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El Gran Poder regresó a casa

El Gran Poder ya sabe lo que es dormir de nuevo en casa. Anoche, en uno de esos traslados multitudinarios que se recordarán por mucho tiempo, el Señor de Sevilla y la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso retornaron al ruedo de su Basílica dejando atrás un enorme vacío tras la celosía enrejada del convento de Santa Rosalía.

el 15 sep 2009 / 18:24 h.

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El Gran Poder ya sabe lo que es dormir de nuevo en casa. Anoche, en uno de esos traslados multitudinarios que se recordarán por mucho tiempo, el Señor de Sevilla y la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso retornaron al ruedo de su Basílica dejando atrás un enorme vacío tras la celosía enrejada del convento de Santa Rosalía.

Pasarán muchos años antes de que puedan borrarse de la memoria los recuerdos del masivo traslado que condujo anoche a los titulares del Gran Poder de vuelta a casa. Sevilla haciendo eterno pasillo al Señor, marcando el itinerario de su regreso, desplegando una alfombra de amor y devoción para encaminar sus pasos a San Lorenzo.

Miles de personas tomaron las calles del inédito recorrido fijado por la hermandad hasta convertir el itinerario en una sucesión de tapones, calles atestadas de público y bullas de otoño. Parecía una noche adelantada de Reyes, de ésas en las que ríos de gente se desbordan por las calles aguardando ver acercarse a la Estrella de la Ilusión. Anoche se esperaba al Rey de Reyes.

"Es lo más grande que se ha visto en Sevilla en este tipo de actos durante los últimos años", zanjaba ayer el director del Cecop, Rafael Pérez, a pie de obra. Las estimaciones apuntan a que cerca de 25.000 personas arroparon a las imágenes en su retorno a casa. Baste decir que a las 19.45 horas -casi dos horas antes de que el Señor se adentrara en el atrio de su remozada Basílica- hasta el último recoveco del recorrido estaba ya plagado de público. Había ansias de ver al Señor.

El traslado, que clavó sus horarios, se desarrolló sin el más mínimo incidente, gracias en buena parte al esfuerzo previo realizado por el Ayuntamiento en las últimas horas cerrando calicatas, desplazando contenedores, limpiando las calles del recorrido de coches aparcados, retirando marmolillos que estorbaban el paso del cortejo e incluso levantando en la mañana de ayer un asentamiento de indigentes que habían dispuesto sus colchones en la plaza de la Gavidia.

El Señor se marchaba de la que ha sido su casa durante los últimos seis meses dejando un poso de amargura en la clausura de Santa Rosalía. Con el hondo pesar en sus corazones al tener que entonar el adiós, las diez religiosas capuchinas que habitan la comunidad prepararon una emotiva despedida al Señor. La hermana Leocadia, de 55 años, declamó la poesía que le había compuesto especialmente al Gran Poder para este día: "No te decimos adiós/ no hay corazón para ello/ Te decimos hasta luego/ Nuestro Cristo Nazareno", rezaba una de las estrofas. Y la comunidad, a coro, entonó el canto de despedida que se habían llevado días ensayando. "En la pena y en el gozo/ sé mi consuelo y alivio/ hasta que muera en tus brazos/ ¡Quédate Señor conmigo!/ Y mientras llegue ese día/ que yo sé que llegará/ ayúdame a ser fiel/ a tu santa voluntad".

En la hora de la despedida, las andas del Señor se volvieron al altar mayor de la iglesia, de espaldas al privilegiado ramillete de gente que contemplaba la escena desde la calle. Como Matilde y Gracita, dos vecinas del Polígono San Pablo, ya viudas, que aguardaban en primera fila a las puertas del convento desde las seis de la tarde.

El cortejo sale a la calle Cardenal Spínola ya de anochecida, envuelto en la luz anaranjada de los faroles. Del mar de cabezas que pueblan las aceras de la calle, sobresalen los trípodes de las cámaras que inmortalizan tan histórico momento. Al tercer golpe de martillo, el Nazareno, revestido de los bordados de la túnica de la corona de espinas, avanza por la semipenumbra del templo dejando atrás el retablo dorado que ha enmarcado su silueta en los últimos meses. Crujen los tablones de la pequeña rampa que salva el desnivel de la calle. Se hace el silencio. Rachean los pies por la gastada solería del convento. La poderosa zancada del Señor se hace presente en las calles de Sevilla. Una saeta recibe al Nazareno de Juan de Mesa, entre los sollozos desconsolados de una señora que no puede contener el llanto.

Cuatro faroles de plata iluminan las andas, que poco a poco se alejan de Santa Rosalía. El convento queda huérfano de su mejor Huésped.

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