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Blues de fagot para el último día triste de la primavera

El sonido del tambor destemplado en una tarde ya sin sol es la imagen alegórica del Sábado Santo.

el 05 abr 2012 / 20:37 h.

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El sonido del tambor destemplado en una tarde ya sin sol pero aún sin noche es, probablemente, la imagen por antonomasia del Sábado Santo; si Sevilla fuese una persona, este sería el día en que más falta le haría un abrazo. Es una sensación preciosa de vivir, con toda su sutil pesantez, con todo su amargo sabor a veneno de hiedra, y así se recomienda.

De la misma manera que se recomienda prestar atención a las dos novedades más destacadas de La Trinidad en su estación de penitencia de este año: la talla completa del paso de misterio y la restauración de la figura de la Iglesia Dormida. El Sol, con la alegría de los comienzos, rompe la melancolía con el estreno de un montón de enseres de todo tipo: faroles de cola, ciriales...

Los Servitas, de fúnebres y deliciosos afectos, se lucen con su nueva peana para la cruz de la piedad; es el regalo por sus cuarenta años en la calle, que parecen cuatrocientos. Y luego... dicen que el Santo Entierro no estrena nada, pero hace unas cuantas semanas, estando la Canina en lo alto de la escalinata del Ateneo con motivo de su exposición, y ante la atónita mirada de un reportero que pasaba por allí justo con la intención de ver cosas sorprendentes, un camión de Cruzcampo descargó delante mismo de sus cuencas no menos de veinte cajas de botellines. Nunca se ha visto a nadie mirar una cruzcampo con más melancolía.

Entre eso y que lo primero que esta figura funesta ve al salir es el Mesón del Serranito, Sevilla está cada día más cerca de humanizar a la muerte. Puede que ese sea el estreno más hermoso de esta jornada, el último día triste de la primavera, pensado para las despedidas y, sobre todo, para las resurrecciones.

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