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La Tostá

Cuarenta años dando el cante

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
04 feb 2020 / 08:27 h - Actualizado: 04 feb 2020 / 08:29 h.
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  • Paco de Lucía. / El Correo
    Paco de Lucía. / El Correo

Se van a cumplir estos días cuarenta años de mis primeros pasos como crítico de flamenco, que se dice pronto. Antes de entrar en El Correo, en 1984, estuve en Antena 3 de Sevilla, cuando el director era el granadino Pepe Olmedo. Y mi primer artículo lo escribí en la desaparecida revista Sevilla Flamenca, cuando la dirigía el escritor trianero Emilio Jiménez Díaz, mi maestro y el hombre que me pidió que escribiera en este diario sevillano. Podría decir que estoy hasta el gorro del cante jondo, pero no sería verdad, aunque hay momentos en los que creo que he desperdiciado mi vida. Era un prometedor albañil cuando un día entré en una peña y un señor, Isaías el Vaquero, me metió el cante en los huesos. Ese día entendí que no podría vivir sin el compás y el pellizco. O sea, que no me pienso jubilar, así que Rosalía no podrá desafinar tranquila.

Cuando en 1978 conocí a Antonio Mairena en la ya extinta Peña Flamenca Niño Ricardo, que estuvo en la Cuesta del Rosario de Sevilla, a escasos metros de donde nació Silverio, y el gran maestro gitano de Mairena del Alcor me dijo algo que me gustó: “Albañiles hay muchos, pero críticos de flamenco hay cuatro, y dos no saben”. Meses más tarde me compré una máquina de escribir en Ceuta y aún no he parado de contar cosas sobre el arte andaluz. Cuarenta años, doce libros escritos, decenas de miles de artículos, muchas horas de radio, algo de televisión y unas doscientas cincuenta o trecientas conferencias en España y fuera de nuestro país. Y aún soy capaz de emocionarme escuchando una guitarra, viendo bailar a una bailaora o refregándome el cante por la piel hasta hacerme sangre, que es como duele esa manera que tienen los andaluces de rezar.

Manuel Vallejo le dijo una tarde a la Niña de los Peines sentado en la terraza de Las Maravillas, en la Alameda de Hércules: “Pastora, qué duro es estar del cante hasta el gorro y no poder vivir sin él”. Tuve la inmensa suerte de haber conocido a la última gran generación del cante de verdad, la que tuvo a artistas como Fosforito, Lebrijano, María Vargas, La Paquera, Enrique Morente, La Perla, Manuel Agujetas, José Menese, Fernando Terremoto, Pansequito, El Sordera, Camarón, Rancapino, El Beni, Chano Lobato o Juan Villar. Fui testigo del despegue de Manolo Sanlúcar y Paco de Lucía y de los comienzos del Niño Miguel y Rafael Riqueni. Y la suerte de ser uña y carne con los bailaores Farruco y Mario Maya, los más grandes del baile de verdad. Entonces, el flamenco de alma tenía aún sentido. Hoy casi no lo tiene ya, porque nadie cree en las fatigas del cante jondo.

Tendré que celebrar estos cuarenta años en el tajo flamenco, trabajando, que es una suerte hoy en día. Cantando, si pudiera ser, aunque tenga pocas ganas de cantar. Contrariamente a lo que se suele decir, el cante no es solo para echar las penas por la garganta, sino un arte que te ayuda a vivir y a mirar el día de mañana con la ilusión de seguir sintiendo. Quien no sienta el cante andaluz, de pena o de alegría, es que no tiene sangre en las venas o que no ha vivido.

A quién se le habrá perdío
una sonrisa muy triste,
como de no haber vivío
.
Eso es el cante jondo, la señal de que se ha vivido.


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