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Toros

Manolo Cortés: medio siglo después

Hoy se cumplen las Bodas de Oro de la alternativa valenciana del recordado diestro de Gines

13 mar 2018 / 21:57 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 09:35 h.
  • Imagen juvenil de Manolo Cortés, antes de emprender el paseíllo en la plaza de la Maestranza. / Foto: Beret
    Imagen juvenil de Manolo Cortés, antes de emprender el paseíllo en la plaza de la Maestranza. / Foto: Beret

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«Manolo Cortés apunta buenos modos de torear y a esto es a lo que debe aplicar su ambición y su decidido ánimo». Así concluía la crónica de la alternativa del diestro de Gines. La publicó –dictada por teléfono, tal y como se advertía en el propio encabezamiento del texto– el inolvidable escritor costumbrista Antonio Díaz Cañabate en el ABC de Madrid del 15 de marzo de 1968. Hoy se cumple medio siglo de la efemérides y el Domingo de Ramos hará un año exacto de la muerte de este artista irregular, modelo de toreros y espejo del arte de torear, que no logró doblegar al toro del cáncer. La del doctorado de Cortés era la primera corrida de las Fallas de aquel lejano año que dictaría sus titulares más recordados en el famoso mayo francés, tan distinto de la fiesta de la pólvora levantina y de aquella España diferente que Manuel Fraga había soñado para los años del desarrollismo.

El Caña empleaba un larguísimo preámbulo para alabar el lavado de cara del coso valenciano antes de hablar de Ordóñez –que había apadrinado la alternativa de Cortés en presencia de Diego Puerta– en términos de absoluto elogio: «El toreo de Antonio Ordóñez nos deleita, nos enseña, nos conforta como un bello paisaje, como un bello palmito de mujer...». El maestro de Ronda ya navegaba por encima del bien y del mal, convertido en torero de toreros y en uno de los espejos en los que más se miró aquel gitanito de Gines para cimentar y argumentar su propio lenguaje taurino.

La alternativa era el colofón a muchos sueños pero el verdadero camino comenzaba en aquella remota tarde de marzo. Cuentan que Manolo Cortés –aún era un torerito sin nombre– se destapó en un tentadero en Los Alburejos, el laboratorio campero de Álvaro Domecq. Después llegaría la confianza de Camará y el apoderamiento de Alberto Aliaño que le llevó a debutar con picadores en la placita serrana de Cortegana. Corría el año 1966, la yema de la década prodigiosa que alumbró la Edad de Platino encabezada por Diego Puerta, Paco Camino y El Viti.

El 15 de agosto de 1967 llegaría el debut novilleril en la plaza de la Maestranza con reses de Honorato Jordán. Le acompañaban El Almendro y El Jeringuero. Menos de un año después se anunció esa alternativa valenciana de manos de su admiradísimo Ordóñez, que se resolvió con vuelta y oreja. El maestro de Ronda le iba a confirmar el doctorado en Las Ventas en pocas semanas. Y ese mismo 1968, en una segunda tarde madrileña, Cortés cuajó la que seguramente es su mejor tarde en el Foro. Fue el 25 de mayo de 1968 al inmortalizar al toro Inglés, marcado con el hierro de Antonio Pérez. Los acontecimientos se encadenaron. Al año siguiente se presenta en la Feria de Abril cortando cinco orejas que le sirvieron para ser sacado a hombros por la Puerta del Príncipe en dos días consecutivos cuando ese raro privilegio aún no se sometía a la dictadura matemática que hoy impera. «El torerísimo estilo de Manolo Cortés fue la revelación de esta temporada», escribió Filiberto Mira. El recordado periodista, que también firmó sus crónicas taurinas y cofradieras en El Correo de Andalucía, incluyó acertadamente a Cortés dentro de «la especie de los andaluces finos y fríos». Mira terminó de definir a la perfección la personalidad taurina del gitano de Gines afirmando que «todo el arte del Aljarafe cabe en su capote y su muleta». Pero la mejor tarde de Manolo Cortés en la plaza de la Maestranza de Sevilla aún estaba por llegar. Los aficionados más veteranos saben que fue la del 17 de abril de 1972, cuajando de cabo a rabo un gran ejemplar de Samuel Flores llamado Cotorro en un festejo en el que tuvo que matar tres ejemplares por cogida de Andrés Vázquez.

La trascendencia taurina de Manolo Cortés superó su propia trayectoria. El diestro de Gines no logró convertirse en figura pero el tiempo le ha colocado como espejo de un tronco taurino en el que reverdecieron toreros como Fernando Cepeda, uno de sus mejores epígonos. Cortés fue un gran maestro; un excelente transmisor de sabiduría que encontró en dos toreros tan dispares como Oliva Soto y Pepe Moral el mejor banco de pruebas. Oliva tomó la alternativa delante del Rey de España en una tarde de Corpus aunque su camino se separó pronto del de su maestro. Moral resucitó taurinamente en otro Corpus en el que sacó lo mejor de sí mismo con un gran ejemplar del Conde de la Maza que le devolvió al toreo. La sonrisa breve de Manolo Cortés de aquella tarde es su mejor recuerdo.


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