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Cultura

Derroche de arte gitano en La Caracolá de Lebrija

El festival llenó la Plaza del Hospitalillo en una gran noche

el 24 jul 2010 / 20:32 h.

El gran mérito de La Caracolá de Lebrija radica en que desde el Ayuntamiento han sabido avanzar en el montaje de un festival histórico, como es éste, sin renunciar a lo esencial. O sea, colocando un gran escenario en la hermosa y remozada Plaza del Hospitalillo, donde caben unas mil quinientas personas, con un estupendo sonido y una más que aceptable organización.
Dio comienzo a las once de la noche y acabó todo a las dos de la madrugada. Unas seiscientas personas despidieron a los artistas puestas en pie y todo el mundo se fue contento a casa. Los nostálgicos de aquellas caracolás maratonianas se quedaron luego en el recinto tomando copas, seguramente con ganas de seguir la fiesta, pero ya sin artistas en el escenario con caras de sueño y sin las clásicas neveras playeras oliendo a sopeao y pimientos asados.
María José Fernández, la alcaldesa de Lebrija, entendió que era preciso cambiar las cosas y lo ha hecho con valentía y talento. No ha inventado nada nuevo: sólo está haciendo bien las cosas, dándole un trato digno tanto a los artistas como a los aficionados que sacan una entrada para sentarse en tan hermoso marco. Y el resultado está ahí.
La noche del viernes asistimos a dos espectáculos bien distintos. En primer lugar, el cantaor local Manuel de Paula nos ofreció el preestreno de su nueva obra, An cá' Paula, una propuesta sencilla, sin grandes pretensiones y ningún artificio escénico o coreográfico, que podremos ver en la próxima Bienal de Flamenco.
Manolito de Paula quiso mostrar en este espectáculo el flamenco de Lebrija, esa forma única de cantar y de bailar lo jondo, con el maestro Miguel Funi, que estuvo sublime, el poderoso José Valencia, al que vimos muy puesto en murcianas y levanticas del Cojo de Málaga, además de en lo suyo; la joven cantaora Anabel Valencia, que será figura muy pronto, y el buen toque del maestro Paco Cortés y José Luis Medina.
Se escucharon corridos y romances gitanos, cantiñas de la tierra y alegrías de Cádiz, soleares -Manuel de Paula bordó dos o tres estilos, entre ellos de Juaniquí-, se bailó de maravilla, a cargo de la trianera Manuela Ríos, que conserva la pureza de una manera admirable, y de Anabel Valencia, una joya que Lebrija debe cuidar porque dará mucha gloria a este pueblo.
Todo esto se consiguió con once artistas sobre el escenario en torno a una mesa de madera, con unas luces muy cuidadas y un magnífico ambiente sobre el escenario.
No es fácil crear ese ambiente natural de la fiesta gitana de Lebrija, pero Manuel de Paula lo logró evitando el encorsetamiento de los artistas, dejándolos hacer lo suyo con la libertad suficiente como para que fuera lo más natural posible. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto del arte de Funi, del temple de Paula, de la pureza de Manuela Ríos, de la casta de Joselito y de la frescura de Anabel Valencia.
Tras un descanso breve para dar buena cuenta de la cerveza fresquita y los montaditos, Esperanza Fernández subió al escenario acompañada por un estupendo guitarrista astigitano, Salvador Gutiérrez, que crece como artista de un día para otro. La cantaora sevillana, de padre trianero y madre lebrijana, estuvo algo fría en las malagueñas de La Trini, pero fue mejorando poco a poco y acabó dando uno de los mejores conciertos que he podido escucharle. ¡Cómo cantó por tangos de El Titi de Triana! Y hasta dominó las seguiriyas de El Nitri con una maestría sublime, que habrá que tener en cuenta. Al final, se puso en pie y dio una lección magistral de compás y de buen gusto en las bulerías de la tierra, con pataíta incluida.
Esperanza Fernández se ha convertido en una cantaora grande y en una artista de los pies a la cabeza. Mientras las nuevas divas de lo jondo se alejan del toro de lo genuino, ella se arrima cada día más.

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