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Real Maestranza: la plaza de toros más bonita del mundo

El coso sevillano, propiedad del cuerpo nobiliario, es el resultado de un larguísimo proceso constructivo que, de alguna manera, aún permanece abierto

25 mar 2017 / 18:48 h - Actualizado: 26 mar 2017 / 14:28 h.
  • Pie de foto debe ser descriptivo. / josé luis montero
    Pie de foto debe ser descriptivo. / josé luis montero

La plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla debe su inconfundible y armónica fisonomía a un largo e intermitente proceso constructivo iniciado en el siglo XVIII que aún permanece abierto y sometido a obras de mantenimiento y adecuación. No hay que olvidar que se trata de un edificio vivo que sigue sirviendo exactamente para la misma función para la que empezó a ser construido hace más de dos siglos y medio en un paraje que evolucionó en torno a la plaza, convertida en eje del futuro urbanismo de la zona. Conviene echar un vistado a esa vista febril del Arenal retratada por Sánchez Coello en pleno XVI que retrata el cerro de escombros -el llamado monte Baratillo- que estaba destinado a convertirse en la plaza de toros más bella del mundo.

Pero aquel vertedero que se levantaba extramuros de la ciudad, en el corazón de un Arenal que aún servía de puerta a las Indias, sólo comenzó a tomar forma de efímero coso taurino en torno a 1730. A partir de esa fecha, en virtud de un privilegio regio, la Real Maestranza de Caballería acomete la construcción de sucesivos y provisionales cosos de madera que tendrán su final en 1761.

En esa fecha el cuerpo tomaría la decisión trascendental de levantar una plaza de obra definitiva pero el proceso sería largo y tortuoso y, de alguna manera, permanece abierto en pleno siglo XXI. Sin ir mas lejos, el próximo Domingo de Resurrección se estrenará la restauración integral de los tejados, arquerías y columnas de las gradas pares de sombra. El pasado año ya se intervino en las impares y el proceso continuará hasta desmontar y volver a montar con precisión de cirujano la práctica totalidad de las arquerías del histórico edificio sin modificar un ápice su aspecto.

Tenemos que retornar al siglo XVIII, la centuria de las luces, para asistir a la construcción de las primeras ochavas del edificio, que no fue ajeno a los descubrimientos arqueológicos de la ciudad de Pompeya. La arquitectura de su anfiteatro y la terraza volada que servía de acceso a sus tribunas influyó en la planimetría de la futura plaza de la Real Maestranza. Es importante recordar un dato fundamental que refuerza esta tesis: gran parte de la oficialidad enviada por Carlos III a rescatar Nápoles en 1733 pertenecía a la Maestranza sevillana. Aquellas tropas tuvieron mucho que ver con redescubrimiento de la ciudad y su anfiteatro. Los planos del coso sevillano fueron la consecuencia natural del hallazgo.

Las obras siguen con intermitencias pero la plaza aún dista mucho de adquirir su fisonomía definitiva. El balcón del Príncipe, clave maestra del edificio, se diseña en 1763 pero hay que esperar hasta 1849 para concluir los primitivos tendidos de piedra y sustituir algunas ochavas que permanecían construídas en madera. En cualquier caso, el cerramiento total del edificio se retrasaría aún, como veremos, hasta finales del siglo XIX.

En este punto conviene recalcar que la plaza de la Maestranza ha sabido adaptarse al signo de los tiempos sin perder ni un gramo de su esencia ni ser enmascarada con parches arquitectónicos en aras de una pretendida modernidad. El edificio no ha acusado las trascendentales reformas que ha soportado en sus casi dos siglos y medio de historia. Las sucesivas ampliaciones y mejoras de sus tendidos y dependencias no afectaron al alma de un monumento que debe las claves principales de su impronta a las intervenciones de los arquitectos Juan Talavera y Aníbal González que miraron hacia adentro -inspirándose en las claves constructivas del coso del Baratillo- para armonizar la plaza.

El primero concluyó el cerramiento total de la plaza en el 1880, más de un siglo y medio después de que comenzaran las primeras obras dejando atrás esa impresionante imagen de los grabados románticos en los que la Catedral se asomaba rotunda sobre el ruedo inmenso. Aníbal González, por su parte, mudó por completo su piel en 1914, construyendo sobre los rústicos y reducidos tendidos de piedra los actuales escaños de ladrillo que reconvirtieron el viejo corralón barroco en ágora regionalista y ampliaron notablemene el aforo. Se trataba de poner la plaza a punto para aquella trascendental Exposición Iberoamericana de 1929 que cambió para siempre el mapa de Sevilla. El proceso constructivo había sido largo e intermitente, sometido a los vaivenes históricos y a la pujanza de la propia corporación nobiliaria que ni entonces ni ahora fue ajena a la adecuación a los tiempos que le ha tocado vivir sin renunciar a la esencia de su instituto y a sus propias tradiciones. Y aunque el coso del Baratillo había alcanzado el siglo XX como un edificio unitario y armónico, aquellos incómodos, estrechos y empinados tendidos de piedra decimonónicos no casaban con la transformación que se iba a operar en la ciudad en muy poco tiempo.

La definitiva transformación de la plaza de la Maestranza hay que entenderla en ese caldo de cultivo. Ya ha pasado más de un siglo de esa decisión trascendental que reinterpretaría el viejo edificio barroco en un recinto regionalista bajo la batuta de un arquitecto sin el que no se podría entender la Sevilla moderna.

En cualquier caso, la reforma de Aníbal González forma parte de un empeño que había iniciado otro arquitecto, José Sáez y López, que fue el encargado de modificar las localidades de barrera tal y como las conocemos actualmente, con tres filas y un pasillo posterior que sirve de acceso al tendido. Para ello, tal y como aporta la catedrática María del Valle Gómez de Terreros, fue necesario achicar el ruedo y derribar las filas de sillones que había colocado Juan Talavera en 1877 en sustitución de los llamados cajones -una especie de pequeños palcos- que se adosaban a la primitiva contrabarrera. Esas obras, que iban a otorgar el aspecto ¿definitivo? a la plaza de la Real Maestranza de Caballería, comenzaron al finalizar la temporada de 1914 y se prolongaron hasta el mes de marzo del año siguiente. Pero los antiguos tendidos de piedra no se derribaron. Se quedaron debajo del actual graderío de ladrillo. Es posible hacerse una idea de su fisonomía en los testigos que se abren junto a algunas de las puertas de acceso al ruedo. El viejo coso del Baratillo se sumaba desde ese momento a la plaza de España, a gran parte de los nuevos edificios de la burguesía sevillana y a la ciudad de la Exposición al compartir su nueva piel de ladrillo visto completada con el gusto por los oficios artísticos.

Durante el siglo XX, otras obras menores, además de frustrados proyectos de ampliación, se fueron sumando a estas dos intervenciones trascendentales que legaron la plaza que han conocido todas las generaciones de sevillanos vivos. Algunas de ellas tan recientes como la construcción de la nueva y ultramoderna enfermería que llevó aparejada la reapertura y reconstrucción de la antigua y cegada Puerta del Despejo para la temporada de 2007. El criterio respetuoso, de auténtica cirugía arquitectónica, hizo pasar inadvertida esta obra a muchos veteranos aficionados, como si la nueva puerta se hubiera mantenido desde siempre. Después, sin solución de continuidad, llegó la reforma global de las antiguas gradas, culminada en 2011, que redujo el aforo de la plaza hasta las 10.500 localidades.

Pero seguramente la reforma que mayor polvareda levantó en su momento fue la frustrada ampliación de las filas de barrera y la reducción del ruedo proyectada en 1989. Se trataba de ampliar la plaza de toros a costa de una nueva reducción del ruedo para crear tres flamantes filas de barrera. El proyecto, firmado por Aurelio Gómez de Terreros, estaba espoleado por la inminencia de otra exposición, la del 92, que multiplicó la programación taurina de la plaza. Habría que retroceder en el tiempo para recordar el tremendo revuelo mediático que causó el esbozo de ese proyecto truncado que no ha dejado de contar en el ánimo de la corporación.


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