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La Gazapera

Sesenta años de mairenismo

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
03 sep 2021 / 08:13 h - Actualizado: 03 sep 2021 / 08:19 h.
"La Gazapera"
  • Antonio Mairena. / El Correo
    Antonio Mairena. / El Correo

El Festival de Mairena no nació puro, sino como una mezcla de flamenco, copla y folclore. ¡Quién lo diría, con lo que llegó a ser este festival con Antonio Mairena en los mandos! Coincidió el nacimiento del folclórico evento con la entrega de la tercera Llave del Cante al gran cantaor local y en solo tres ediciones era ya el festival de los festivales del verano. Desde 1962, el año de la entrega del galardón y hasta 1983, el de la muerte del artista, Mairena fue el mandón del cante. Antes de la distinción era solo un cantaor más, de minorías, que apenas podía vivir del cante. Por tanto, la Llave y la creación del festival en su pueblo fueron determinantes para su consagración como cantaor de flamenco. Nació el mairenismo, creado por el propio cantaor y apoyado por destacados aficionados, flamencólogos y críticos.

Mairena vio por fin el momento de ser alguien relevante en el cante y movió bien los hilos. Comenzó a cantar de niño y le llamaban el Niño de Rafael, por su padre, Rafael Cruz Vargas, un gitano herrero de El Coronil al que le gustaba el cante y que tuvo amistad con cantaores de la época. Le costó la misma vida al joven Antoñito Cruz García poder dedicarse al cante como profesional porque no destacaba y porque, además, en los años veinte del pasado siglo había tantas figuras del cante que no era fácil hacerse un hueco. El muchacho calé no gustaba ni en su pueblo, porque su voz no respondía al canon estético de la época.

Sufrió mucho Mairena, hasta el punto de que se tuvo que ir del pueblo agobiado por varios motivos y vivir en Arahal y Carmona. No logró meter la cabeza en la Ópera Flamenca, pero no fue porque no se quiso comercializar, como alguna vez dio a entender, sino porque no gustaba. Cantaores de línea ortodoxa sí eran valorados, como Manuel Torres, Pastora, el Gloria o su hermano Tomás. Pero a Mairena le costó. Lo intentó con cuplés por bulerías y fandangos de Huelva, sin éxito, en su época más gaché. Probó fortuna cantando para bailar y en esa faceta sí logró prestigio, acabando en la compañía del gran Antonio el Bailarín.

Con poco más de cincuenta años, conoce al poeta cordobés Ricardo Molina, lo elige para darle la Llave del Cante, se crea el festival de su pueblo y logra al fin el éxito cuando se había agotado la Ópera Flamenca y grandes lumbreras del cante o se habían muerto, caso de Manuel Vallejo (1960), retirado, Pastora Pavón, o entraban ya en declive, caso de Manolo Caracol, Pepe Marchena o Juan Valderrama. Por otra parte, el flamenco comenzaba a cambiar y a meterse en colegios mayores y la Universidad. Nacieron los festivales, los concursos nacionales, las peñas y el interés de los medios de comunicación por nuestro arte, algo que Mairena aprovechó para empezar su revolución, que duraría veinte años.

Cuando murió, en 1983, el mairenismo comenzó a decaer, su festival fue perdiendo fuelle y una generación de nuevos cantaores pedía paso, la de los sesenta y setenta, con Fosforito, Menese, Morente, La Paquera, Manuel Agujetas, Lebrijano y Camarón zamarreando las estructuras. El Festival de Cante Jondo Antonio Mairena no es ya ni la sombra de lo fue y el mairenismo pasó a mejor vida, al menos como lo concibió Mairena, como una corriente fanática y totalitaria que al final le ha pasado factura. A lo mejor llevaba buena intención pero está claro que fracasó. No quiero decir que el mairenismo no fuera importante durante dos décadas, pero hoy no le interesa a casi nadie.

Nos quedó, eso sí, uno de los mejores cantaores de todos los tiempos, con una obra discográfica que es una escuela fundamental. Le dio categoría a una manera de hacer el cante, y eso no se le puede negar. Ahora solo hace falta que sus paisanos sean capaces de levantar el concurso y el festival y de permitir que la obra del maestro pueda ser analizada, discutida e incluso criticada. Porque don Antonio Mairena fue muy grande, pero no era Dios. Fue un ser humano con sus virtudes y defectos, sus complejos y debilidades.


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