Viaje a la Historia

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02 may 2018 / 10:54 h - Actualizado: 02 may 2018 / 11:08 h.
"La última (historia)"

El trabajo me ha llevado la semana pasada hasta Castilla, antes tierra de pan y hoy tierra de vinos, a la que aquí solemos relacionar únicamente con Antonio Machado porque vivimos inmersos en prejuicios y clichés y porque atravesamos por una etapa en la que, a tenor de las iniciativas que se emprenden en un sinfín de campos –desde el político al etnográfico– parece desprenderse una conclusión obvia: la Península Ibérica sólo es un hecho geográfico sin Historia común. Es el movimiento pendular ocasionado por cientos de años en los que no sólo se insistió en lo contrario sino que se impuso una historia única fabricada ex profeso para justificar toda clase de tropelías: eso es lo que ha dado lugar a dos concepciones nacionalistas que se retroalimentan mutuamente aunque, parafraseando a don Pío Baroja, el nacionalismo pueda curarse con el simple paracetamol de un viaje.

León aparece lejana, un poco adelantada a la nieve de los Picos de Europa; guarda el cuerpo de nuestro San Isidoro desde hace casi 1.000 años y es ahí, en esa página, donde comienza a escribirse una Historia mítica de España. El obispo Isidoro, figura esencial tanto para que la desmembración del imperio romano afectara mínimamente a las tierras de Híspalis como para que brillara la luz de la ciencia en las de Isbilia, es trasladado hasta aquí en la segunda mitad del siglo XI, a instancias de los monjes benedictinos de Cluny, para cumplir otro papel: prestar una base sentimental a su teoría de la Reconquista.

La potencia de su saber fue cambiado por la de impulsar a la conquista pero eso hoy no debería significar gran cosa. Hoy San Isidoro, en León, sólo tendría que ser un nexo entre el Sur y el Norte peninsular gracias a una referencia histórica pero eso es, precisamente, lo que no existe.

A ambos lados de las autovías que llevan de León a Burgos sólo hay un puro vacío, una tierra a la que se le fue su gente. No hay casas de campo, ni aldeas, ni gasolineras hasta que la ciudad descubre los perfiles de las torres de la catedral al borde ya del recinto urbano.

Burgos es el Cid y ambos son figuras imaginadas pero, por eso, trascienden los siglos. Rodrigo Díaz de Vivar no aparece en ninguno de los hechos históricos de su tiempo. No está en la toma de Toledo por Alfonso VI ni en la batalla de Sagrajas en la que se enfrentaron los almorávides de Yusuf ben Tachufin y las tropas del rey castellano y los hechos de Valencia –en la que muere– quedan en el limbo de la leyenda. Pero el Cid Campeador es mucho más que eso: es un héroe literario que, de haber tenido buen señor, hubiera ascendido a la gloria de los de Homero o Virgilio.

En cambio hubo de soportar la carga del nacionalismo que, tras ser impulso regeneracionista en 1898 pasó, a quincalla falangista en 1936 y quedarse con el sambenito de ser un matamoros más de los muchos y variopintos que una Historia sedicente.

Tal vez no fue más que un almogávar que alquilaba sus servicios a quien se los pagara; eso es lo que fueron los condottieri italianos o los samurais a los que, luego, moldeaban estatuas Verocchio o Donatello retrataba en sus películas Akira Kurosava. Este quedó inmortalizado para siempre en el Cantar cuyas hazañas comienzan, precisamente, en la corte sevillana de Almutamid, el hijo de Almutadid que donó el cuerpo de San Isidoro al padre de Alfonso VI. La iglesia de Santa Gadea, donde Mío Cid se atrevió a exigir a este rey el juramento que luego le costaría el destierro, está cerrada.

En Valladolid, la salida de la estación ferroviaria pone al viajero al borde de una de las primeras alamedas que Sevilla legó a las ciudades españolas y americanas y en cuya medianía, más o menos, alguien tuvo la idea de levantar un monumento al bailaor Vicente Escudero, de quien Israel Galván se confiesa discípulo.

Más allá, en la calle de Santiago, encontramos la iglesia de esa advocación –y de ello dejó constancia Miguel Delibes en su novela El Hereje– donde predicaba el Doctor Cazalla nos recuerdan el paralelismo de Sevilla y Valladolid en el siglo XVI: en ambas ciudades bulleron las ideas y los aires de libertad intelectual en la primera mitad y se encendieron las hogueras de los autos de fe en la segunda. Más allá de la estatua de Zorrilla se alza la casa de Cervantes que Milton Archer Hungtinton compró para regalarla a la ciudad.

Al salir a relucir el filántropo en la conversación con un amigo que pertenece a la Fundación Siglo para el Turismo y las Artes de Castilla y León, lo hace también otro personaje de su tiempo, el Marqués de la Vega-Inclán, promotor de instituciones públicas turísticas a principios del siglo pasado e integrante de una República de las Ciencias y las Letras aún por estudiar de la que, en realidad, formaban parte también Julio Quesada, Duque de San Pedro de Galatino, el ingeniero Juan José Santa Cruz, Mariano Bertuchi... y otros varios que, en Castilla y Andalucía, dieron cuerda a su imaginación, llevaron adelante iniciativas de todos los colores y consiguieron resultados espectaculares que, luego, la guerra civil y lo que siguió se encargarían de arruinar y de que España, en vez de una península, pareciera un archipiélago


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