en el centro y luego está el apoyo de la familia, del profesional y de los fármacos», explica la doctora María José Borrego, responsable de la unidad antitabaco del centro de salud sevillano de Las Palmeritas, uno de los 70 centros de atención primaria que funcionan en la capital hispalense integrados en el Plan Integral del Tabaquismo en Andalucía (PITA).

María José lleva desde 2009 en Nervión ayudando a todo aquel que se propone huir del cigarrillo a través de un programa que consta de tres intervenciones. En primera instancia, la básica, por la que el profesional (médico, enfermero, trabajador social...) debe registrar si fuma o no fuma cada paciente que atiende y, en caso afirmativo, si se plantea dejarlo, en cuyo caso se le aportan una serie de recomendaciones. «Con ese simple consejo, que debe ser breve y adaptado a cada paciente, ya se consigue que deje de fumar el 10% de las personas», explica la doctora.

El resto de los resueltos a dejar esta adicción debe echarle más denuedo y paciencia. La intervención avanzada individual comienza con una consulta específica con el médico de familia o el enfermero, en la que se le hace rellenar una hoja llamada Historia clínica del paciente fumador, donde se registran unos parámetros para medir su nivel de dependencia a la nicotina (test de Fagerstrom) y su nivel de motivación (test de Richmon), además de sus datos clínicos; todo ello marcará el tratamiento a seguir.

En principio, hay dos tipos de tratamiento: la terapia sustitutiva con nicotina (parches, chicles, pastillas), para desintoxicar; y la medicación no nicotínica, para deshabituar. En función de los resultados que arroje la hoja, se utiliza uno u otro. El tratamiento con fármacos (bupropion o vareniclina) suele durar unas 12 semanas.

Paralelamente se desarrolla la intervención avanzada grupal, que se basa en una terapia cognitivo-conductual mediante el fomento de estrategias alternativas al tabaco como los hábitos saludables. Tiene una doble ventaja: se informa a varios pacientes a la vez y estos se enriquecen con los testimonios ajenos. Esta terapia grupal suele incluir entre seis y ocho sesiones (una o dos antes de fijar el día D, en que se deja de fumar; y otras seis posteriores).

Este periódico asistió a una de esas sesiones desarrolladas en el centro de salud Las Palmeritas, en la que participaron cuatro pacientes, todos ellos mayores de edad aunque cada cual en una fase distinta del proceso, que comprende varias: euforia (la semana posterior al día D); duelo (dos semanas después, cuando se suele producir un bajón anímico); normalización (desde los 30 días después de dejar de fumar); y consolidación (dos-tres meses después de dejar de fumar).

En este caso, Alfonso y Encarnación llevaban tres meses abstinentes, por lo que estaban en fase de consolidación; Begoña llevaba 20 días sin fumar tras iniciar el tratamiento; y Juan, en cambio, acudía a su primera sesión, por lo que aún no había iniciado la terapia.

La sesión comienza con la medición de la coximetría, esto es, el monóxido de carbono o CO en los pacientes con el fin de confirmar la abstinencia o la bajada en el nivel de la sustancia. Aquí no hay trampa.

Como se trata del debut de Juan, la doctora Borrego le explica que la terapia dura en torno a dos meses, y que el riesgo de recaída, «muy grande» hasta los dos meses posteriores a dejar de fumar, existe en el primer año, siendo una fase más del proceso. «No es un fracaso y no tienen por qué avergonzarse, porque muchos se atormentan y se sienten culpables», dice la facultativa. De hecho, la media de intentos es de tres-cuatro por paciente.

«Tras dos o cuatro sesiones, si el paciente no ha sido capaz de fijar su particular día D (se obliga a fumar 0 cigarrillos) le decimos que no es su momento y que no acuda más de momento. Se dice que se halla en una fase precontemplativa», explica María José Borrego.

Alfonso y Encarnación lo han dejado porque estaban muy decididos, sin tratamiento farmacológico, lo que pone de manifiesto que se puede dejar sólo con motivación y la retroalimentación en el grupo.

Begoña no era muy optimista porque tenía una dependencia enorme de la nicotina. La doctora recuerda que «el tabaquismo es una enfermedad adictiva y crónica, por lo que al suspender la sustancia que tomamos, voy a sufrir un síndrome de abstinencia, lo que se conoce como mono». En el caso de Begoña, se ha optado por un tratamiento sustitutivo con nicotina a través de parches en la piel y pastillas. Se trata de administrarle una cantidad controlada de nicotina que se va reduciendo paulatinamente con el fin de desintoxicarla.

Begoña admite que tiene «un mono llevadero». «Antes me asfixiaba, no podía dar un paso», dice. «Eso sí, uno va fumando por la calle y hago así –mueve la nariz como para olfatear– y acelero el paso», bromea antes de explicar: «Cuando me dan ganas de encender un cigarrillo, lo sustituyo con un caramelo, un vaso de agua, una mandarina... Y me pongo a leer, mirar internet o a planchar». «Es importante hacer algo que te ocupe», le corrobora la doctora. Se le cuestiona si sufre los síntomas típicos cuando se deja el tabaco. De entre una serie larga de opciones, sólo reconoce «nerviosismo, deseo de fumar, depresión y sequedad de boca».

Alfonso y Encarnación están «ahorrando lo que gastaban en tabaco», lo que la doctora llama «efecto hucha: con ese dinero es bueno comprarse algo a modo de premio, lo cual sirve como refuerzo de la conducta».

La doctora les recomienda a todos hacer una lista de beneficios que les haya reportado dejar el tabaco, «y ponerlos en el papel, porque visualizarlo te da ánimo y confianza».

Alfonso llevaba fumando «desde los 15 años. Me siento bien, me alegro del paso que hemos dado». Su mujer tenía bronquitis aguda. El método de Alfonso consistió en «tirar el paquete contra la pared». «A veces he pensado: si llevo dos meses sin fumar, no va a pasar nada por uno, pero me resistí», admite, a lo que la médico insiste: «Hay que huir de esa frase porque todo el esfuerzo se tira por tierra». Begoña interviene para anotar que «ha dejado de oler mi ropero a tabaco, ahora huele a suavizante».

Volvemos con Juan. La doctora le fija su día D una semana después de la sesión. Debe acudir con uno o dos días de abstinencia. Va a optar por un tratamiento sin fármacos. Juan viene fumando entre 15 y 20 cigarrillos al día. «Ya lo he intentado por mi cuenta en más de una ocasión y el resultado fue pésimo», admite sin reparos.

Menos demanda

Borrego reflexiona finalmente sobre el descenso en el número de pacientes que solicitan terapia: «Antes teníamos grupos de hasta 15 personas y ahora no suelen exceder de 4-5. Aunque es lógico en el sentido de que cuando se inició el programa la gente estaba muy motivada, se ofrecía mucho en los centros de salud, había campañas de difusión... pero a medida que han ido pasando los años se agotan los fumadores susceptibles de dejar el tabaco».

Y otro problema, «los jóvenes que acuden son muy pocos, pero eso también tiene su lógica: de entrada, son personas que tienen buena salud y vienen poco a los centros de salud, con lo que resulta difícil llegar hasta ellos».

A POR MUJERES Y ADOLESCENTES

El PITA (Plan Integral del Tabaquismo en Andalucía) fue puesto en marcha en 2005. Una década después, en Sevilla aún admiten fumar casi 300.000 personas (294.220). Su director, Daniel López, se felicita porque «los resultados son claros: tanto en hombres como en mujeres hay un descenso en la prevalencia de fumadores y en fumadores diarios». Aunque apunta las asignaturas pendientes: de un lado, «es el momento de reflexionar sobre el tabaquismo pasivo dentro de los hogares y otros espacios como los vehículos privados»; de otro, «tanto los adolescentes como las mujeres –en claro ascenso– y las personas que sufren desigualdades sociales deben estar en el centro de la acción de los sistemas sanitarios».


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