Nobleza del mudéjar

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26 jun 2018 / 22:02 h - Actualizado: 26 jun 2018 / 23:29 h.
"La última (historia)"

El fantasma que ahora recorre el mundo se llama supremacismo. Aparentemente no tiene nada quer ver con la pureza racial preconizada por Adolfo Hitler y sus secuaces pero sus objetivos no distan mucho de aquellos que pretendía alcanzar el régimen nacional-socialista germano: la primacía de un territorio y sus habitantes sobre otros y, especialmente, sobre sus vecinos. Poco importa que quienes esgrimen argumentos de superioridad sean descendientes de pobres que llegaron a esa tierra a la que ahora tratan de impedir que lleguen otros pobres y en la que pretenden mandar sin cortapisas. Como si fueran extrañas criaturas robotizadas en cuyos cerebros se ha operado la mutación que tan bien describiera la norteamericana (y Premio Príncipe de Asturias) Susan Sontag:

«Estados Unidos se formó como país gracias al excedente de pobres de Europa reforzado por el pequeño grupo de los que estaban Europamüde, cansados de Europa... Estas personas llegaron a un país donde la cultura indígena era, sencillamente, el enemigo, una fuera prístina a la que había que derrotar. Después de ganado el país, lo llenaron nuevas generaciones de pobres y lo edificaron según la fantasía chabacana de la buena vida que unas presonas, desprovistas de cultura y desarraigadas, podían imaginar a comienzos de la era industrial».

Lo que para Sontag era algo localizado en su patria, hoy ha invadido millones de mentes en América, Italia, España, Austria, Gran Bretaña, Hungría, Polonia, Francia, Alemania...

Por eso, tal vez se haga necesaria una reacción que, en vez de esa anacrónica «pureza de acero», ponga por delante la nobleza de la mezcla y, en nuestro caso, exaltar el mudéjar y, sobre todo, lo mudéjar como componente esencial de una sociedad que no tenga como lema «mi pequeñez primero» sino que se abra a asumir elementos culturales del otro para parir una síntesis más elevada.

La España que prorrogó durante siglos –incluso hasta cuando ya no era sino un atavismo– las reglas de la pureza de sangre era, en realidad, una España mudéjar en todos los órdenes: en la arquitectura, la literatura, las artes y las artesanías, la música, la gastronomía... Presumía de pureza goda (tomando lo godo como continuación de lo romano) cuando, en realidad, era considerada muy distinta por quienes, en Centroeuropa, provenían realmente de esos siglos y esa cultura. España (y no sólo Andalucía) fue diferente no cuando a Fraga Iribarne se le ocurrió tomar ese slogan para promocionarla turísticamente; lo era ya en tiempos muy anteriores.

Los castellanos iniciaron la expansión que los traería hasta el Estrecho de Gibraltar a finales del siglo XI pero en el Burgos del Cid el alarife Mahomed levantaría en el XIV la puerta de San Esteban con la forma de un arco de herradura, al mismo tiempo –más o menos– en que otros construían el alcázar del rey Don Pedro en Sevilla y, en pleno siglo XVI el emperador Carlos tuvo superponer el estilo renacentista en los edificios más emblemáticos para intentar que estas tierras se homogenizaran con las que poseía más allá de los Pirineos.

Castilla y Aragón, del XIII al XV, vistieron España con nuevas lenguas, una nueva religión, con fiestas y ceremoniales nuevos, intentarían crear una nueva toponimia y, principalmente, instaurarían formas de gobierno similares a las de la mayor parte de Europa pero, luego, la vida caminó por derroteros muy distintos y fue sembrando mudejarismo por todas partes hasta llegar con él a América.

La cultura mudéjar, española en un principio y, después, hispanoamericana no es el producto de una operación científica, racionalmente calculada o el de una corriente artística planificada como el Renacimiento italiano o el Barroco vienés. En el mundo de lo mudéjar no existe planificación; es un mundo formado de mil formas distintas en cada uno de los campos en los que se mueve la vida gracias a una larga y compleja combinación de azar y necesidad que produce resultados los cuales no son, ni mucho menos, la simple suma de los elementos que la componen.

En las costas de las Antillas, México, Colombia o Perú no desembarca una España Pura (que, por otra parte, no había existido nunca) sino la surgida lentamente, golpe a golpe, verso a verso, muerto a muerto. Una España hecha de vectores contrapuestos, enfrentados e, incluso, decididos a anularse mutuamente y que, sin embargo, no habían encontrado otro modo de subsistir que el de fusionarse.

Eso que es tan difícil de ver en España han sido capaces de verlo intelectuales como el mexicano Alberto Ruy-Sánchez que nos transmite la forma de hacerlo: «Partir a la búsqueda de lo mudéhjar es lanzarnos a experimentar una mirada más profunda. Es ir al encuentro de nuestra geometría secreta».

A despecho de reglas impuestas y de cánones que habían quedado varados entre el Trivium y el Quadrivium, lo que hizo llegar lo español casi a la Antártida y, doblando el Cabo de Hornos, hasta Formosa y Australia fue lo mudéjar como concepción de un mundo abierto en el que todo estaba destinado a mezclarse. La nobleza del mudéjar, no la de sangre, fue la regla de oro de una España con casi un milenio de encuentros y desencuentros.


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