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El oficio divino de Triana

El Centro Cerámico abre sus puertas para recuperar la historia de una tradición alfarera que iniciaron los almohades en el arrabal sevillano y durante siglos forjó una industria en la que trabajaron cientos de trianeros y aún pervive

el 23 jul 2014 / 11:00 h.

MuseoCeramica009.jpg Oficio noble y bizarro entre todos el primero, pues en la industria del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro». Esta popular quintilla se ha recitado durante siglos en Triana, cuna de ceramistas desde que los almohades convirtieron el antiguo arrabal a orillas del Guadalquivir en un gran centro manufacturero de ese material creado con los cuatro elementos de la naturaleza (tierra, agua, aire y fuego) y que aún hoy decora los patios y portales de las casas trianeras. Y esa misma quintilla puede leerse, como en las dos o tres fábricas que aún quedan en el barrio –la mayoría son ya solo tiendas–, dentro de un azulejo en una de las paredes exteriores del Centro Cerámica Triana (CCT) que ayer abrió sus puertas en la que hasta la década de los 80 funcionó como fábrica de Santa Ana, y de la que se han recuperado para integrarla en el museo restos de hornos y pozos, algunos de los cuales datan del siglo XVI. Que Triana y ese primer «oficio noble y bizarro» tienen una historia en común lo prueba el hecho de que ayer, los primeros visitantes fueran ni más ni menos que familiares directos de artesanos del barrio y sus herederos contemporáneos, que mantienen viva una tradición que pervive desde el siglo XII. Tras cinco años de trabajo en la rehabilitación, dentro del Plan Turístico de Sevilla impulsado por la Junta y el Ayuntamiento, y con meses de retraso sobre lo previsto (se anunció que estaría listo en abril), el centro abrió ayer sus puertas al público, en plena celebración de la Velá de Triana, aunque la inauguración institucional será el martes 29. El centro ocupa las antiguas instalaciones de la fábrica Santa Ana, una de las últimas grandes factorías que funcionó en un barrio en el que, como recordaban ayer algunas vecinas, cuando las chimeneas de los múltiples hornos enclavados en el centro del mismo (la fábrica de Ramos Rejano, por ejemplo, ocupaba el espacio donde hoy se ubica el IES Triana en la calle San Jacinto), «había que salir corriendo a quitar la ropa tendida». Por el color del humo se sabía cuándo la arcilla estaba en su punto de cocción, explicaba la guía, mientras algunas visitantes recordaban que su madre les decía cuando se portaban mal que «allí quemaban a los niños malos». Cabría pensar que la Inquisión, que tuvo su tribunal y cárcel también en este barrio, ha dejado sus reminiscencias. El recorrido comienza por los restos y hornos de pozos rehabilitados para la ocasión, una muestra de las tablas de oreo donde se secaban las piezas así como audiovisuales y paneles explicativos del proceso de elaboración del barro y arcilla con tierra y agua, la cocción, el moldeado y la decoración. Guillermo Moreno Fernández y su madre no pueden evitar emocionarse cuando ven en uno de esos paneles a su padre y esposo, fallecido hace dos años, «pintando una de sus últimas obras». «Trabajó muchos años para el taller de Montalbán y luego creó el suyo propio justo donde hoy se levanta la Torre Pelli, pero aquello no daba para comer, era la posguerra y entró a trabajar en Astilleros, pero cuando se prejubiló retomó los pinceles y hacía algunos encargos», recuerda emocionado su hijo. En la primera visita van también trabajadores de Cerámicas Triana, que no pueden evitar comentar las distintas técnicas de decoración de la cerámica, desde la de cuerda seca usada por los almohades, «llamada así porque usaban cuerdas de cáñamo para separar los colores (inicialmente solo cinco básicos obtenidos con pigmentos y óxidos) cuando cocían las piezas, por eso son siempre motivos geométricos» que quedan en relieves a la pintura de azulejo plano que introdujo en el siglo XVI el artista italiano Niculoso Pisano, la influencia de la cerámica holandesa azul y blanca de Delf en el barroco o la «revolución industrial» que trajo Charles Pickman con la famosa fábrica de la Cartuja, que introdujo la serigrafía. En la planta alta del centro, la colección permanente exhibe ejemplos de cada tipo procedentes de la Colección Municipal, el Museo Arqueológico, el Museo de Artes Decorativas de Madrid o la colección de Vicente Carranza. Hay tinajas almohades, piezas de la solería antigua de la Iglesia de Santa Ana, azulejos religiosos como la Sagrada Familia de la colección Carranza o uno del Gran Poder de 1903 obra de Manuel Arellano, piezas domésticas como una elegante sopera de la factoría Pickman y azulejos con la numeración de las casas que a finales del siglo XVIIllegó al barrio, bancos como los del Parque de María Luisa y hasta anuncios en cerámica de los neumáticos Pirelli o señales de colegios, viviendas de protección oficial o salidas de incendios. El nuevo museo, abierto de martes a domingo y de entrada gratuita para los ciudadanos de Sevilla capital y provincia (una vez inaugurado la entrada para el resto costará dos euros), pretende ser también un centro de interpretación de la idiosincrasia trianera, esa que proclama su carácter de «república independiente» forjada quizás por un aislamiento del resto de la ciudad a la que durante siglos solo la unía un puente de barcas. Así, el centro dedica un espacio en el que un vídeo y paneles explican cómo eran los corrales de vecinos, el origen de las hermandades del barrio, sus fiestas y hasta permiten escuchar el cante o el toque de ilustres artistas flamencos de Triana como Manuel Molina, Esperanza Fernández, Rafael Riqueni, Remedios Amaya o Raimundo Amador.

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