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San Gonzalo

Hijos de Dios, ángeles de la Virgen de la Salud

Por fin el cielo se vistió de azul de primavera. Fue para llevar en volandas a San Gonzalo hasta Sevilla

26 mar 2018 / 22:51 h - Actualizado: 26 mar 2018 / 22:52 h.
  • Nuestro Padre Jesús del Soberano Poder ante Caifás se abre paso entre la muchedumbre. / Diego Arenas
    Nuestro Padre Jesús del Soberano Poder ante Caifás se abre paso entre la muchedumbre. / Diego Arenas
  • Una nube de incienso eclipsa el sol. / Diego Arenas
    Una nube de incienso eclipsa el sol. / Diego Arenas

Dios te salve, Reina y Madre... Con la emoción y los nervios en la garganta recibieron a la Virgen de la Salud, los niños de San Juan de Dios. Apostados en plena plaza de San Gonzalo regalaron sonrisas y aplausos a todos los hermanos que componían el cortejo de la hermandad del Barrio León. Como si fueran los ángeles que soportan los varales de la Virgen de la Salud, estos niños –que ya no son tan niños– entonaron la letra mariana mientras la banda de música Santa Ana, de Dos Hermanas, interpretaba la marcha con la que la devoción trianera saludó a los centenares de cofrades que, bajo el sol del mediodía, aguantaron estoicos la salida de una cofradía que tardó en estar completa en la calle algo más de una hora y media.

La hermandad de San Gonzalo reserva, todos los años, una zona privilegiada para una veintena de niños de San Juan de Dios. Ellos acuden repletos de ilusión. Para muchos esa es la única Semana Santa que vivirán. Y lo hacen con intensidad, con la fe escrita en sus rostros y con la sabiduría que aportan las dificultades. Y así, repletos de valores y entusiasmo recibieron a la virgen, le cantaron, le rezaron, le dieron todo lo que llevan dentro. Seguro que tras el encuentro, la Virgen de la Salud fue más contenta hacia Sevilla.

Antes, Nuestro Padre Jesús en su Soberano Poder que, este año, lució túnica morada de terciopelo. «Está más guapo con la túnica de algodón y sin potencias», decía un auxiliar de la cofradía, mientras el paso estaba arriado ya en la plaza de San Gonzalo. «Él está bien, siempre», reaccionó al momento el mismo miembro de la hermandad. Y, en esos primeros minutos con el Señor en la calle, los costaleros se abrazaban, algunos nazarenos dejaban entrever sus lágrimas por las aperturas del antifaz y Pedro, un hermano de San Gonzalo, acercaba a su niña, de sólo una semana, hasta el paso y le hacía acariciar los respiraderos delanteros. «Su madre no quería que la vistiera tan pequeña de monaguillo, pero mi niña tiene preparada su túnica desde verano. Ella, como su padre, vivirá por y para nuestro Soberano Poder y nuestra reina de la Salud», explicó, emocionado.

Fue la primera salida penitencial de la hermandad tras la coronación canónica de la Virgen de la Salud –coronada el 14 de octubre de 2017–. Por primera vez, la dolorosa de Ortega Bru lució en todo su esplendor, un Lunes Santo, la corona que enriqueciera Fernando Marmolejo para un acontecimiento que ya forma de la historia de la corporación. También llevaba la nueva saya en hilo de oro y sedas, bordada por Jesús Rosado, y que también estrenó con motivo de la coronación.

EL DÍA GRANDE

Fue el día grande del Barrio León. Puertas abiertas de par en par, viandas, bebidas y reencuentros, muchos reencuentros. Personas del barrio que un día se fueron y siguen siendo fieles a la cita con el Lunes Santo. Nadie lo ha impuesto pero siempre ha sido así, año tras año. Familias que se reúnen, amigos de la infancia que hoy son adultos, ancianos que se agarran al cordón rojo de su medalla y piden salud, mucha salud. Y entre esa gente oriunda del Barrio León se integran los cofrades venidos de otras partes y atraídos por la fuerza atronadora de una cofradía que entra en Sevilla con el ímpetu que sólo da Triana y la atmósfera cercana que aporta su gente, la que cuentan sus días a la sombra de sus grandes devociones. Es el caso de Maruja Gutiérrez, camarera de la Virgen de la Salud, quien no pudo reprimir sus lágrimas, no pudo contener la emoción. «Son muchos los momentos que he podido vivir al lado de ella, y también de él». «Mírala a la cara –me decía, orgullosa–. Si guapa estaba para la coronación, más guapa está hoy».

Y así, como si de una historia de amor se tratara, San Gonzalo voló hasta la Catedral. Lo hizo en un barco timoneado por sus hermanos, por su gente, por personas como Maruja y también como Justo que, con tan sólo once años, no se cansó de lanzarle piropos a la Virgen de la Salud, mientras salía. «Yo soy de Constantina pero un día la vi en una foto, me gustó y desde entonces mis padres me traen cada vez que sale a la calle», dijo. «Lo tiene atrapado», apuntó su madre.

Como Maruja y Justo, los niños de San Juan de Dios también se fueron con una sonrisa dibujada en la cara. Los motivos había que buscarlos en otros rostros, en el del Soberano Poder y en el de la Virgen de la Salud. Ellos ya descansan en el templo que se perfuma de azahar cada primavera. Volverán a encontrarse con Sevilla, volverán a encontrarse con esos ángeles de la Salud. Eso ya será en 2019.


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