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Entrevista

«He tratado de hacer y decir lo que me ha dado la gana al margen de la masa»

El dramaturgo llega al Lope de Vega con la obra El sermón del bufón, un «recital de libertad de pensamiento» con el que refleja las contradicciones propias del ser humano

16 may 2018 / 23:03 h - Actualizado: 17 may 2018 / 09:56 h.
  • Boadella sobre el escenario en ‘El sermón del bufón’. / Jaime Villanueva
    Boadella sobre el escenario en ‘El sermón del bufón’. / Jaime Villanueva

Pocas son las historias que Albert Boadella no pueda contar en primera persona. Y pocos los personajes públicos capaces de decir lo que piensan con la misma habilidad con la que lo hace él. El pasado siglo el dramaturgo se escapaba de una cárcel franquista al exilio, este lo hace de Cataluña. Porque, al parecer, ese es el precio de la libertad de expresión cuando lo que dices no es del gusto de la mayoría. Ahora Boadella vuelve a Sevilla con la obra El sermón del bufón, con la que estará desde hoy hasta el domingo en el teatro Lope de Vega.

—Aunque en la obra se interpreta a sí mismo, ¿tiene algo de ficción el personaje?

—Todo lo que se dice es auténtico, es verdad. Mientras que en el teatro todo es ficción, no se ama ni se mata de verdad, aquí todo lo que expreso es auténtico por dos razones: son cosas que han sucedido y que yo pienso. Me desdoblo en dos personajes que son el Boadella y el Albert, lo hago en relación a las contradicciones propias de cualquier ser humano. Uno no es granítico, sino que tiene momentos en los que se autocritica o autocensura. También interpreto a personajes en situaciones que he vivido, por ejemplo una entrevista con el rey Juan Carlos o la primera que tuve con Jordi Pujol. En ambas hago de ellos y de mí mismo.

—¿Le ha resultado fácil interpretarse a sí mismo?

—No, espontáneamente es muy difícil. En público todas las personas interpretamos el personaje con el que nos miran los demás. Nosotros mismos lo somos muy pocas veces, en la soledad, en el baño quizás. Eso es lo más complicado, ser muy espontáneo.

—¿Qué le diría al público para que acudiera a esta obra?

—Al público le va a interesar ver un recital de libertad de pensamiento, eso es lo que esencialmente es, con sentido del humor pero también con un toque transgresor.

—Usted fue pionero en el teatro independiente. Actualmente, ¿cree que está en auge esta cultura underground?

—Creo que de independiente hay poca cosa, porque quienes dan los medios para hacer teatro o cuestiones directamente vinculadas a las artes son las administraciones públicas. Hay pocos artistas que no dependan directa o indirectamente de ellas. No significa que estas censuren especialmente, sino que los propios artistas se autocensuran para no tener problemas con las administraciones.

—Si hace balance, ¿qué ha marcado más su trayectoria, la libertad de expresión o la censura?

—Mi trayectoria se caracteriza por ser muy libre. He pagado a veces el tributo de esa libertad. Eso sí, en forma de agresiones de todo tipo. Desde las puramente mediáticas hasta las agresiones a mi propiedad. He tratado en la medida de lo posible de hacer y decir aquello que me ha dado la gana. Al margen de lo que piense la masa o las administraciones políticas.

—Y usted mismo, ¿se ha autocensurado mucho?

—Siempre existe un mínimo de autocensura. Porque hay temas en los que los riesgos pueden ser muy graves. Por ejemplo, el islam. Hemos visto lo que ha sucedido con gente que ha hecho cosas humorísticas sobre este tema. Hoy en día, los artistas más libres y arriesgados son prudentes en esta cuestión porque significa un riesgo de vida. Pero fuera de este tabú, en general me he autocensurado muy poco.

—¿Cuál ha sido su obra más censurada? ¿Y alguna que le haya marcado especialmente?

—Tendríamos que hablar de tres obras. La torna significó para mí escaparme de la cárcel y el exilio, eso ya es a nivel máximo; Teledeum supuso atentados a la compañía y procesos judiciales que ganamos; y Ubú presidente provocó el rechazo de Cataluña a Els Joglars y a mi persona. Estas tres obras han causado grandes inconvenientes, pero hay otras que desde el punto de vista artístico han sido para mí muy importantes. Por ejemplo una de las últimas que hice en Madrid mientras era director de los Teatros del Canal, Amadeu, un musical sobre Amadeo Vives, un compositor de zarzuelas, el de Doña Francisquita. Es una obra musical con coros, orquesta y cantantes que a mí me complació mucho porque, por un lado, planteaba el tema catalán y, por otro, era muy bella musicalmente. Desde lo que es una ópera o zarzuela, era una obra muy completa, de las más importantes de mi trayectoria.

—Ha declarado en alguna ocasión que en su vida ha destacado «la lucha constante por tener un espacio de libertad personal y como artista». Hasta ahora, ¿lo ha conseguido?

—Si lo hubiera conseguido ya daría por hecho todo, no seguiría aquí. Uno siempre tiene frustraciones en las cuestiones artísticas porque tiene la sensación de que cuanto más ha practicado el arte, menos sabe. Cuando uno es muy joven piensa que lo sabe prácticamente todo, como a mí también me sucedió. Pero con los años ves que el arte es muy complejo. Yo he vinculado mi arte directamente a la sociedad en la que he vivido. Las cosas que yo he hecho han tenido una repercusión social muy relevante.

—¿Le ha sido fructífero usar el arte como herramienta de crítica y control del poder?

—Desde los griegos se ha venido haciendo. Forma parte del núcleo de mi propio arte. El teatro es una disciplina muy vinculada al día a día de la sociedad, no es como pueden ser otras artes que están más alejadas. Es lógico que si se consigue que exista una repercusión social del teatro, uno tiene la sensación de que llega profundamente al espectador. Yo creo que esta ha sido mi mayor compensación. El hecho de que hoy en día yo tenga un rechazo total de mi obra en Cataluña significa un éxito, un gran éxito. Quiere decir que he conseguido que una sociedad enferma por las cuestiones nacionalistas me acabe odiando. Quiere decir que les ha tocado.

—Imagino que también habrá hecho reflexionar a una parte de ella.

—Hay una parte que no reflexiona ni con esto, ni con el 155, ni con nada. Otra parte sí. Pero la parte fanática, estos no quieren reflexionar para nada.

—No puedo dejar de preguntarle sobre el tema catalán, ¿qué elementos considera que pueden provocar el sentimiento catalanista?

—Básicamente la xenofobia. En el fondo, en el núcleo de todo existe el racismo. Se ha visto perfectamente con el actual presidente de la Generalitat. Es el presidente más auténtico que ha existido porque representa perfectamente el sentir de esos dos millones que votan al nacionalismo. Ese señor es un racista, cercano casi diría a una idea nazi de la sociedad. Este señor en el fondo representa muy bien el sentimiento que ha existido soterrado en Cataluña, el de la xenofobia, el odio al español. Considerar que un ciudadano español es inferior desde un punto de vista racial. Es un proceso que se ha ido alimentado, no ha sucedido únicamente en Cataluña, también en otras partes de Europa. Es el proceso casi diría clásico de avivar las bajos sentimientos del pueblo, el querer ser mejor que el vecino. Un sentimiento que jamás los políticos deben estimular y en Cataluña, para conseguir determinadas prebendas, hubo unos dirigentes que empezaron a hacerlo. Jugaron con las diferencias a partir de una lengua distinta. Nunca son diferencias en sentido negativo, uno es más inteligente, más listo o más limpio que el vecino. Y eso se ha utilizado en el mundo de la política muchísimo. El ejemplo más conocido del siglo pasado es el alemán, se creían una raza superior y convencieron a 40 millones de alemanes.

—Generalmente, ¿se respeta en la calle la ideología no independentista?

—En una gran ciudad como Barcelona, evidentemente se está más mezclado, es más difícil una discriminación. Pero en los pueblos es un poco como lo de Alsasua, en el fondo si uno no es independentista está mal visto. Se convierte en una persona a la que los demás miran mal, es un poco un enemigo público.


Una vida dedicada al teatro, desde Els Joglars hasta los Teatros del Canal

Albert Boadella no es solo uno de los artistas más relevantes de la escena española, es también uno de los más polémicos y fieles practicantes de la libertad de expresión. En 1962, con sólo diecinueve años, fundó junto a dos compañeros la primera compañía de teatro independiente del país, Els Joglars, en la que ha desarrollado su trayectoria como director. En 1977, tras presentar la obra La Torna, la compañía se disuelve y Boadella es procesado por la autoridad judicial militar por supuestos delitos de injurias a la Guardia Civil. En diciembre ingresa en prisión y tres meses más tarde se fuga del Hospital Clínico de Barcelona en el que permanecía interno, horas antes de que un tribunal de guerra lo juzgase. Durante su exilio reside en Francia. Su regreso clandestino a España le lleva a ser encarcelado de nuevo hasta que en 1979 es puesto en libertad provisional. Entonces retoma el grupo Els Joglars. Políticos, monárquicos o eclesiásticos se han topado indistintamente con sus críticas. Sus cómicas apariciones en la televisión pública tampoco estuvieron exentas de polémica. Recientemente, el dramaturgo ha estado al cargo de la dirección artística de los Teatros del Canal en Madrid durante ocho años, hasta que en 2017 comenzó su gira con El sermón del bufón, una obra con la que, desde la madurez profesional y personal, reflexiona en primera persona sobre su trayectoria.


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