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Una historia de amor por el tomate

Cronología. Los manchoneros palaciegos miman y comercian su ‘bombón colorao’ desde el siglo XVI

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
07 jun 2017 / 08:02 h - Actualizado: 07 jun 2017 / 12:39 h.
  • Imagen de archivo de un grupo de manchoneros en el palenque en la década de los 50 del pasado siglo. / El Correo
    Imagen de archivo de un grupo de manchoneros en el palenque en la década de los 50 del pasado siglo. / El Correo
  • Dos agricultores revisan los cajones con tomate palaciego. / El Correo
    Dos agricultores revisan los cajones con tomate palaciego. / El Correo
  • La tradición del cultivo pasa de generación en generación. / El Correo
    La tradición del cultivo pasa de generación en generación. / El Correo

Al filo de una marisma indómita, las fértiles tierras del recién nacido pueblo Villafranca de la Marisma acogieron semillas de tomate desde que desembarcaron las primeras en Sanlúcar de Barrameda provenientes del Nuevo Mundo. Los tomates se criaron aquí desde el principio como si no hubieran necesitado una adaptación tras un periplo por medio planeta. Cultivaron tomates villafranqueses y palaciegos, pero especialmente aquellos, pues todavía en el siglo XVI faltaban dos centurias para que las dos localidades se unieran (1836) y era Villafranca de la Marisma la que tenía tierras. En realidad, todas las tierras.

Los Palacios, propiedad del Ducado de Arcos, era en rigor un castillo en el centro y unas cuantas chozas en las laderas, y durante mucho tiempo hubo denuncias por ocupación ilegal de tierras de unos ciudadanos, los palaciegos, cuyo término municipal terminaba, como recordaba recientemente el cronista oficial de la Villa, Antonio Cruzado, «en las canales de sus propias casas». El caso es que vecinos de uno y otro pueblo no tenían muchas más alternativas que sembrar algo, y el tomate fue siempre una opción estrella. El clima acompañaba. Las arenas también.

«Durante los siglos XVI y XVII se anotan las primeras partidas de tomates documentadas en los registros escritos de ciertos hospitales de Sevilla y Utrera», señala por su parte el archivero municipal de Los Palacios y Villafranca, Julio Mayo. Eran tomates de su pueblo, claro, que llegaban a sanatorios y hospicios de la época «como dispensario alimenticio y terapéutico». «Durante el siglo XVIII vuelve a probarse documentalmente la vigencia del tomate gracias a un pleito suscitado entre hortelanos de Utrera y ciertos manchoneros comarcanos», explica Mayo, que considera que este auto judicial constata que, hace ya más de doscientos años, el tomate era aquí el género hortofrutícola por antonomasia.

Pero no será hasta el siglo XX cuando se incremente de forma sobresaliente la producción tomatera en todo el término. Contribuyó a ello la construcción del Palenque Municipal en 1932. Allí confluían todos los manchoneros del pueblo para vender sus productos. Y desde allí se lucían los tomates como tentaciones para viajeros de ida y vuelta que transitaban por la N-IV que discurría por la localidad. «Es importante subrayar el empuje institucional que el gobierno municipal republicano otorga a aquel mercado agrícola», dice el también historiador. De aquella época data el mimo de los agricultores con un producto al que construían sus propias casetillas: un hueco en las lomas de la tierra con un sombrajito de anea o pasto que ahora reproducen los viejos palaciegos que integran asociaciones como La Era cuando tienen la oportunidad de recordarlo en eventos como la Feria Agroganadera, que ya va por su XXIII edición.

El palenque cambió de sitio, pero no de filosofía, y durante la década de los 60, tras la conversión del perímetro agrícola del Bajo Guadalquivir en zona regable, se incrementaron las cotas de cantidad y calidad del tomate.

Sin embargo, no fue hasta los años 80, con la irrupción de los primeros invernaderos, cuando los agricultores palaciegos no empezaron «a extraer los mayores parámetros de calidad, rendimiento y rentabilidad al producto», recuerdan técnicos municipales como Pedro Bocanegra, uno de los encargados de la elaboración de un informe, hace casi una década, que aspiraba a conseguir para el tomate de Los Palacios y Villafranca incluso la Denominación de Origen.

Hoy el Tomate de Los Palacios es una Marca Nacional Colectiva que, aunque siga persiguiendo sellos superiores, se reconoce en todas partes no solo por su calidad, sino por la incesante labor de promoción que hace de él cualquier palaciego orgulloso, y por supuesto las instituciones públicas como el Ayuntamiento, las cooperativas agrícolas o la Asociación de Productores del Tomate, conscientes de que con el crecimiento del producto (12 millones de kilos anuales) también crece la imagen de esta despensa del Sur.


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