Columnas
Actualizado: 09 sep 2018 / 21:48 h.

Lo recuerdo como si fuese ayer. Fue un sábado de verano, en agosto del año 1985. Un buen amigo había encontrado trabajo en Cádiz y fuimos a visitarlo. Eran días de esos en los que tan sólo se tienen Dulces Sueños, días en los que ni te planteabas que Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Por aquel entonces pasaba mis veranos en Rota y viajar a la Tacita de Plata era toda una experiencia religiosa; era como subir a El Monte de las Águilas sin pensárselo, porque mi Vespa PK 75 era cualquier cosa menos algo seguro para que dos jóvenes atravesaran aquel mar de Aviones Plateados que te silbaban al oído una especie de melodía fúnebre al adelantarte. Pero con esa edad no piensas más que en ser El loco de la calle.

La verdad es que No me acostumbro a Cádiz, es imposible. Esa ciudad es un milagro nacido Lejos de las Leyes de los hombres. Cuando llego a esa ciudad y veo esa inmensidad de mar rodeando a tanta belleza siempre me embarga la misma emoción y el mismo pensamiento, siempre imagino que Neptuno se sienta en la Alameda Apodaca y desde allí, celoso del agua salada que la rodea por todos los rincones de su piel, ordena a los mares que tan sólo la acaricien. Y Medusa, esposa del Dios del Mar, que convertía en piedra a aquellos a los que miraba a los ojos, entona su Llanto de Pasión cuando comprende que Andar hacia los pozos no quita la sed. Me gusta fantasear con que Cádiz es Neptuno convertido en piedra por la ira de su esposa.

Tenía que ser allí, en Cádiz, cuando aquel día de 1985 subí a un Ford Fiesta negro y vi una cinta TDK junto a la palanca de cambio, una cinta en la que con una letra casi ininteligible, a duras penas leí El Último de la Fila. Me llamó la atención aquel nombre y le pregunté a mi amigo qué era aquello. «Un grupito nuevo, así como aflamencao», me dijo. Me dio una Risa tonta, de esas que te surgen cuando fumas Hierbas de Asia. «¿Puedo ponerla?», le pregunté, y me dijo: «Claro que sí, así canto un poquito, que El que canta su mal espanta». Y mientras él seguía Remando sobre el polvo, tomé la cinta, la introduje en el Blaupunkt extraíble, que pesaba como Trece planetas, y ahí empezó todo, cuando esa cinta comenzó a girar y conocí a Adrián, un soldado al que su Querida Milagros nunca volvió a ver pero que a mí me lleva protegiendo treinta y tres años.

Aquella vieja cinta de casette me vino Como la cabeza al sombrero. Recuerdo que deseé no tener que bajarme nunca de aquel coche. No podía dejar de escuchar aquella música y hubiera sido capaz de haberme ido desde Cádiz A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando, por tal de seguir escuchando aquellas letras que parecían escritas por un genio, por uno de esos seres mágicos que te regalan un poema Como quien da un refresco.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día, toda una vida. Ya no soy aquel chaval de diecisiete años que vivía Alegre como una mosca ante un pastel de bodas, aquel muchacho ingenuo que al escuchar que Son cuatro días, se quedó paralizado, Como un burro amarrado en la puerta del baile. Hoy, que en los vértices del tiempo anidan los sentimientos y son Pájaros de barro que quieren volar, pienso que Vendrán días en los que seré todavía más consciente de que Somos levedad y Manolo siempre está ahí para recordármelo.

El sábado, sentado en el Auditorio de Sevilla, miraba a mis hijos cantar sus canciones y mi mente, orgullosa, voló treinta y tres años atrás, a aquel precioso día en Cádiz en el que el destino me tenía guardado uno de los regalos más hermosos que he recibido, un regalo que yo he compartido con ellos Para que no se duerman sus sentidos.

Manolo García es una terapia completa. El sábado me llenó de energía, de alegría, de vitalidad. Y por momentos deseaba abrazarlo fuertemente y decirle «gracias, Manolo, gracias por Lo que me diste cuando nada pedí. Estoy alegre Junto a ti, porque si tenía Un alma de papel cuando tu música llegó a mí por primera vez, no es menos cierto que mi vida dio Un giro teatral aquel día».

Manolo, el sábado me diste un zarandeo que me hacía falta y me recordaste una vez más que hay que Exprimir la vida. Te prometo que Caminaré, porque Es tiempo de retornar. Escucharé sólo Campanas de libertad, porque Es mejor sentir que pensar; es cierto, sentir es mejor. El sábado, me volví a emocionar como hacía tiempo no lo hacía y entendí que Vive en mí un recuerdo maravilloso que despertó escuchándote. Ardió mi memoria y floté como En un estanque de libélulas azules.

Qué razón tienes cuando dices que Nunca el tiempo es perdido y que debemos ser capaces de evitar que otros manejen nuestros hilos y manipulen nuestros sentidos. Que debemos vivir el presente sin pensar más allá, que Todo es ahora.

García, Contigo me quedaría, En el batir de los mares o A lo lejos del río. Y Si te vienes conmigo Sabrás que andar es un sencillo vaivén. En tu voz todo se hace poesía y hasta Las puntas de mis viejas botas desafían al Océano azul. Urge, Si todo arde, tener a mano tus letras, porque en El frío de la noche son La gran regla de la sabiduría. Y aunque tampoco quiero ser Sombra de la sombra de tu sombrero, quiero que sepas que Un año y otro año, Estamos ahí.

Manolito, Volveremos a encontrarnos.