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El lenguaje como herramienta de género

¿Podría la RAE ayudar a la igualdad?

La lucha por visibilizar a la mujer apela a la Academia para que contribuya a un «lenguaje inclusivo», como pide el Gobierno. Los académicos advierten del peligro de confundir gramática con machismo

07 ago 2018 / 17:24 h - Actualizado: 08 ago 2018 / 12:17 h.
  • Los reyes Felipe VI y Letizia junto al director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, presidiendo una reunión del pleno de esta institución. / Efe
    Los reyes Felipe VI y Letizia junto al director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, presidiendo una reunión del pleno de esta institución. / Efe
  • El escritor y académico Arturo Pérez Reverte, en una imagen de archivo. / Efe
    El escritor y académico Arturo Pérez Reverte, en una imagen de archivo. / Efe

Si un padre, o una madre, habla de «mis hijos» y estos son varones y hembras, ¿está marginando a sus hijas a través del lenguaje? «Si el lenguaje no te incluye, no existes», apuntó categórica hace unos días la presidenta de la comisión de Igualdad en el Tribunal de Cuentas, Enriqueta Chicano, quien considera que la Real Academia Española (RAE), después de tres siglos, puede decir lo que quiera, pero es «absolutamente razonable que existan fórmulas del lenguaje para visibilizar a la mujer». Desde luego, Chicano no está sola. El recién estrenado Gobierno del PSOE, a través de su vicepresidenta, Carmen Calvo, a la sazón ministra de Igualdad, ha encargado a la RAE un estudio para que la Constitución Española, a punto de cumplir cuatro décadas, use «un lenguaje inclusivo, correcto y verdadero a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres», o sea, entre españoles y españolas, ciudadanos y ciudadanas, o al menos entre esa ciudadanía más incluyente. Según la ministra andaluza, «hablar en masculino traslada al cerebro solamente imágenes masculinas».

El grupo parlamentario de Podemos, por su parte, acaba de registrar en el Congreso hasta seis iniciativas sobre la lucha contra la violencia machista que incluye el uso del llamado «lenguaje inclusivo». El partido de Pablo Iglesias quiere que la Cámara Baja inste al Poder Judicial a «establecer protocolos que garanticen que se sustituya el androcentrismo lingüístico por soluciones del lenguaje administrativo y jurídico no sexistas». El Gobierno de Rajoy aprobó hasta dos planes de Igualdad, en 2014 y 2015, que incluyen un manual titulado Sugerencias para un uso no sexista del lenguaje administrativo, que se suma a cientos de guías para el uso no sexista del lenguaje que han proliferado no solo en instituciones gubernamentales de todos los ámbitos, incluidos los Institutos de la Mujer, sino en la mayoría de las universidades españolas, muchos ayuntamientos, diputaciones, fundaciones, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el propio Consejo General del Poder Judicial y hasta el Parlamento Europeo. Lo de todos y todas se está generalizando más allá de lo que, hace muy poco, parecía una hipócrita fórmula política o una artificial obsesión del feminismo.

Pero enfrente sigue teniendo poderosos detractores que consideran que se confunde «la gramática con el machismo», como ha asegurado el director de la RAE, Darío Villanueva, un tanto indignado porque la vicepresidenta del Gobierno aireara la petición a la RAE antes de llamarlo a él, que calcula, en todo caso, que la institución tricentenaria se pronunciará después de un pleno en octubre, aunque uno de sus académicos, el popular escritor Arturo Pérez Reverte, haya anticipado su radical postura en twitter: abandonará la Academia si esta accede a cambiar la Constitución por un «lenguaje inclusivo». El padre del Capitán Alatriste ha contado hasta chistes al respecto en la red: «Mamá, en el colegio me llaman imbécil. / ¿Quién, hijo mío? / Todos y todas mis compañeros y compañeras».

El propio director ve difícil tal extremo porque, como han repetido tantos compañeros suyos, «las lenguas se rigen por un principio de economía y el uso sistemático de los dobletes, como miembro y miembra, acaba destruyendo esa esencia económica». Villanueva ha asegurado que «las falsas soluciones, como las que proponen poner en lugar del o y el a, el e, me parecen absurdas, ridículas e inoperativas».

El problema de fondo es que los proponentes del uso inclusivo del lenguaje no creen que los genéricos masculinos sean realmente genéricos, sino que consolidan y perpetúan el androcentrismo social. La mayoría ve la Academia demasiado conservadora y poco inclinada a adaptar el idioma a las realidades de la igualdad y el género. Pero para la RAE no se trata de un problema de conservadurismo, sino de practicidad. Desde luego, no será por falta de cambios y adaptaciones; la última edición del Diccionario, la décimo tercera, contiene 3.350 novedades, entre nuevos términos, enmiendas y modificaciones.

«El Diccionario nunca se elaborará con criterios de corrección política, porque la Academia no realiza solo una foto de la lengua de hoy, sino también de lo que hemos heredado», insiste la lexicógrafa Paz Battaner, coordinadora de esta última edición. Villanueva ha insistido en las últimas semanas en que la RAE «no inventa, no propone, no impone, no induce el uso de las palabras, sino que recoge las que la sociedad genera». En este sentido, cabría preguntarse si la sociedad está generando este «lenguaje inclusivo» o a la sociedad se le está imponiendo. La máxima autoridad de la RAE declaró recientemente en una entrevista al diario El País que «la corrección política es una forma de censura perversa y difusa, que no sabemos muy bien de dónde viene y, según la cual, hay cosas que no se pueden decir». Ahora, buena parte del personal sanitario prefiere referirse a las «criaturas» para evitar caer en un presunto lenguaje machista al referirse a los «niños» (y no también a las niñas).

Portavoces y portavozas

Hace ya una década, la primera ministra de Igualdad en el primer Gobierno de Zapatero, Bibiana Aído, sorprendió con el desdoblamiento «miembros y miembras», que ha vuelto a utilizar el propio Pedro Sánchez, y antes aún la exparlamentaria socialista Carmen Romero acuñó «jóvenas». A comienzos de este año, fue la portavoz de Podemos Irene Montero la que revolucionó sobre todo las redes con su polémico «portavozas». Tanto, que en las propias redes intervino la RAE para recordar la lección de que el uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en oposición masculino/femenino. «El sustantivo portavoz es común en cuanto al género, lo que significa que coinciden su forma de masculino y de femenino. El género gramatical se evidencia, en esos casos, a través de los determinantes y adjetivos: el portavoz español / la portavoz española», pudimos leer en @RAEconsultas. Lo de siempre.

Más allá, en una entrevista en Europa Press, el director de la RAE calificó el uso de términos como «miembra» de «peligrosísimo». «El lenguaje es un ecosistema y si lo alteramos repercute en todo el equilibrio general. Si se llama miembros a los hombres y miembras a las mujeres, habrá que empezar a llamar miembros a los brazos y miembras a las piernas», ironizó Villanueva con un punto de denuncia.

El asunto, desde luego, aunque se tome tantas veces a chanza, es más serio de lo que aparenta, hasta el punto no solo de que influye en el aprendizaje del español en la escuela desde la más tierna infancia, sino de que actualmente parezca enfrentar a dos instituciones tan relevantes como el Gobierno español y la Real Academia Española. Hace solo unos meses, cuando se conoció la noticia de que una empresa aceitera de Córdoba rehusaba pagar unos atrasos a sus trabajadoras porque el convenio colectivo especificaba solo «trabajadores», la actriz trianera Alicia Murillo espetó: «Como la RAE vuelva a decir que el lenguaje inclusivo no sirve para nada, ponemos a sus miembros (y miembras) a trabajar en esta empresa». La RAE no tardó en responder, atizando de nuevo la polémica: «Quizá la insistencia en afirmar que el masculino genérico invisibiliza a la mujer traiga consigo estas lamentables confusiones».

El escritor y traductor sevillano Antonio Rivero Taravillo, consultado por este periódico, teme que «traduciendo todo a un lenguaje tan de laboratorio como reiterativo se cae en esta neolengua políticamente correcta». «Al final, como con la palabra ciudadanía para evitar ciudadanos y ciudadanas», ha añadido Taravillo, «vamos a caer en la españolidad, que es voz que tiene ecos de otra época y hasta un aire cañí y de pasodoble». Según el multipremiado autor especialista en Cernuda, «la prueba del algodón de estos experimentos sin gaseosa es la literatura», pues se perdería belleza y verdad en «andaluces y andaluzas de Jaén, / aceituneros y aceituneras altivos y altivas», en alusión al célebre poema de Miguel Hernández. «La justicia pierde la razón en el lenguaje mal empleado: los códigos, así estén recién redactados, enmohecen si no atienden a la realidad. Nada tiene que ver la reivindicación de derechos con el afeamiento, además ineficaz, del lenguaje», ha apuntillado Rivero Taravillo en un artículo titulado El sí de las niñas.

Solo ocho académicas

Seguramente habrá que esperar a que se apacigüen los extremismos y las chanzas para que sea la propia sociedad la que dicte a la RAE su natural uso del lenguaje inclusivo, pero mientras tanto, en la verdadera lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, más allá del lenguaje, cabe esperar la igualdad de sueldos y puestos de responsabilidad que aún no se practica del todo. Precisamente el año en que se redactó esta Constitución nuestra que ahora pretenden reescribir con un lenguaje inclusivo, 1978, ingresó por primera vez en la RAE una mujer, Carmen Conde, después de 264 años de académicos exclusivamente, no genéricos, sino literales: todos hombres. Después de más de tres siglos, solo once mujeres entre medio millar de varones. Actualmente, ocho de cuarenta y cuatro, un 18 por ciento, brecha que no termina en los Pirineos. Como se preguntó una de ellas, Soledad Puértolas, al ingresar hace solo ocho años: «Lo del pasado es comprensible, pero ¿cómo se explica la apabullante inferioridad numérica de mujeres en 2010?».

Seguramente el lenguaje, aunque no toda, habrá tenido alguna responsabilidad. Acepciones de profesiones como jueza o diplomática estaban incluidas en el Diccionario incluso en las épocas en que las mujeres no las ejercían, pero refiriéndose a ellas como las esposas del juez o el diplomático. Recordemos La Regenta de Clarín. Al menos, después del languidecente término señorita (para referirse a mujer soltera, que no encuentra correspondencia en señor, al margen de su estado civil), la RAE acaba de eliminar la quinta acepción de fácil, aquella que apuntaba a «una mujer que se presta al sexo sin problemas». Desde luego la RAE puede ayudar: al menos dando ejemplo.


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