Columnas
Actualizado: 11 sep 2018 / 22:30 h.
  • El valor de la coherencia

Avanzar en desarrollar un proyecto que pueda dar luz al origen migratorio obligado por las circunstancias políticas, sociales y económicas de muchos países implica buscar con empeño y ahínco un espacio de reflexión, que tiene como común denominador la voluntad de trabajar en equipo.

He señalado en artículos pasados la importancia que tiene la convivencia y la confianza, hoy reflexionaré sobre la coherencia. La mesa de trabajo debe ahondar en el valor de la coherencia porque apostando por la misma muchos políticos, empresas, instituciones sociales y ciudadanos seríamos una fuerza de cambio en las relaciones con aquellos países que conducen a sus ciudadanos a iniciar un camino plagado de incertidumbre; pero que, en buena parte, es un camino que se abre a la esperanza; o al menos eso es lo que creen, de ahí que sean capaces de sufrir toda clase de vejaciones, muchas de ellas con relatos de muerte.

La coherencia ha de construirse con una base sólida, yo vengo proponiendo que sea la base del bien común. Esto hará posible que se tenga una meta clara a la hora de establecer relaciones de cooperación con países terceros que potencian la huida de muchos de sus ciudadanos.

La doctrina social es muy concisa en sus principios, por esta razón es preciso que la mesa de trabajo haga suyo el siguiente texto: Una sociedad que, en todos sus niveles, quiere positivamente estar al servicio del ser humano es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre. La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser con y para los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia en los diversos niveles de la vida social y relacional, sino también la búsqueda incesante, de manera práctica y no sólo ideal, del bien, es decir, del sentido y de la verdad que se encuentran en las formas de vida social existentes.

La coherencia conlleva responsabilidad por cuanto hace posible que, de manera constante, examinemos nuestro proceder. En el ámbito de la cooperación internacional esto debería ser la práctica habitual, de esta forma se podrían superar muchas limitaciones.

Sin coherencia, el compromiso puede quedar diluido en proyectos que muy poco tienen que ver con la cooperación sanadora y no potenciadora de esclavitudes modernas. Ya he señalado en artículos anteriores que la cooperación debe nacer o surgir en los países de origen. Queremos cooperar con ellos porque realmente nos percatamos que el cambio se puede fraguar si ponemos condiciones y límites, y esto es coherencia, a los países que fomentan el movimiento migratorio. Sin este cambio, la cooperación, con el pasar del tiempo, lo que hace es generar dependencia, y dependencia significa incoherencia.

El reto de la mesa de trabajo es establecer un procedimiento de cooperación que esté sustentado en indicadores coherentes. La coherencia obliga a establecer un plan de actuación que produzca un cambio radical en los diferentes países que «expulsan a sus ciudadanos». Si no aplicamos coherencia estaremos fomentando una explotación de las personas, llegando incluso a justificar la injusticia existente en esos países. Esto nos hace mirar hacia otro lugar, y no desear adentrarnos en las causas por las que estas personas tienen que moverse de su tierra. Esto, sencillamente, es falta de coherencia o vivir la vida de manera incoherente. Sin embargo, la puesta en marcha del bien común hace que ese proceso de reflexión nos lleve a tener que tomar partido ante la injusticia de la migración obligatoria. No podemos dejar de trabajar por lograr que todas las personas tengan «el derecho a gozar de las condiciones de vida social que resultan de la búsqueda del bien común. Sigue siendo actual la enseñanza de Pío XI: es necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuan gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados».

Hay que empeñarse en fomentar, desde la coherencia, un cambio. El reto no está en la acogida de las personas en nuestros países. Esto es muy manipulable y los políticos, con bastante falta de coherencia, utilizan este hecho para ganar adeptos que les puedan proporcionar un escaño. Ya estamos viendo los resultados, resurgen los populismos extremos. En definitiva, división y falta de concordia. Siendo claros, en pérdida de los valores democráticos. El verdadero reto se halla en plantar cara a la injusticia existente en los países que empujan a sus ciudadanos a escapar para poder aspirar a vivir con dignidad. La mesa de trabajo, que vengo proponiendo, tiene todo el sentido del mundo porque en ella se podrán tratar los temas en profundidad, y lo harán personas que ponen entre sus objetivos de trabajo fomentar la coherencia. La coherencia conlleva articular la cultura del amor al prójimo, que para los cristianos es esencial para su vida. La coherencia nos conduce al compromiso y a la solidaridad.

Esta perspectiva, desde la visión cristiana de la vida es plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, para lo cual, es necesario revalorizar el amor en la vida social —a nivel político, económico, cultural—, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción. Por eso el amor es la forma más alta y más noble de relación de los seres humanos entre sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo una humanidad en la que reine la civilización del amor podrá gozar de una paz auténtica y duradera». En este sentido, el Magisterio recomienda encarecidamente la solidaridad porque está en condiciones de garantizar el bien común, en cuanto favorece el desarrollo integral de las personas: la caridad «te hace ver en el prójimo a ti mismo».

Convivencia, confianza y coherencia, la próxima semana presentaré el cuarto punto.