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Los Negritos

La delicia de ver a un palio irse

La restauración del manto de la Virgen de los Ángeles regala al público una estampa de ensueño, tras ver a una cofradía perfecta y especial desde que pasa la cruz de guía

13 abr 2017 / 21:26 h - Actualizado: 13 abr 2017 / 22:03 h.
  • La delicia de ver a un palio irse
    El paso de palio de la Virgen de los Ángeles baja por la calle Jovellanos dejando ver su manto restaurado. / Fotos: Diego Arenas
  • La delicia de ver a un palio irse
    El pertiguero prende un cirial.
  • La delicia de ver a un palio irse
    El paso del Cristo de la Fundación, a punto de tomar Tetuán.
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    Las manos de un nazareno.

La calle Jovellanos serpentea entre el sol y la sombra del Jueves Santo, cuando éste aún se recupera de la calorina de las primeras horas de la tarde en las que salieron los Negritos de la capilla de los Ángeles.

Mientras el Salvador, la calle Sagasta y la calle Tetuán se llenan de público para ver a una de las cofradías más antiguas de Sevilla, la ese de Jovellanos se convierte en un curioso ecosistema de buscadores de rincones y evitadores del lorenzo.

Suenan las Saetas del Silencio mientras de escucha el pitorro a presión de una máquina de café. En la Casa de Soria se sirven también churros con chocolate, de los que dan ya buena cuenta monaguillos y nazarenos infantes de los Negritos. El paso de caoba atraviesa el doble recodo con la fluidez de un cuchillo caliente por la mantequilla. Los dedos del público señalan el exorno floral, otro desafío con la autoría de Javier Grado. Lo que más llama la atención son las enormes espinas de acacia que mandan en todo el perímetro del paso. Jacintos Woodstock, alhelíes y esparragueras conforman el grueso del compuesto floral, con una de esas propinas florales de nombre tan extraño, que ni siquiera Don Google lo sabe: «thirslancias».

Termina de bajar el Cristo muerto de Ocampo haciendo el giro ya en Tetuán, y se recorta su gesto caído en el azulejo verde de La Previsora, cuajando una imagen de Jueves Santo antiguo.

Nos da por entrar a mirar en la capilla de San José, a ver si es que se ha metido ahí todo el mundo, pues Jovellanos parece (a Dios, gracias) la calle serena de un pueblo en Semana Santa. Y así es. Todo el que falta fuera allí se ha metido, pero no a disfrutar del fresco ni a dejar pasar el día. En la impresionante capilla hay lleno hasta la bandera siguiendo el triduo pascual. El Cristo de Medinaceli mira por detrás a un buen montón de cristianos de Sevilla que asisten a una de las muchas misas vespertinas de la Cena del Señor, dentro de los Sagrados Oficios del Jueves Santo.

Entretanto, ha pasado ya el tramo de penitentes del Cristo, dando paso a una nube de monaguillos y pequeños nazarenos que aseguran el futuro de una hermandad de 624 años.

Los diputados de tramo aprovechan la estrechez de la calle para volver a encender los cirios que se apagaron en el cruce con Sierpes, en cuyas sillas se ha colado algún que otro espabilado. Dos policías nacionales con los ojos fuera de las órbitas miran a las dos esquinas, haciendo un rápido pero equívoco cálculo mental sobre público, pasos de palio y espacio. No se la juegan y limpian por completo este tramo de calle, quedando como único público los maniquíes de Zara. La Virgen de los Ángeles volvería a pasar justo una hora después Sierpes arriba, buscando ya los palcos.

Sabe a poco, a muy poco, mirar este palio todo el tiempo que se pueda. «¡Qué personalidad!», se oye desde un costado, mientras la vista del público trata de asimilar el enorme número de detalles, apliques, remates, labrados y estípites que te retotraen a un Bizancio de ensueño. Un abuelo le lee a su nieta la leyenda de la corona: «Regina angelorum, que significa reina de los ángeles, ¿ves?». De la preciosa faz de esta dolorosa nos distraen, otro año más, los tesoros en forma de flores que lleva. Si Grado nos ha sorprendido en el Cristo, esta vez nos quedamos con la boca abierta: «Dendrobium, jacintos, brunias, echeveria, hipericum coco casino, miguella y coral ferm platinium», un guirigai para ser escrito, pero un flechazo para los sentidos.

Dicen que mirar por detrás un palio irse es una de las estampas con más raigambre en nuestro imaginario colectivo cofradiero. Pero mirar éste es otra cosa. Si antes de la restauración del manto ya cautivaba su contemplación, ahora, con los bordados brillantes y los marfiles perfectos, mirar por detrás este paso «es una verdadera delicia», dice Asunción, una zaragozana que no esperaba encontrar algo así. Y lo que le queda...


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