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Cultura

El novillero pacense Rafael Cerro fue el mejor del tercer festejo de promoción de la Maestranza

el 16 jul 2010 / 20:39 h.

Hubo ambiente feliz en los tendidos; un ambiente de fiesta que se sumó a las notas de interés que enseñaron algunos de los novilleros acartelados en este tercer festejo del ciclo de promoción de nuevos valores que después del fiasco inaugural está manteniendo el nivel y, de alguna manera, nos reconcilia con este estrato bajo de la profesión, tan necesitado de muchachos con verdaderas ganas de ser toreros.


La excelencia llegó, una vez más, desde otros lares ajenos a esta tierra de María Santísima. De la escuela de Badajoz aterrizaba Rafael Cerro, un chico que brilló desde que se abrió de capote, mostrando una buena caligrafía con el percal y enseñando un trazo lleno de matices con la muleta. El de Navalmoral de la Mata tiene un magnífico concepto del toreo, se mete los novillos para dentro y quiere torear siempre despacio. No le importó al chaval que el novillo tuviera sus problemas y llegara a empalarle. La faena creció en intensidad anunciando las grandes posibilidades de este muchacho que ya se ha ganado un sitio en una final para la que sólo queda un hueco. De la espada, mejor no hablamos.

Aunque el del palco volvió a escenificar su particular despropósito, el chiclanero Carlos Ruiz hizo méritos para cortar la oreja del segundo eral de la noche. El aspirante se mostró firme, macizo en las formas, templado en el trazo y progresivamente asentado en una faena que certificó su buen estado de forma.

Y del resto del elenco, volvió a haber de todo. El cartel lo encabezaba una chica mallorquina que representaba a la escuela de San Fernando. Aunque evidenció andar currada en el oficio, no pasó de solvente, sin decir nada con un novillo algo mirón que se dejó siempre.


Mucho más puesto, el bollullero Kevin Gutiérrez pasó holgadamente la prueba con un eral, el tercero, que se movió más de genio que de bravo. Sí llegó excesivamente verde al compromiso maestrante el gaditano Fernández Ramos, que acabó violentando para mal a su exigente enemigo por no saber hacerle las cosas en tiempo y forma. Iván Menacho, de Castilblanco de los Arroyos, tampoco anduvo muy sobrado de recursos.

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