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Cinco razones para la intranquilidad

Tras diez años de mando en la Plaza Nueva, Monteseirín y su equipo más cercano se han doctorado en la gestión de tensiones de todo pelaje.

el 09 nov 2009 / 08:04 h.

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Tras diez años de mando en la Plaza Nueva, Monteseirín y su equipo más cercano se han doctorado en la gestión de tensiones de todo pelaje. Saben convivir con ellas. Pero la experiencia no blinda frente a los errores. Y la magnitud de algunos de ellos ha deteriorado la imagen del regidor y de su gobierno municipal hasta el punto de que las encuestas confirman una tendencia al alza del PP que acercaría a los populares a la Alcaldía de Sevilla tras las elecciones de 2011. Convendría analizar cuáles son los factores que han llevado a esta situación.

La indigestión de las obras. Uno de los principales activos de Monteseirín, su proactividad, se le ha vuelto en contra. El regidor nunca ha sido un alcalde abúlico que se haya limitado a la instalación de macetones en las avenidas. Se ha arriesgado con obras que han transformado el paisaje de la ciudad haciéndola más habitable, por mucho que despotriquen los talibanes que abjuran de la peatonalización, de los carriles bici y de lo que huela a algo tan sospechoso como es la sostenibilidad.
¿Por qué entonces tanto malestar con las obras que se están llevando a cabo? Lo más obvio: a nadie le gusta que le pongan una calicata a la puerta de su tienda o del portal de su casa y que le digan que la obra no terminará hasta dentro de un año. El Gobierno municipal, entretanto, no tiene precisamente un talento innato para comunicar la bondad de sus proyectos. Parece que la planificación la diseña un enemigo imaginario.
¿Puede entenderse, por ejemplo, que Urbanismo diga esta pasada semana que elaborará un manual de obras para mitigar las molestias que sufren vecinos y comerciantes después de tantos meses de obras del Plan E? ¿Y a qué estaban esperando? ¿A que salieran más vecinos como en Triana?
Semejante despropósito ha terminado por facilitar el trabajo a los negadores profesionales del pan y la sal, quienes han capitalizado el malestar ciudadano y han propagado hasta la extenuación el mensaje de que hay que colgar los balcones con crespones negros para protestar por la presunta destrucción de la ciudad (ya hay que tener ganas de presumir cosas). No es una impresión científica, pero basta con escuchar la conversación en cualquier café para comprobar lo extendido de este pensamiento.

El agujero negro del Merca. El segundo de los factores es más dañino y se encuentra todos los días en las páginas de los periódicos: las gravísimas irregularidades detectadas. ¿Cómo no va a hacer mella en el ciudadano que su ayuntamiento sea nombrado para mal hasta en esas tertulias televisivas nacionales donde se desconoce el significado de la palabra mesura? Mercasevilla no sólo mancha el nombre de quienes la dirigieron con las intenciones más aviesas y chapuceras, sino de quienes debían vigilar su actuación y ni se enteraron de lo que estaba ocurriendo.
La instrucción judicial dictará el devenir del caso, pero lo que suceda no exime de preguntarse por las responsabilidades políticas de lo acontecido. Y lo mismo que pasó en el Merca vale para el caso de las supuestas facturas falsas de Unidad y para cualquier irregularidad que se atisbe en la Plaza Nueva o en donde sea.

El factor Torrijos. Hay quien demoniza la figura de Antonio Rodrigo Torrijos haciendo creer que este veterano sindicalista y ahora primer teniente de alcalde es la figura rediviva de un Stalin dispuesto a mandar a Siberia a todo el que ose discrepar de sus postulados. No es eso. Todos estos años de cohabitación, IU se ha mostrado como un socio que ha aportado estabilidad al Gobierno municipal y Torrijos, como líder de este grupo, se ha mostrado coherente en sus planteamientos.
Pero a IU, que sufre un cierto acartonamiento ideológico, también le condena su facilidad para quebrarse por dentro (han dimitido ya dos de los tres ediles que iniciaron el mandato: Francisco Manuel Silva y Jon Ander Sánchez) y esa propensión de regustos totalitarios a tomar decisiones muy poco saludables (el veto al homenaje a Agustín de Foxá) o que simplemente chocan con el sentir mayoritario (el rechazo del PCA a la concesión del título de hijo predilecto a Felipe González).
En los últimos días, PSOE e IU han marcado distancias por conflictos como el del desalojo de la agrupación musical de las Cigarreras, pero no parece más que un simple ejercicio de desmarque para fijar posiciones. Algo que beneficiaría sobre todo al PSOE, deseoso de remarcar ante la opinión pública que son socios de Torrijos, no sus presos.

La indefinición del candidato. No se dice en público pues "no toca", pero está ahí. Latente. A expensas de un galáctico al que no se espera, los nombres que se manejan para la candidatura del PSOE a la Alcaldía de Sevilla son ya recurrentes. Amortizado el caballo de Troya de la ejecutiva provincial en el Ayuntamiento (un inesperado Emilio Carrillo), se manejan los nombres de los consejeros Juan Espadas y María Jesús Montero, del concejal de Urbanismo, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y quién sabe si hasta los de José Antonio Viera o el mismo Alfredo Sánchez Monteseirín. Muy pocos creen en las posibilidades del regidor, pero igual se beneficia del estado de indefinición que rodea esta cuestión.
Salvo golpes de mano que no están en la agenda política, no parece que la ejecutiva provincial ni la regional (y la federal está en otras cosas) estén por la labor de mover ya piezas. Hay una cierta abulia al respecto. El asunto se discute, pero muere en el día a día por inanición. El tiempo, mientras, pasa.

Y en éstas, Zoido asoma. No le dan la mayoría absoluta, pero los sondeos que circulan abonan la tendencia alcista del líder del único grupo de la oposición en el salón de plenos. Su rueda de prensa del viernes lo delata. Se siente pre alcalde y quiere mostrarse como una especie de salvador de una Sevilla que, según su particular visión del estado de la ciudad, no es que camine hacia el desastre sino que vive ya abonada al caos. Por si acaso, Zoido lleva cinco años pateándose los barrios. Y no todos reaccionan en las agrupaciones locales socialistas. Allá cada cual, pero en el PSOE no tienen motivos para estar tranquilos. Necesitan tensión.

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