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Otros libros que leer para otras cosas que saber

Hay aprendizajes necesarios más allá del área del triángulo y de los afluentes del Volga. Las novedades literarias para niños rebosan de materiales idóneos para ser más felices

19 sep 2018 / 14:35 h - Actualizado: 19 sep 2018 / 23:09 h.
  • Una de las ilustraciones interiores del soberbio libro de Kalandraka ‘Un largo viaje’, de Daniel Hernández Chambers y Federico Delicado.
    Una de las ilustraciones interiores del soberbio libro de Kalandraka ‘Un largo viaje’, de Daniel Hernández Chambers y Federico Delicado.

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«Una ventana, Keiko, es un lugar muy peligroso. Allí habita un dragón malvado. ¡Te prohíbo que te acerques a una». A veces, la mejor forma de aprender es –negaremos haberlo dicho– no hacer caso a las lecciones. La felicidad está hecha de golpes. En El castillo sin sol se puede ver una bellísima metáfora que desarrolla este consejo. Y muy bien explicado, porque tanto la historia de José Sanabria –rebosante de espíritu clásico– como las ilustraciones envolventes y misteriosas de Ayako Kato hacen que esta obra publicada por Thule sea portadora no ya de una opinión, sino de una verdad: el miedo no solo es un gran mentiroso, sino que encima nos aniquila.

Es un cuento-cuento que mira venerablemente la larguísima trayectoria de la narrativa popular, en especial la japonesa, con un rey triste; una joven princesa; un país oscuro; la omnipresente fatalidad; la hondura sencilla, contundente y moralizante de los relatos orientales... y un castillo con las ventanas tapiadas, porque una flecha caprichosa que se coló por una ventana atravesó el corazón de la reina en los tiempos de la guerra. Si la historia es magnífica, el trabajo de Ayako Sato –con esos dibujos de apariencia envejecida y exuberante imaginación– es para enmarcarlo directamente.

Esto que tan deliciosa y convincentemente muestra El castillo sin sol no es lo único esencial que los niños pueden aprender este curso fuera de los textos oficiales de los colegios, del mapa político de Asia, del área de un triángulo, del aparato reproductor del somormujo y del punto preciso en el que se encuentra un talgo que viene de Valencia con un mercancías que sube desde Alcázar de San Juan, ambos con velocidad constante, maquinistas conspicuos y la garantía de Renfe. Kalandraka acaba de sacar un libro que vale por una titulación académica: se titula Un largo viaje, lo ilustra con su inconfundible personalidad el ínclito y largamente reconocido Federico Delicado, y lo escribe Daniel H. Chambers, autor muy premiado que así escrito parece de Oklahoma cuando en realidad, como ayuda a comprender la hache de Hernández, es de Tenerife.

En Un largo viaje, Delicado se libera de sus líneas más frías y de sus formas más hieráticas para, a través de una paleta austera, dar forma a un mensaje que requiere todo el corazón disponible. Hernández Chambers traza un paralelismo desgarrador entre dos migraciones que transcurren en el mismo momento pero en sentidos opuestos: la de una gansa que con la llegada del invierno emprende el vuelo junto a su polluelo en busca de las tierras cálidas del sur, por un lado; y la de una familia del sur que viaja hacia el norte huyendo de esos otros fríos inhumanos que son la guerra y la calamidad. Ambas travesías hablan de la desdicha, del miedo, de la valentía, de los depredadores que salen siempre al paso, del desafío de llevar adelante un propósito, del desánimo y el cansancio, de la esperanza que viene y que va ella también, como una emigrante más dejada a su suerte. Ante libros como este, uno se felicita de que haya autores –y editores– que aún no se hayan aburrido del hermoso oficio de contar.

Aquellos niños que se manejen ya con soltura por entre las letras bien podrían aventurarse por la senda que abre ante sus ojos un pequeño librito apenas ilustrado pero que, a cambio, estimula la mente para que ella misma ponga imágenes a sus narraciones: Cuentos y leyendas de los árboles, de Ana Alonso, publicado por Anaya, otro sello que no sabe lo que es lanzar un libro malo. Este título encierra también, como los anteriores, una llamada directa al corazón. Mediante la evocación de viejas leyendas galesas, nórdicas, musulmanas, japonesas, griegas y de otras naturalezas, transmite de forma sutil las claves ancestrales que a lo largo de los tiempos han marcado y siguen determinando la relación de las personas con los árboles, coprotagonistas de la epopeya humana desde sus inicios.

Si uno tuviera que hacer justicia a todas las novedades que han salido ahora dirigidas al público infantil y juvenil, dedicando a cada una de ellas al menos un par de párrafos enjundiosos, acabaría escribiendo un chorizo tan largo que a su lado el Ramayana parecería el manual de instrucciones de la estantería Billy del Ikea. Así que toca discriminar. Pero un título que no debe quedarse fuera de cualquier selección honrada es Una jirafa y media, publicado por Kalandraka y firmado por ese enorme clásico que en paz descanse llamado Shel Silverstein. Un hombre tan ingenioso y gracioso como prolífico y versátil: lo mismo escribía guiones que cuentos, lo mismo dibujaba que componía música. De hecho, llegó a estar nominado a los Oscar con su canción I’m Checkin’ Out para la película Postales desde el filo, basada en la novela que escribió, por cierto, Carrie Fisher, más conocida como la princesa Leia, para narrar su periodo autodestructivo.

Este libro infantil creado en 1964 está hecho en blanco y negro, eso para empezar. Es decir, todo un desafío que la editorial plantea a la sociedad –tirando de una leyenda del género como el citado tío Shelby– para que deje de idiotizar a sus nuevas camadas con sus chiribitas insustanciales y alienantes y sepa de una vez por todas lo que es bueno. Que la gente se dé o no por aludida, ese sería ya otro cantar. Pero lo mismo que para encantar a un niño cualquier caja de cartón es buena y cualquier juguete electrónico puede ser una calamidad, también aquí se insiste en que lo importante es la imaginación, la capacidad de asombro, el humor, virtudes que colorean la vida como colas de pavos reales. Dicho lo cual, Una jirafa y media es un relato rimado; una desafío memorístico y también de sencillez en el que la gracia está en la suma y resta de elementos y personajes a lo largo del desarrollo de la narración.

Para chavales más mayorcitos y que sean capaces de leerse un libro consistente –pese al influjo de los sucesivos sistemas de enseñanza que han proliferado tras la llorada EGB–, una recomendación encarecida que la editorial Anaya acaba de sacar calentita de la imprenta: La balada de los unicornios. Así dicho parece uno de esos ladrillos amontonados en trilogías míticas que tanto se prodigan; pero que nadie se engañe, porque no es nada de esa monserga, sino un divertidísimo y magistral ejercicio narrativo de uno de los ases en la manga que tiene la industria librera española: Ledicia Costas. De esta autora no hay que perderse nada, empezando por su magistral Escarlatina, la cocinera cadáver y terminando por ese título más adolescente de El corazón de Júpiter. Pero es sobre todo en estos cometidos plenamente infantiles, como es el caso, donde lo borda. Con el adorno de las pequeñas ilustraciones de Mónica Armiño salpicando las páginas, La balada de los unicornios se presenta como una obra muy bien cosida y escrita, con mucha fantasía, excelentemente trabajada y con exquisito gusto. ¿Qué será lo que pasa en la misteriosa Escuela de Artefactos y Oficios, donde estudia la intrépida y brillante Ágata McLeod? Lo sabrá quien lea el libro, que para eso está.

Otra lección extraescolar que ofrecen las novedades editoriales del otoño a la chiquillería nacional viene con el sello de Bruño y el título Los cinco feos. Lo firman dos grandes expertos en el arte de los cuentos infantiles: Julia Donaldson y Axel Scheffler. Entre ambos componen una historieta construida sobre uno de los esquemas más exitosos del género (la retahíla de animalitos que se van uniendo por el camino con una misma misión). El elemento más divertido del cotarro es que el manojo de criaturas que se juntan hacen verdadero honor al nombre de la obra: el ñu, el facóquero, la hiena, el buitre orejudo y el marabú africano. Un desafío para cualquier Rembrandt. Pero al final lo que importa es lo guapo o lo feo que uno es para la gente que lo quiere, o sea, dónde radica la verdadera belleza. Una enseñanza que en estos tiempos viceversos se antoja especialmente indispensable, y que forma parte de esas benditas ventanas que se abren en los castillos tapiados para que salgan a respirar y a vivir las princesas a la menor oportunidad. «Y el dragón, aceptándola sobre su lomo, la llevó a conocer los lugares más maravillosos de su reino». Y colorín, colorado, este cuento está muy lejos de haber acabado.


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