viernes, 28 abril 2017
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«Derramando piedad y misericordia»

La Virgen de la Piedad presumió de restauración en una jornada pletórica, en la que también la Caridad lucía el manto recuperado en los talleres Sucesores de Elena Caro

12 abr 2017 / 23:06 h - Actualizado: 13 abr 2017 / 00:38 h.
  • «Derramando piedad y misericordia»
    La Virgen de la Piedad, que salía por primera vez tras la restauración de Miñarro, con el Cristo de la Misericordia en su regazo. / Fotos: Manuel Gómez
  • «Derramando piedad y misericordia»
    Un total de 1.400 nazarenos emprendieron camino hacia la Catedral con la túnica azul baratillo.

Estaba sentado en el espacio reservado por la hermandad para los mayores que ya no pueden hacer la estación de penitencia con la cofradía, para personas con movilidad reducida y para los niños de la Ciudad de San Juan de Dios. Pero cuando sintió que el palio de la Virgen de la Caridad empezaba a moverse en el interior del templo, no pudo resistirse. Rafael Díaz Palacios se levantó de la silla de tijera, abrió la valla que acotaba la zona reservada y se puso frente a frente a su dolorosa. No dijo nada, no se fue a por el martillo, casi que no miró a su hijo, Rafael Díaz Talaverón, que iba mandando, pero todos entendieron que aquel era su sitio. El diputado mayor de gobierno que había peleado con todo el que estaba en el interior de la zona vallada para que dejara salir con holgura a los nazarenos comprendió el gesto del antiguo capataz y le ayudó.

Díaz Palacios, con su medalla que le recuerda como capataz de este palio al cuello, le aguantó la mirada a la Virgen de Fernández-Andes desde que los músicos del Carmen de Salteras empezaron a interpretar Caridad del Guadalquivir, antes de que las maniguetas delanteras salieran a la calle, hasta que se fue alejando por Adriano, repleta de público pero en absoluto silencio, absorto en su contemplación, con Caridad del Baratillo, que perfumaba a su paso con los claveles rosas y el azahar entremetido en las jarras que exornaban el palio. Ahora quedaba examinar el trabajo del taller de Sucesores de Elena Caro con el manto, que llegó el pasado Viernes de Dolores, justo a tiempo para que ayer pudiera sacarlo.

Pero entre ese avanzar en el interior de la pequeña capilla vecina de la Maestranza y la saeta que le dedicaron ya en la esquina de Pastor y Landero, los costaleros debieron hacer una nueva demostración de fuerza. Díaz Talaverón mandó cuerpo a tierra a los hombres que iban bajo el palo y estar atentos, pero sin nervios, sin precipitarse, a los de refuerzo que se habían colocado estratégicamente en la puerta. Salvado el dintel, eran imprescindibles para subir a pulso este paso que tenía los zancos plegados: «¡Ahí están los tíos!», se animaron entre ellos. Habían salvado el principal obstáculo. «Ahora, a disfrutar», se arengaban.

Por delante habían emprendido el camino hacia la Campana 1.400 nazarenos organizados en ocho tramos en cada paso, algunos con los bajos de las túnicas polvorientos por el albero del ruedo de la Maestranza y la calle Circo, donde forma habitualmente la cofradía, ante las reducidas dimensiones de la capilla, y cruzan por la calle Gracia Fernández Palacios, hasta las dependencias de la hermandad.

También se había ido la Virgen de la Piedad con el Cristo de la Misericordia en su regazo luciendo la blancura recuperada en el taller de Juan Manuel Miñarro el año pasado. «Muy blanca, ¿no?», comentaban dos auxiliares de la cofradía al contemplarla a la luz del sol. «A mí me gusta», terciaba otro en la conversación, mientras los priostes elevaban la cruz que había salido hundida completamente en el paso.

Tampoco es fácil la salida del misterio del Baratillo –exornado con claveles rojos–. Por esto, el capataz, Julián Huertas, le pidió a sus costaleros que dedicaran este trabajo a Alberto García Reyes, el pregonero, que «lo dijo todo en su pregón, pero lo que se acaban de decir la Virgen y él aquí se queda entre ellos». Y así, con una levantá a pulso el paso se dispuso a salir a la calle y recorrer Sevilla «derramando piedad y misericordia. Y también caridad».

Aunque no formaban parte del cortejo, Isabel y Rocío también debían completar su estación de penitencia: acompañar de vuelta a sus hogares a las personas que habían presenciado la salida en la zona reservada, de la que saltó como un resorte al encuentro con la Virgen de la Caridad su capataz Rafael Díaz Palacios.


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