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Homenaje familiar a un estilo de vida

En 1940 comenzó la simbiosis entre el coso maestrante y la histórica ganadería de Miura

14 abr 2015 / 23:07 h - Actualizado: 15 abr 2015 / 16:29 h.
  • Antonio Miura, Eduardo Dávila Miura y Eduardo Miura Martínez comparten la triple responsabilidad de la corrida de toros del próximo 27 de abril en la plaza de la Real Maestranza. / Manuel Gómez
    Antonio Miura, Eduardo Dávila Miura y Eduardo Miura Martínez comparten la triple responsabilidad de la corrida de toros del próximo 27 de abril en la plaza de la Real Maestranza. / Manuel Gómez
  • La camada de 2015 ya espera en los cerrados de salida para ser embarcada a las plazas. / Manuel Gómez
    La camada de 2015 ya espera en los cerrados de salida para ser embarcada a las plazas. / Manuel Gómez

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En la carretera que une Lora y La Campana se abren los cerrados centenarios de Zahariche. La dehesa de la familia Miura es el vestigio de una tierra azotada por el viento Solano y cortada en medio de la fértil campiña de las terrazas del Guadalquivir que guarda un auténtico tesoro genético. La crianza de los viejos toros de Cabrera está indisolublemente ligada a la génesis de la cabaña brava. Ahora es tiempo de efemérides pero los días y las horas, las faenas camperas, los toros, los caballos y los hombres; el cielo y el agua; el regatón y el palmito; las veletas, los gallos y los gatos marcan su rutina sin dar demasiada importancia a un hecho histórico. Los toros de Miura cumplirán su LXXV aniversario lidiando ininterrumpidamente en la Feria de Abril el próximo día 26.

Eduardo y Antonio Miura Martínez son hoy los responsables de esa pesada herencia que, más allá de la crianza del toro, supone una manera de vivir en ganadero. Fue su sobrino Eduardo Dávila Miura el que quiso subrayar la efemérides preparándose para volver a torear la corrida de los suyos. Es la mejor manera de celebrar un cumpleaños tan especial. Ya no hay vuelta atrás. La cita ha llegado, despertando la lógica preocupación en su tío Eduardo. «Tenemos doble presión: la corrida de siempre y encima la decisión de Eduardo de ponerse la ropa de torear. Quieras o no, te hace dar muchas vueltas a la cabeza», señala el veterano criador sevillano.

En casa de Miura no son de sacar pecho. Ni en lo bueno ni en lo malo. Pero quizás es el momento de echar la vista atrás y repasar estos tres cuartos de siglo de fidelidad a la plaza de la Maestranza. «Mi familia empezó a tratar al abuelo de los actuales empresarios. Estamos hablando de muchos años y tres generaciones: don Eduardo Pagés, don Diodoro Canorea y Eduardo Canorea y Ramón Valencia», rememora Eduardo Miura recordando que «fue Eduardo Pagés el que empezó a negociar con mi abuelo Antonio y mi tío Pepe; eran muy amigos y continuó con nuestro padre –que debutó en el 41 con Pepe Bienvenida, Manolete y Pepe Luis– y continuó con Canorea. Después nosotros y hasta ahora». Su hermano Antonio redunda en una idea: todo llegó de los mayores. «Nos ha tocado a nosotros alcanzar esta fecha. Pero si hemos llegado hasta aquí ha sido por lo anteriores, que han sabido ir manteniendo la ganadería y nos han enseñado una forma de caminar en ella. Nosotros hemos cogido el fruto de ellos. Ahora estamos recogiendo una serie de premios y de halagos pero no son nuestros. Llevamos ya algunos años al frente pero es una parte mínima de lo que hay detrás. Nuestra labor es seguir manteniendo lo que recibimos», señala el gran caballista de Zahariche.

Pero en este triángulo hay un vértice que dio un giro inesperado a los acontecimientos. El anuncio de su gesto fue temprano, antes del primer esbozo de la Feria de Abril. «Tenía claro que si me volvía a vestir de luces tenía que ser para algo realmente importante. Pensaba de verdad que el 12 de octubre de 2006, que fue mi última tarde en Sevilla, también iba a ser mi última tarde vestido de torero. Es verdad que no me corté la coleta y no fue una despedida al uso pero en el fondo pensaba que no volvería», explica Eduardo Dávila Miura añadiendo que «la vida a veces coge otros caminos y en estos años que he estado retirado fui madurando que si volvía a vestirme de luces tenía que ser algo muy especial. Mira por dónde, surgió esto y me planteé que merecía la pena volver a torear. Qué mejor que hacerlo en Sevilla y con estas circunstancias».

El abuelo de Dávila, padre de los actuales responsables de la ganadería, es el mayor protagonista de esta historia de simbiosis con el coso maestrante. «Ahora todo el mundo habla del domingo de Miura pero la verdad es que hasta el 60 no empezamos a lidiar en esa fecha. Desde entonces se ha mantenido en el domingo de farolillos pero nuestro padre lidiaba el día que lo ponían. Diodoro la puso en domingo. Fue el mismo año que la mató Diego Puerta –ésa fue la primera corrida de mi casa que yo veía en la plaza– y estoqueó al célebre Escobero que lo puso en figura», evoca Antonio. Su hermano Eduardo también abre la espita de los recuerdos. Podemos partir de la gloriosa corrida de 2012, que puso a funcionar a Escribano. A partir de ahí, descendiendo, numerosos nombres vienen a la mente del aficionado: Pepe Luis Vázquez, el nombrado Diego Puerta, Limeño, Ruiz Miguel, Manili, Domingo Valderrama, Jesús Millán, Juan José Padilla, el propio Escribano y sobre todo, Eduardo Dávila Miura, que ha sabido cerrar este hermoso círculo familiar que ya mira a los dos siglos de fidelidad.

«Conociendo a mis tíos como son, lo del LXXV aniversario lidiando consecutivamente en Sevilla hubiera surgido en cualquier entrevista o circunstancia pero sí es verdad que hubiera sido sin la importancia que realmente tiene», admite el veterano diestro sevillano. «Esas son las formas suyas de ver y hacer las cosas. Y me parece perfecto pero yo he sido el abanderado de intentar darle la importancia que sinceramente creo que tiene». Para Eduardo «es un milagro que una ganadería esté lidiando 75 años consecutivos en una plaza como Sevilla. Merece la pena reivindicarlo y yo lo que podía aportar –que soy torero– es mi propio granito de arena».

Eduardo y Antonio vuelven a hacer gala de ese estoicismo campero heredado de los mayores. Siguen sin querer darse pisto: «La vida va dando vueltas y esperemos que, al menos, nos encontremos un año más. Es lo que decía nuestro padre. El maestro Pepe Luis también le pedía a su Cristo de San Bernardo un año más. Y duró 90 años». Pero en Miura ya no se cuenta por años, se puede hablar de siglos. La vacada encarará pronto el 175 aniversario de su creación por aquel sombrerero llamado Juan Miura que adquirió las primeras vacas a Antonio Gil Herrera. En realidad fueron sus hijos Eduardo y Antonio –la historia tiene estos guiños– los forjadores de este encaste propio que perpetúa sangres históricas que desaparecieron por completo de la cabaña brava. No falta mucho para cumplir dos siglos.


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