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Las Cigarreras

Dulce despertar de una tarde triste

Las Cigarreras convierte el barrio de Los Remedios en una franquicia de la Sevilla profunda y cofradiera

29 mar 2018 / 21:40 h - Actualizado: 29 mar 2018 / 23:02 h.
  • El misterio de Columna y Azotes avanza por Asunción dejando al fondo la portada de la Feria de Abril, ya en sus últimos retoques. A la izquierda, el palio de la Virgen de la Victoria por el Puente de San Telmo, hacia la Torre del Oro. / Manuel Gómez
    El misterio de Columna y Azotes avanza por Asunción dejando al fondo la portada de la Feria de Abril, ya en sus últimos retoques. A la izquierda, el palio de la Virgen de la Victoria por el Puente de San Telmo, hacia la Torre del Oro. / Manuel Gómez
  • Dulce despertar de una tarde triste

Hasta cuando está de fiesta parece que duerme la siesta el augusto barrio de Los Remedios, que este Jueves Santo, por no ser menos, recibe a su cofradía con esa apacible y entrañable desgana que no es indiferencia, sino estilo de vida y un cierto estupor. Hay vidilla, claro, y los globeros se apostan en los cruces dando color al moderado trasiego. Porque poco a poco, con los años, con las décadas, se ha ido habituando este vecindario a tener su propia cofradía, importada de la monumentalidad del casco histórico con el traslado de la Tabacalera, y lo que en su día era una tímida participación en las salidas y entradas de la procesión se ha ido enriqueciendo lenta y firmemente con más público, más ambiente, más colorido, pero sin renunciar a esa venerable parsimonia tan poco común en las festividades callejeras de las barriadas. Hasta cuando llega la Feria hay calles tranquilas en Los Remedios. Cuánto más un Jueves Santo, que tiene unos tiempos menos fatigosos que las jornadas anteriores, que invita a sus moradores a salir más tarde y no a las tres, hora de plantar la cruz de guía en la calle, pero también de reposar las papas aliñás y de concederse uno la última canita al aire de la dieta por esta Semana Santa en forma de deliciosa torrija de puertas adentro.

Huele a naranjo este pedazo silente de Sevilla. Los chavales apresurados suben y bajan por Monte Carmelo y Virgen del Valle, unos con sus chaquetas azules y otros con sus jerseis por los hombros y sus pantaloncitos mostaza. Los hombres, de negro riguroso, y las mujeres y muchachas con sus mantillas (pocas, todavía) hacen sonar los tacones lentamente por el acerado hexagonal de las callecitas con nombre de Virgen, parándose de poco en poco a recolocarse el broche de la peina. Suenan los cornetazos y corren los chavalitos más jóvenes con su ropa de luto festivo, peinados y oliendo a colonia de sándalo y vainilla, sin caer en que es la banda de la cruz de guía zarandeando a la feligresía para que acuda a la fiesta en segunda convocatoria. El sol, a esas horas, no llega a tocar la calzada pero cuando lo hace salta en todas direcciones hecho añicos cegadores; el anticipo de esas aguas que se anuncian, y que siempre hacen que la luz previa sea más picante, más intensa, más histriónica. El misterio de Navarro Arteaga, más atrás, navega clavando el paso con exactitud por la explanada y reventando la calma chicha residencial con su estruendo de arte y de música, mientras las hileras de antifaces morados avanzan hacia Asunción, convertida extrañamente en una franquicia más de la Sevilla profunda. Tiene dibujada la tarde, pese a todo, una estampa antigua que tira de espaldas, y en ese prodigio parece que tenga mucho que ver el ambiente general de postrimería imperante por doquier. Hasta los gorriones pían a difunto antes de salir despavoridos por las patadas de un monicaco con corbatín que no encuentra otro modo de estrenar conforme a su edad sus zapatitos encharolados. Por los bares abiertos de los alrededores cervecean y se refrescan todavía los rezagados de la tarde, pero en todo este trasiego de momentos más o menos convencionales y familiares se cuela también ese murmullo triste de las cosas que ya se van terminando, por lo que la luz, que sigue igual de caprichosa que antes por las bocacalles, también dibuja sombras crepusculares por aquí y por allá, para quien quiera verlas. Hay una belleza que se presiente, que no está en las cosas ni en el paisaje, sino en el reloj interno que marca las largas despedidas de Sevilla. Sobre todo si, como anuncian, viene el agua y se precipitan en cierto modo los adioses. La Virgen de la Victoria sale a la calle que lleva su nombre acudiendo al rescate de la melancolía con su regia forma de pasear, y desde las ventanas y balcones se lo agradecen con una tanda de petaladas sin reparar en gastos que pone el toque hippy a los coches aparcados. El eco de aquellas primeras cornetas rebotando desde más allá del Puente de San Telmo invita a cruzar ya hacia el casco antiguo antes de que sea demasiado tarde y todo se diluya como pasto del recuerdo. Resuenan los bombos, silban los clarinetes y los arbolazos de la Plaza de Cuba se reflejan en los trombones dorados, mientras suavemente, también con mucho de ese principio de serenidad que se le ha pegado del barrio, avanza la procesión. Esto solo puede imaginarse si se ve, pero solo puede verse si uno recuerda. Porque nada de lo que sucede en Sevilla pasa en vano. Algunos lo llaman fervor; otros, sentido lúdico. Pero cuando se marcha la cofradía, el aire no es capaz de llenar el espacio vacío. Y eso no sale en las postales.


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