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Vera-Cruz

Un año más, Vera-Cruz y la síntesis serena y silente

Incluso en su transitar por espacios menos agraciados visualmente, la hermandad de la Capilla del Dulce Nombre dejó su huella otro Lunes Santo

26 mar 2018 / 23:28 h - Actualizado: 27 mar 2018 / 00:08 h.
  • Una marea de fieles fue testigo del discurrir del crucificado de Vera-Cruz por las calles del centro. / Fotos: Teresa Roca
    Una marea de fieles fue testigo del discurrir del crucificado de Vera-Cruz por las calles del centro. / Fotos: Teresa Roca
  • Un hermano porta el Lignum Crucis.
    Un hermano porta el Lignum Crucis.

Al Cristo de la Vera-Cruz, ayer durante su transcurrir por Virgen de los Buenos Libros, a la ida, le dispararon innumerables fotos. Y como movidos por un resorte natural, por alguna lógica desconocida, muchos de los que lo inmortalizaban hacían uso de la tecnología para, inmediatamente después, tornar las imágenes al sepia y al blanco y negro. No es decir por decir, miren Twitter, revisen Instagram. La talla del Crucificado es una obra anónima del primer cuarto del siglo XVI. Algo tendrá que ver eso, claro. Pero mucho más tiene que ver la propia corporación de la Vera-Cruz de Sevilla, ofreciendo algo distinto, diferente, otro incienso, otro aire, en la tarde noche del Lunes Santo.

¿Qué significará eso de que hay cofradías «de cortejo»? ¿Es que acaso hay otras que no lo son? Camuflados con el disfraz de visitante despistado preguntamos a pie de calle. Ovidio (no es un nombre en clave, era realmente el interlocutor elegido al azar) intenta explicarlo desde su conocimiento de la semana grande sevillana: «Quiere decir que hay hermandades que hay que verlas desde el primer al último nazareno como la Vera-Cruz o el Santo Entierro y hay otras que no, que con ver los pasos ya vale», argumentó. Como razonamiento puede resultar todo lo subjetivo del mundo, pero concluimos en que, aproximadamente, es lo que piensa mucha gente a pie de calle.

Entonces Vera-Cruz, según Ovidio, es «de cortejo». Veamos por qué. Desde la salida apreciamos cómo la cruz de guía –con su lema rector, Toma tu cruz y sígueme– tiene una manera de andar muy suya. ¿Una cruz de guía? Sí. O eso es lo que apreciamos. Puede que sea solo una sensación. Puede también que nos haya influido en exceso Ovidio con sus parabienes para la hermandad de la Capilla del Dulce Nombre de Jesús. Pero sí, el nazareno que la porta lo hace con un garbo muy suyo, muy sobrio, pero como característico. Luego llegan los penitentes, por aquello de hacer caso al lema inscrito en la insignia que guía los pasos de la hermandad. Y solo antes del Cristo un tramo de nazarenos que portan cirios verdes preludian la venida de un Crucificado ante el que todo resulta imponente. Incluso aunque transcurra por espacios tan poco agraciados como la Plaza de la Gavidia. La gente calla. Se sobrecoge, queda admirada y hasta sorprendida por la considerable pequeñez de la talla. Los dos ángeles ceriferarios que lo custodian, en su medida desproporción con respecto al Crucificado, no hacen si no añadir más singularidad a un paso tan perfecto como el del Cristo de la Humildad y Paciencia que contemplábamos el Domingo de Ramos. Esto es subjetivo, desde luego, tanto como la opinión de Ovidio o la que usted, leyendo estas líneas también pueda tener.

El incienso, que llega con generosidad, ha sido unos minutos antes barnizado por la música del Grupo Vocal De Profundis y la Capilla Calvarium, a los que si acaso sí que cabe reprocharles cierta cicatería en su sonar, al menos, en el tránsito ayer desde la Capilla y hasta el inicio de la carrera oficial.

Siguió el cortejo luego. Y no perdimos detalle. Salta a la vista la peculiaridad de las túnicas de las múltiples corporaciones de la Vera-Cruz, reparamos en los banderines y estandartes, como también lo hicimos en la humildad espartana del cordón que portan los nazarenos de ruan. En los últimos años, el tramo del Lignum Crucis se ha convertido en otra singularidad de las muchas que pueblan la Semana Santa. Muchos los que se acercan a besarlo, aunque bastantes menos son, probablemente, los que saben de la profundidad del símbolo que tienen ante sí. Lo besan mayores y también niños. Bueno. Son las peculiaridades de una Sevilla que «se apunta a un bombardeo».

El palio de cajón sobrio (o mucho más que sobrio, pero confórmense con este adjetivo) parece cortar la anochecida. Desde él, la Virgen de las Tristezas, recogida, doliente, sin ápice de ostentación, pura humildad, nos llama a la meditación. La Capilla Musical Gólgota ayudó a ello. Los costaleros rezan en voz alta. El fiscal de paso no vuelve su mirada hacia su Virgen, mira al frente. Como también hace el capataz, Luis León Pérez, cuando se arría el palio. El tiempo –otra vez– se detiene. Los niños, que a esta hora de la tarde son muy numerosos, aprenden a mirar con otros ojos y con otra actitud. Haber visto el cortejo les ha enseñado, además, qué es eso de hacer una estación de penitencia. También comienzan a paladear que la suya, su Semana Santa, tiene gozosos contrastes. Y que también está bien que haya quienes no den caramelos ni estampitas porque estén en otra cosa. La Virgen de las Tristezas vira ahora hacia el Duque; la perdemos de vista y los cánticos que la endulzan se oyen como en eco. Hay muchas Semanas Santas, pero seguramente Vera-Cruz sintetiza una idea muy certera de ella.


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