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Refrigeración Baviera, selecta programación

Aquellos legendarios cines sevillanos. Hace unos treinta años que las grandes salas de la ciudad se fueron a la porra. Con ellas desapareció un modelo de ensoñación cultural, social y urbana irrepetible

23 nov 2016 / 12:08 h - Actualizado: 24 nov 2016 / 07:00 h.
  • El cine Palacio Central, heredero de antiguos usos culturales, fue uno de los grandes nombres de la cartelera sevillana antes de que la fiebre de los multicines acabase con estos ‘dinosaurios’. / El Correo
    El cine Palacio Central, heredero de antiguos usos culturales, fue uno de los grandes nombres de la cartelera sevillana antes de que la fiebre de los multicines acabase con estos ‘dinosaurios’. / El Correo

Cuando el futuro corre más de la cuenta, el presente se convierte en un acto permanente de melancolía y la memoria se vuelve enfermedad. Probablemente, el día en que el último de los diplodocus estiró la pata no había ninguna criatura lo bastante sensata sobre la Tierra como para preguntarse qué iba a ser de todo a partir de ese momento; al grueso de la fauna le bastó con sumarse de tapadillo a la tendencia general evolutiva, sin mirar para atrás ni para adelante, y dejar hacer a la química orgánica, que para eso está. Lo mismo sucedió en Sevilla cuando cerraron uno detrás de otro los grandes cinesaurios que salpicaban de glamour y de cartelería las esquinas gargajosas y mojoneras de la vieja ciudad. Hoy, los escupitajos y las cagarrutas siguen en las calles pero aquellas inmensas y elegantísimas moles repletas de preciosas historias han desaparecido casi todas. La diferencia es que ahora lo que se queda y lo que se va no es fruto de ninguna implacable ley evolutiva, sino consecuencia de una decisión consciente y colectiva sobre qué queremos ser y adónde queremos ir. No se le puede echar la culpa a ningún meteorito. Suponiendo que haya culpas que echar.

Hace cuarenta años, la palabra cine era mágica. Estaba asociada no solo a espectáculos rebosantes de estruendo y color en enormes pantallas, que era lo menos parecido a los televisores de entonces que imaginarse pudiera uno, sino también a lujosos salones con aires exóticos, en ocasiones, cuando no versallescos y, en algún que otro caso, cutre de narices pero con encanto. Aquellas butacas acogedoramente insoportables tapizadas en terciopelo donde se te quedaba el culo tieso de una pieza; aquellos empleados y acomodadores de uniforme cual mayordomos, capaces de ver en la oscuridad las tres pesetas que les dabas por acompañarte a tu sitio; esos ambientadores disparados con cañón que cogían con su fragancia toda la calle... La cartelera prometía no solo una aventura, una pasión o una obra de arte, según lo que fuese en cada caso, sino por encima de eso garantizaba una experiencia sublimadora. Hoy vamos al cine era una frase solemne, de tremenda religiosidad. Era un viaje a las alturas. A veces en sentido literal, ya que las economías menos pródigas compraban entradas de anfiteatro, que es la forma cortés de decir gallinero, frente al derroche de tronío del patio de butacas, que era adonde los jóvenes de tres apellidos llevaban a sus novias antes del quinario o después de la merienda.

La diversión, en aquella Sevilla jurásica al borde del cataclismo, tenía unos nombres curiosísimos: en la Avenida de Miraflores (que entonces caía lejos de cualquier parte) estaba la Boîte Hiroshima, un prodigio de la nomenclatura festiva, mientras la Boîte El Dragón Rojo desparramaba sus neones de colores por la calle Betis. Había hasta un Moulin Rouge servido por señoritas en Ramón y Cajal, y hasta en La Pañoleta se anunciaba un local llamado La Cueva con una caseta de feria para fiestas flamencas. Era la Sevilla de La Trocha y del Whisky Bar Periquito, donde formas absolutamente inviables y psicodélicas de disfrute colectivo gozaban de sus últimos días sobre el planeta. De algún modo, los viejos grandes cines formaban parte de esta forma de ser de una sociedad ávida de adjetivos y adverbios con los que entusiasmarse, porque la realidad no daba para mucho más. La cartelera se los daba: ¡Selecta programación! ¡Segunda semana de grandioso éxito! ¡Rabiosamente divertida! ¡El mayor acontecimiento cinematográfico!, y así hasta el infinito. Toda la ciudad, desde el centro hasta los barrios, estaba salpicada de carteleras callejeras que se colocaban en ciertas esquinas, protegidas con mamparas, para que uno pudiera saber lo que echaban esa semana en el Rialto y en el Trajano. Ver aquellos afiches tan artísticos, con aquellos besos, aquellos bombardeos y aquellas espadas en alto, formaba parte de esa magia de la que se hablaba antes, en unos vecindarios donde lo más parecido al despiporre de los sentidos era ver Estudio 1 en blanco y negro y formato 3x4 con unas interferencias del copón y constantes cortes de luz, que era lo que había entonces. ¿Cómo resistirse a ese Cine Avenida Vistarama de sonido envolvente y con una pantalla curva, excesiva y mayúscula donde Charlton Heston tenía sitio de sobra para poner a correr a sus caballos blancos a todo meter en unos maravillosos 70 milímetros y en perfecto technicolor? El cine era entonces como aquel joven Ben-Hur: invencible. Ambos formaban parte del ensueño de una ciudad, de un mundo, que habrían sido lo que hubiesen querido de haber seguido por ese camino.

Los cines de aquellos tiempos previos a su desaparición tenían unos aforos de miles de butacas en algún caso, aparte de unas arquitecturas monumentales que lo mismo tiraban hacia el arabesco que hacia el regionalismo, con autorías e inspiraciones que hablaban de Eiffel, de Espiau, de Talavera y de Aníbal González. Algunos de ellos, como pasaba con el Palacio Central, tenían, más que cimientos, verdaderas raíces culturales, al haber sido antes teatros o salas de espectáculos diversos: el San Fernando, el Kursaal... Hoy, el espacio de aquel viejo cine de la calle Tetuán está ocupado por tiendas de moda. Sic transit gloria mundi, que decía el pobre de Cicerón cuando veía que se cerraba un theatrum para abrir una vestis copia, probable inicio de la famosa caída del Imperio Romano. Dicen que el Palacio Central fue la primera sala refrigerada de Sevilla. En los años sesenta y setenta, el último chillido en materia de climatización de cines era la llamada refrigeración Baviera, que representaban con un paisaje polar con su pingüino y todo, como diciendo tenías que haber cogido la rebequita que te dijo tu madre que cogieras, aunque estemos en agosto. Luego no era para tanto, pero la contemplación de aquel pingüino formaba parte de la percepción de la magia del cine. El Avenida, el Juncal, el Emperador, el Delicias, el San vicente, el Astoria y el Cervantes tenían refrigeración Baviera, un nombre que sugería un picnic de aldeanos vestidos de franela y provistos de acordeón a la sombra de los abetos y junto a un arroyuelo del Danubio. En asuntos cinematográficos, todo era pura sugestión. De ahí la importancia del tamaño. Y de la filosofía de las cosas.

El Cervantes, en Amor de Dios, es el único de aquella estirpe polar que sigue vivo; un extraordinario caso de brontosaurio perfectamente conservado que no hace sino confirmar la extinción de los de su especie, que fueron cayendo a partir de los años ochenta, sobre todo, aunque el joven Villasís lo hiciera algunos añitos antes, a finales de la década anterior, tras haber conocido estrenos tan colosales como el de Tiburón. El lugar del Villasís fue para un banco. Otros, la mayoría, se convirtieron en supermercados y tiendas. Los Remedios y el Llorens acabarían compartiendo destino, al transformarse el bingos con el tiempo. Algunos probaron suerte compartimentándose en multicines; eso fue lo que permitió resistir algunos años al Rialto y lo que todavía hoy mantiene con vida al Avenida, especializado en cine de autor en versión original. Algunos, aprovechando ese filón de las multisalas, nacieron ya con esa vocación, como los efímeros Cines Chaplin que había en Triana, en la prolongación de Santa Cecilia.

En Triana había varios cines: estos que se han citado, el Emperador, el Fantasio, los Corona Center... Estaba el Astoria, que en sus últimos años se dedicó a reponer películas de James Bond en las que los tiros y los bombazos compartían intensidad sonora con el traqueteo del proyector. Muchos barrios tenían su cine; en algunos casos, más de uno. Ir a ver una película tenía ese puntito vecinal, en particular en aquellas salas de programas dobles. Porque en Sevilla no solo estaban los cines de estreno: también lo de reestreno. Las entradas salían un poquito más baratas y se podía ver en Cinemascope algún buen título de cinco o diez años atrás, amén de insondables morrallas para la chiquillería local. El Bécquer a tiro de piedra del Arco de la Macarena, el Delicias, el Goya, el Lux de Ramón y Cajal, el Maite de la Candelaria, el Montecarlo de Bellavista, el Nervión, el San Jerónimo, el Alkázar, el Florida... se unían a los más céntricos: Pathé, Apolo, Llorens, Imperial, Regina. Y para los más contestatarios y culturetillas, estaban también los cine-clubs, como aquel curioso y pontificio fenómeno del Cine-Club Vida, que daría para una tesis y que se fue al garete también, como todo el fenómeno en su conjunto, junto con el modelo urbano, social y cultural del que formaba parte. ¿Qué ha aprendido el mundo de todo ello? Que para que no se repita algo parecido a este desmantelamiento de los cines con telón, lo mejor es que no haya telones.


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